29 de octubre de 2020
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FIN DE SEMANA

Los oficiales del complejo de Auschwitz eran aficionados al boxeo y no dudaron en seleccionar prisioneros para organizar combates

Boxear para vivir: El club de la lucha nazi que acabó con la vida de Víctor "Young" Pérez

Fotograma de la película basada en la vida del boxeador Víctor Pérez.
Fotograma de la película basada en la vida del boxeador Víctor Pérez.
Durante el ascenso del nazismo y la Segunda Guerra Mundial se cometieron auténticas atrocidades por un régimen genocida que no dudó en ejecutar y esclavizar a millones de personas solo por sus caracteristicas innatas o su religión, no obstante, hubieron quienes salvaron la vida gracias al boxeo. Algunos no sabían boxear, pero aun así lo intentaron y de la mano con aquellos que sí que dominaban el arte de las 16 cuerdas lograron sobrevivir a los horrores de Auschwitz.

A día de hoy los campos de concentración nazis se siguen viendo como unos complejos dedicados al exterminio sistemático de judíos y prisioneros de guerra por orden de uno de los genocidas más grandes de la historia, Adolf Hitler.  Los campos de exterminio eran mucho más que eso. Se trataba de enormes complejos destinados a romper y quebrar el espíritu de todos aquellos que entraban, no solo prisioneros, sino también oficiales con miedo a demostrar que no estaban de acuerdo con las torturas que se practicaban dentro.

En muchos de los campos, una forma en la que los prisioneros tenían garantizada su supervivencia era desempeñando tareas, cada prisionero era interrogado sobre su oficio antes de ser capturado y los oficiales decidían su destino. Fue el caso de los infames kapo, prisioneros judíos que desempeñaban tareas administrativas con el objetivo de garantizar su sustento, traicionando de esta manera a las personas con las cuales ingresaron al mismo campo.

El oficial de las SS Heinrich Schwarz era un gran amante del boxeo.

No obstante, la historia recuerda un episodio particular por mostrar la cara más sanguinaria del deporte, por la similitud que manifestaba con los tiempos de la era clásica y el entretenimiento más salvaje del que el ser humano puede disfrutar de manera legal: el boxeo.

¿Quién sabe boxear?

Fue la pregunta que salvaría a algunos prisioneros de Auschwitz durante la ocupación nazi. Los oficiales buscaban entretenimiento, y muchos de ellos eran aficionados al boxeo. Por supuesto, sabiendo que los que se declararan púgiles serían provistos de comida y un techo, además de un horario estricto para entrenar, muchos prisioneros decidieron mentir y asegurar que eran expertos boxeadores.

Los oficiales hicieron pruebas, había algunos entendidos de boxeo en las filas. Sabían los movimientos, la técnica, la ciencia detrás del deporte. Eran perfectamente capaces de identificar a una persona que no había boxeado en su vida, aun así, dejaron pasar a los desesperados cautivos que estaban dispuestos a recibir auténticas palizas en el ring a sencillamente marchar en dirección a la cámara de gas.

Complejo de Auschwitz.

La voluntad de vivir de estos hombres era admirable, no solo decidieron boxear para entretener a un régimen que no hubiese vacilado un solo segundo en exterminarlos a todos en masa, sino que decidieron subirse al ring sabiendo que entre ellos había campeones nacionales de diversos países que dominaban el arte de las 16 cuerdas.

Los pocos testigos que sobrevivieron al evento cuentan que el comandante de Auschwitz III-Monowitz, Heinrich Schwarz, era un verdadero amante del boxeo. Organizaba combates todos los domingos para su disfrute personal. Los prisioneros que trabajaban en la fábrica también estaban invitados a presenciar las peleas. El comandante se había encargado de proveer equipo de entrenamiento para que los prisioneros que ahora eran púgiles pudieran entrenar.

La historia de un campeón dentro y fuera del ring

Entre la inmundicia y miseria que abundaba en los campos de concentración se escondía la gloria, y es que por Auschwitz pasaron dos campeones de boxeo de la época. El primero era Víctor Pérez, natural de Túnez y campeón mundial del peso pluma que desde 1931 a 1932 fue uno de los boxeadores que peleó para entretener a los altos cargos del nazismo. Al llegar, los oficiales sabían que Pérez no estaba en condiciones óptimas, sufría de encefalopatía traumática crónica, una enfermedad neurodegenerativa ocasionada por recibir demasiados golpes a la cabeza, pero eso poco importaba, tenían un campeón y este debía entretenerlos.

Según palabras de uno de los supervivientes del campo para el diario Marca, el campeón aun poseía aptitudes superiores, cualquier cosa que hiciera impresionaba a todos aquellos novatos que habían decidido entrenar para salvar la vida.

Víctor "Young" Pérez.

Pérez llevaba un tiempo sin pelear, su última pelea profesional había sido a finales de los años 30 y en 1943 no estaba en la forma de un boxeador. Fue asignado a la cocina, el plan era claro. El campeón tenía que reponerse para volver al boxeo. Su primer oponente era un soldado de la Wehrmacht, fuerzas armadas nazis, que le sobrepasaba en peso, al menos unos 30 kilos y que medía un metro ochenta, el combate era sumamente desigual, pero eso a nadie le importaba, los espectadores no querían ver un combate de boxeo, querían sangre.

Afortunadamente, en la esquina de Pérez había un experto en boxeo que nada más ver al hombre que se enfrentaría su boxeador, planeó una estrategia tan elegante como eficaz que no solo satisfizo las ansias de violencia de los soldados, sino que además pudo evitar que el campeón judío fuese asesinado a golpes. Tenía que evitar el enfrentamiento directo, golpear al cuerpo y parar los golpes con los guantes para hacer ruido. Así parecería que estaba sufriendo. El combate fue declarado nulo, ninguno de los soldados de la raza aria admitiría que un soldado alemán fue superado por un africano de metro cincuenta, sin embargo, eso poco importaba para el campeón, quien aprovechó siempre sus privilegios para ayudar a los demás. Fue precisamente su buena voluntad lo que ocasionó que el 22 de enero de 1945 fuese asesinado de un disparo por intentar compartir un saco de pan con otros trabajadores extenuados del campo.

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