20 de septiembre de 2020
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FIN DE SEMANA

El 24 de enero de 1977 tres pistoleros de la extrema derecha acabaron con la vida de cinco letrados

Reconstruimos el crimen de Atocha tras la detención del ultra Carlos García Juliá en Brasil

Monumento en homenaje a la víctimas de Atocha
Monumento en homenaje a la víctimas de Atocha
El pasado 6 de diciembre, irónicamente coincidiendo con una fecha tan redonda como el 40 aniversario de la Constitución, fue detenido en Brasil, Carlos García-Juliá, fugado desde 1994. Este militante fascista estaba condenado por asesinar a cinco personas y herir gravemente a otras cuatro en la conocida como Matanza de Atocha, el 24 de enero de 1977. Su detención y el aniversario de la Carta Magna ponen de nuevo en la actualidad el terrible suceso, uno de los más importantes de la Transición.

22:30 de la noche del 24 de enero de 1977. Está siendo un enero inclemente en cuanto a las temperaturas en la capital de España. Sin embargo, todavía hay gente en las calles. El país entero parece enfebrecido de actividad desde la muerte de Franco. Todo es nuevo y todo está por hacer. Tres hombres se encuentran en la cafetería Milo de la calle San Bernardino. Son Carlos García Juliá, José Fernández­-Cerrá y Fernando Lerdo de Tejada, militantes de Fuerza Nueva. Tienen claro su objetivo. Apenas cruzan palabra. Carlos está excitado con la misión. Es joven, lleva el pelo peinado con gomina y sabe de su éxito con las mujeres, sobre todo las militantes del partido de Blas Piñar. “¿Crees que estará Joaquín Navarro?”, le pregunta a Lerdo de Tejada que contesta seco: “Seguro. Se pasa el día metido en esa madriguera”. En un par de minutos han llegado al número 55 de la cercana calle Atocha.

Su objetivo es un despacho de abogados vinculados al Partido Comunista y a Comisiones Obreras. Desde los últimos años de la dictadura de Franco se han dedicado a conflictos laborales y, sobre todo, al creciente movimiento ciudadano madrileño. Las asociaciones vecinales, formadas por comunistas o no, son la mejor forma de que la clase media-baja se una para lograr pequeños objetivos. Al despacho lo que más visibilidad le ha dado es todo lo relacionado con los vecinos de Orcasitas que en abril de 1975 empezaron a conseguir que el Ayuntamiento de Madrid les hiciera caso. Hasta entonces ni si quiera había agua corriente en las casas del popular barrio.

De izquierda a derecha, Luis Javier Benavides, Enrique Valdevira, Francisco Javier Sauquillo, Ángel Rodríguez y Serafín Holgado, asesinados el 24 de enero de 1977

Esa noche están en el despacho Luis Javier Benavides, Francisco Javier Sauquillo, su mujer Dolores González Ruiz, Ángel Rodríguez Leal, Serafín Helgado, Miguel Sarabia Gil, Alejandro Ruiz, Luis Ramos y Enrique Valdevira Ibáñez. Fernando, José y Carlos llegan al portal. Está abierto pero el ascensor está estropeado. Suben hasta el tercer piso donde se encuentra el bufete. La madera cruje con sus pisadas. Siguen silenciosos. Hay demasiada gente en el despacho y suben hacia las buhardillas. Esperan el momento propicio. La luz del descansillo se apaga y ellos se sientan en las escaleras. Fernando entrega a Carlos una FN Browning para bellum con 14 cartuchos. Este se la guarda en el bolsillo. Él usará una star del 9 largo. Alguien llama a la puerta del despacho de los abogados. Es Ángel Rodríguez Leal. Ya se iba, pero se ha olvidado encima de su mesa, un ejemplar del Mundo Obrero. “Cualquier día te vas a dejar a la cabeza”. Se demora unos minutos a pesar de que el día ha sido largo. La tensión en el país va en aumento y la noticia del día ha sido el secuestro por parte del GRAPO de Emilio Villaescusa Quilis, presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar. Hoy hay reunión, por eso hay tanto jaleo. Iban a reunirse en el cercano despacho del número 49. Sin embargo, la abogada Manuela Carmena ha cedido el suyo. Aún no lo sabe, pero esa decisión le salvará la vida.

