15 de noviembre de 2019
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FIN DE SEMANA

Es miembro del Alto Tribunal desde 2008 y ahora ha sido denunciado por "maltrato" por su compañero, el magistrado Javier Borrego

La controvertida historia del presidente de la Sala Tercera del Supremo, Luis María Díez-Picazo

Luis Díez-Picazo.
Luis Díez-Picazo.
El enfrentamiento entre dos magistrados del Supremo ha puesto de relieve la personalidad del presidente de la Sala Tercera de este órgano judicial, Luis María Díez-Picazo, que ha sido acusado por uno de sus compañeros, el también magistrado Javier Borrego, de "maltratarlo públicamente", por lo que ha solicitado amparo ante el Tribunal Supremo . Ésta es la historia de Díez-Picazo.

La Sala de Gobierno del Tribunal Supremo tiene sobre la mesa un problema importante, después de que el juez de la Sala de lo Contencioso-Administrativo, Javier Borrego, enviase un escrito al Tribunal Supremo pidiendo amparo contra el presidente de esa misma Sala, Luis María Díez-Picazo Giménez, a quien acusa de maltratarlo públicamente en la cafetería Genium, en la Plaza de las Salesas, 7, el 29 de julio pasado, en torno a las 9.30 de la mañana.

El magistrado Javier Borrego.

En este escrito, Javier Borrego solicita a la Sala de Gobierno -compuesta por el presidente y el vicepresidente del Supremo, los cinco presidentes de Sala (en este caso Díez-Picazo tendrá que quedar fuera) y los cinco miembros electos- que examine lo ocurrido “por si pudiera existir materia disciplinaria” y, si es así, que se envíe al promotor de la Acción Disciplinaria. El escrito tiene fecha de 14 de agosto y complementa a otro anterior fechado el 29 de julio y que fue presentado ante esa misma Sala de Gobierno.

El incidente comenzó cuando Borrego, tras pedir la cuenta a la camarera, le dijo que también se cobrara los cafés de Díez-Picazo, un magistrado de la misma Sala y una de las personas de máxima confianza del presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes. Borrego, que iba con otra persona del entorno judicial, se dirigió cuando salía a Díez-Picazo y sus acompañantes deseándoles “buenas vacaciones”.

Pero Javier Borrego se quedó sorprendido cuando Díez-Picazo le contestó de una manera menospreciativa y maleducada.  Según el escrito presentado por Borrego, éste, “al pretender darle la mano a Don Luis María Díez-Picazo, no respondió a mi gesto, acodado en la esquina de la barra. Le pregunté: ‘¿no me das la mano?’, y me contestó: ‘no te doy la mano y ¡largo!”

El magistrado Díez-Picazo.

Borrego le recordó a Díez-Picazo que “estábamos en un bar, un lugar público. Desabrido, me contestó, elevando el tono de voz: ‘¡largo, largo de aquí!’ y me hizo un gesto con la mano derecha y los dedos para que me fuera. Todos, incluidos la camarera, estábamos perplejos”. Las sensaciones del magistrado del Supremo fueron muy malas, en especial por el hecho de que el bar estaba muy concurrido y fueron muchas las personas que fueron testigos de lo sucedido. El caso está sobre la mesa del promotor de la Acción Disciplinaria, que ha citado al magistrado Borrego para el próximo 4 de septiembre. 

La vida de Luis María Díez-Picaso

Luis María, como se le llama en el ámbito más próximo, o el hijo de Díez-Picazo como se le conoce en el ámbito judicial, saltó a la fama de la opinión pública cuando se debatió la legalidad del impuesto de constitución de las hipotecas en noviembre de 2018. Su voto a favor de que fuera el ciudadano de a pie quien pagara este impuesto no le hizo un juez muy popular entonces.

“El no pensó nunca en las consecuencias que se le podían venir encima, porque nunca se contamina en las decisiones que toma. Y si la tomó así fue porque la consideró ajustada a Derecho”, recordaban entonce personas de su círculo más íntimo, en el cuál es muy difícil penetrar. Es como un bunker. Se trata de un hombre alejado de las redes sociales, sin una vida social loca, sin “deudas” aparentes y sin hipotecas que pagar, ya que no dispone de inmuebles a su nombre.

Luis María Díez-Picazo Giménez (Madrid, 1958) es hijo del gran maestro, uno de los mejores civilistas y magistrados del siglo XX, Luis Díez-Picazo y Ponce de León, fallecido en 2015. Cuando el nació, su padre era ya doctor universitario y Juez de primera Instancia y Instrucción. Los primeros años de la vida de Luis María estuvieron marcados por el ir y venir de su padre.

