22 de agosto de 2019
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EDICIÓN VERANO

EN 1948 EL DICTADOR RECIBIÓ UNOS INFORMES DE LA FALANGE, DESAPARECIDOS HASTA AHORA, EN LOS QUE SE INFORMABA DE NOMBRES DE ESPÍAS MONÁRQUICOS

Franco y Don Juan: la conspiración monárquica que pretendía acabar con la dictadura franquista

Durante cuatro décadas, Francisco Franco y Don Juan de Borbón, el Conde de Barcelona, mantuvieron una guerra fría sobre la Jefatura del Estado. El Rey en el exilio se dedicó a conspirar todo lo que pudo para retornar al trono de España. Franco, por su parte, jugó la baza del monarquismo, pero guardándose la corona en el bolsillo para soltarla sobre la cabeza que él eligiera.

El libro Don Juan contra Franco de Juan Fernández Miranda y Jesús García Calero retrata, por primera vez con documentos oficiales, uno de los momentos de mayor tensión existente entre estos dos hombres que marcaron, a su modo, el siglo XX español. Fue en 1948, cuando se abortó una conjura de tinte monárquico que pretendía echar al dictador del poder y traerse del exilio a Don Juan.

Había pasado casi una década del fin de la Guerra Civil y Franco ya daba evidencias de que pretendía enquistarse en el poder y no moverse de allí. Durante los primeros años de la dictadura, marcada por la fuerte represión política, parte del magma de ideologías que se unieron al llamado Alzamiento Nacional, comenzaba a desmembrarse. Los Falangistas puros, con Manuel Hedilla, empezaron a considerar a Franco un traidor a los ideales de José Antonio Primo de Rivera.

Alfonso XII. 

También los monárquicos empezaban a sospechar que nunca se traería al Rey del exilio. Los partidarios de los Borbones habían participado en bando nacional durante la Guerra Civil con la promesa de que el General Franco retornaría a Alfonso XIII de su exilio romano. Nunca sucedió y el Rey murió en la capital italiana sabiendo que Franco lo había traicionado. Cuando en 1940 se acuña la moneda con la leyenda “Francisco Franco, Caudillo de España por la gracia de Dios y de España”, Alfonso XIII asumo que el dictador no se va a mover de la silla. “¿Por la gracia de Dios? Será por la guasa. El gallego me la ha jugado” exclamó el monarca.

Con el heredero las cosas fueron mucho más complicadas. Don Juan y Franco no tuvieron buena sintonía desde el principio. Don Juan empezó a buscar formas de acceder al trono sin contar con el dictador. En 1945, con la caída de las potencias fascistas en el fin de la II Guerra Mundial, hizo creer a los enemigos del régimen que, por efecto dominó, el siguiente sería Francisco Franco.

El Conde de Barcelona busco apoyos en el interior del país. Los monárquicos comenzaron a organizarse de forma efectiva. Algunos incluso, como el Duque de Alba, ocupaban cargos dentro de la propia dictadura. También hubo generales en la conspiración.

El 19 de marzo de 1945 mediante el conocido como Manifiesto de Lausana el Conde Barcelona rompió oficial y públicamente con Francisco Franco. Era un aviso de navegantes para buscar ayuda entre las potencias extranjeras. Inglaterra y Estados Unidos se mostraron interesados en eliminar a un dictador vinculado al nazismo y sustituirlo por un monarca cercano a las posturas liberales.

Don Juan en 1945.

También recabó don Juan de Borbón apoyos entre la oposición al régimen, tanto en la derecha representada por José María Gil-Robles como en la izquierda socialdemócrata representada por Indalecio Prieto.  

El amigo extranjero

En 1948 la conspiración monárquica llegó a oídos del propio dictador. Fernández Miranda y García Calero narran en su libro cómo unos informes realizados por espías de la Falange llegaron al despacho de Franco. Durante setenta años estos documentos habían permanecido ocultos. El dictador subrayó los pasajes más interesantes de los informes: en rojo los asuntos preocupantes y en azul los aspectos positivos. También acompañaba los textos de notas al margen puntualizando datos o exigiendo más información sobre algunos aspectos.

En los informes se daban nombres pormenorizados de los monárquicos que se habían reunido para conspirar contra el régimen. “El Marqués de V. le invita a una copa de jerez”, era el mensaje en clave que recibían los convidados a conspirar. La referencia a las inexistentes copas de jerez era la señal de que en el encuentro se trataría el tema de la caída de Franco y la vuelta de don Juan de Borbón.

La conspiración se cortó de raíz e incluso se realizaron purgas en el ejército contra los Generales monárquicos. Alfredo Kindelán para salvarse llegó a denunciar a su amigo Juan Luis Beigdeber, ex Ministro de Exteriores al principio de la dictadura.

Don Juan y Franco en su reunión en el Azor. 

El contexto internacional tampoco favoreció a la trama. Tres años después del fin de la Conflagración Mundial, la Unión Soviética de Stalin desató su afán expansivo y el anticomunismo de Franco hizo que Estados Unidos e Inglaterra comenzaran a mirarle de otra manera. El nuevo presidente americano, Truman, fue muy claro: “Franco apesta a fascismo, pero lo necesitamos”.

Mejor Reino que dictadura

En 1947 convirtió España oficialmente en un Reino. Vender el país como una especie de monarquía rara avis era mejor para el contexto internacional que la de una dictadura. Dejó de ser obligatorio el saludo fascista en los actos oficiales y la Falange empezó a perder paulatinamente el poder que tenía.

Dictó Franco también una Ley de Sucesión en la que especificaba que él elegiría al sucesor. Este podría ser cualquier príncipe español de más de treinta años y católico. Rompía así la línea natural de sucesión. Don Juan se mostró contrario a esta ley. La consideró un ninguneo por parte de Franco. Sin embargo, fue en virtud a esa ley por la que su hijo accedió al trono en 1975.

Don Juan, en 1948, dio por perdida su esperanza de poder quitar a Franco del poder. El dictador nunca se lo perdonó y al Conde de Barcelona no le quedó otra que luchar con las cartas que el dictador le dejaba. Ese mismo año se reunieron en el Azor, el barco de Franco, y llegaron al acuerdo de que Juanito, el hijo del Conde, estudiara en Madrid. En ese momento comenzó a escribirse otro renglón de una historia llena de ambigüedades en la que Don Juan se negó a interpretar el papel de perdedor.

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