Llega el momento. Bajan de nuevo al tercero y toca el timbre. Luis Javier Benavides abre la puerta y se encuentra con el cañón de una pistola. Detrás del arma, está Fernando Lerdo de Tejada. No hablan. No hace falta. Luis Javier entra de nuevo en el despacho con los tres pistoleros. “¿Dónde coño está Joaquín Navarro?”. Nadie sabe nada. Carlos García Juliá revuelve el piso. Los nueve ocupantes están contra una pared y las manos levantadas. Luis Ramos se tranquiliza a sí mismo. “Seguro que nos arrancan los teléfonos y se lo cargan todo. Estos fachas son así. Están en el pataleo porque su barco se está hundiendo. Eso sí, un par de hostias no nos las quita nadie”.

Cuando Garcia Juliá vuelve a la habitación principal tropieza y su pistola se dispara. Para José Fernández-Cerrá ese disparo es como un resorte. La campana que necesita oír en su cabeza. Los tiene ahí delante, como en los mejores tiempos del régimen, cuando cualquier tapia blanca al sol servía de improvisado paredón. Dispara una vez y luego muchas más seguidas. Sus compañeros le siguen. Gritos. Sangre. El ruido de cuerpos que se desploman. De algunos aún salen gemidos. Aún hay vida, siguen disparando. Ha sido todo muy deprisa. Se van. Bajan la escalera de madera que ya no cruje, como si los escalones estuvieran de luto. Mientras, guardan sus armas. Se dirigen por la Carrera de San Jerónimo, enfilan hacia la estatua de Neptuno, dejan a la izquierda el Congreso de los Diputados. Se pierden en una noche negra después de haber segado cinco vidas.

En Atocha 55 la escena es dantesca. La sangre y su olor a cobre lo inunda todo. El ruido ha llamado a la atención a Francisco, que regenta el cercano Hostal Sara, y se presenta en el despacho junto con un barrendero que también ha oído los disparos. Llaman al timbre. Ese sonido activa el cerebro de Alejandro Ruiz. Ha sobrevivido, pero no sabe por qué. Durante unos minutos la realidad ha parecido suspenderse en su cabeza. El amasijo de carne sin vida de lo que antes eran sus compañeros le hacen pensar que está viviendo una pesadilla. El timbrazo le ha devuelto a la realidad. La vida ha quedado diluida entre dos ruidos: los disparos y el timbre. Se arrastra hasta la puerta y la abre. En ese momento llega Joaquín Navarro. Desde una cafetería cercana ha oído el ruido de las ambulancias y la policía. Algo le dice que son malas noticias y casi tiene la certeza de lo que ha ocurrido. Cuando llega a Atocha 55 ya están entrando policías y médicos. El balance de la noche es cruel: cinco muertos y cuatro heridos. Todo el mundo contiene el aliento. Posiblemente se acordasen de aquello que decía Luis Cernuda de que en España hasta los pájaros huelen a pólvora.

Las consecuencias políticas

Dos días después de la cruel matanza de Atocha se celebró en Madrid un multitudinario entierro. Para muchos analistas fue una exhibición de músculo por parte del Partido Comunista. Ese día la formación que entonces presidía Santiago Carrillo ganó una especie de plebiscito social. Todo el mundo asumía que la democracia que estaban dirigiendo desde el propio Estado no sería de verdad creíble sin todos los partidos políticos legalizados. Unas semanas más tarde, el ejecutivo de Adolfo Suárez, elegido por el Rey Juan Carlos I, legalizaría el PSOE y el PNV. La calle lanzó ese día un mensaje claro: el cambio era imparable. Desde hacía un año la calle bullía. Huelgas, parones y manifestaciones marcaban la agenda política casi diaria en España. Se exigía también la libertad sindical más allá de los Sindicatos Verticales del franquismo que, aunque existían aún, de facto habían sido jibarizados desde dentro por sindicalistas de Comisiones Obreras.

En abril de 1977, apenas tres meses después de los sangrientos acontecimientos en Atocha, el Gobierno legalizó al Partido Comunista. Lo hizo el Sábado Santo, que pasaría a la historia como el “Sábado Santo rojo”, aprovechando que era un día festivo para no levantar suspicacias. Aún había miedo a una involución que afortunadamente no se produjo, aunque sí pequeños intentos como los terribles asesinatos de Atocha.

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