Primero como catedrático de Derecho Civil en Santiago de Compostela (1963) y luego en Valencia (1964). Allí, en la ciudad del Turia empezó a estudiar Luis María, en las “Escuelas San José” pertenecientes a la orden de los Jesuitas. Siempre sus estudios estuvieron marcados por la carrera profesional de su padre. Así, tras ser nombrado su padre Catedrático de la reciente creada Universidad Autónoma de Madrid regresaron a Madrid. Y Luis María acabó sus estudios secundarios en el que por entonces se consideraba el mejor Instituto de la capital de España, el Ramiro de Maeztu.

Trayectoria ligada al Derecho

Su trayectoria en la vida, como las de casi todos sus hermanos, ha estado ligada desde sus inicios estudiantiles al Derecho. “Hay personas que nacen futbolistas porque sus padres lo eran, otros toreros, otros periodistas, y Luis María y sus hermanos solo han visto en su casa libros de Derecho y solo se ha hablado allí de Justicia por lo que todos tenían clarísimo a que dedicarse”, afirman fuentes cercanas al presidente de la Sala Tercera. Por tanto su paso en la adolescencia estaba fijado: el Derecho y la Facultad de la Universidad Autónoma de Madrid, donde su padre ya ejercía como catedrático.

El magistrado Luis Díez-Picazo.

Allí comenzó su carrera universitaria en 1975, que finalizó en 1980 con Premio Extraordinario. Y aunque sus hermanos Ignacio (especialista en contencioso administrativo y profesor en el CEU) y Gema (profesora titular de Derecho Privado, Social y Económico en la Universidad Autónoma de Madrid) también son figuras importantes en el Derecho, es Luis María quién ha proseguido con más reconocimiento y boato los pasos de su padre, un reconocido jurista que fue nombrado más tarde magistrado del Tribunal Constitucional (entre 1980 y 1989), y Doctor Honoris Causa por la Universidad de Santiago de Compostela y la Carlos III de Madrid.

Tras salir licenciado con premio por la Autónoma, decidió introducirse en el mundo de la enseñanza. Y lo hizo de la mano de un gran amigo de su padre, otro de los juristas españoles más importantes del siglo XX, Eduardo García de Enterría, premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 1985 y gran maestro del Derecho Administrativo, cuyo manual ha sido y es referencia para miles de alumnos. Luis María pasó a ser “el chico” y asistente de Enterría durante cuatro años (1980 a 1984). Allí en sus seminarios se formó y se convirtió en uno de sus discípulos más queridos, mientras preparaba su doctorado en la Universidad de Bolonia que finalizó en 1983 bajo el título: “"Il problema dell'amministrazione degli organi costituzionali", bajo la dirección del Profesor Fabio Roversi Monaco.

Su etapa en Bolonia, como Becario del Real Colegio de España entre 1982 y 1983, ya marcó su devenir profesional. Con tan sólo 25 años era ya un experto en Derecho Civil (por su padre) y en Administrativo (por Enterría). Pero esta etapa en Italia también le marcó en lo personal. Según manifestó a los vocales del Consejo del Poder Judicial, “gracias a esta experiencia fuera de nuestro país tengo una forma especial de ver el mundo”. Desde entonces una de sus pasiones es viajar, habla fluidamente inglés, francés e italiano y tiene buen conocimiento del alemán.

Breve carrera en los tribunales

Tras lograr su doctorado “Cum Laude” en la cuna de Bolonia, decidió en 1983 presentarse a la oposición a Letrado del Ministerio de Justicia. Lo logró sin aparentes problemas y se integró en el Cuerpo de Abogados del Estado. Pero esa no era su vocación. Al menos en esa etapa de su vida, ya que solo un año más tarde abandonó ya su puesto de letrado del Estado para encaminarse definitivamente hacia la docencia. De 1984 a 1986 fue el encargado de curso de Derecho Administrativo en la Universidad de Málaga. Pero tras su aprendizaje con Enterría, quiso de nuevo cambiar sus destinos jurídicos y académicos. Y pasó a ser tutelado y llevado por otro de los grandes juristas del Derecho español, Francisco Rubio Llorente, Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y que luego fuera nombrado vicepresidente del Tribunal Constitucional. Rubio Llorente se había formado de la mano del profesor Eduardo García de Enterría y tenía gran amistad con él, por lo que fue muy fácil que Luis María pasara a ser miembro de la Escuela de Rubio Llorente. Todo quedaba en casa. 

De la mano de Rubio fue creciendo académicamente. Se fue formando como gran experto en Derecho Constitucional, la otra pata del derecho que aún le faltaba. Así, en 1986 ya era nombrado Profesor Titular de Derecho Constitucional en la Universidad de Málaga, plaza que logró por concurso en 1986 y en la que estuvo hasta 1989. Pero mientras impartía la docencia compaginaba esta, gracias a las leyes gubernamentales de entonces, con la labor de letrado en ejercicio en el Colegio de Abogados de Málaga y también de Asesor Jurídico del Rectorado de su Universidad.

 Pero de nuevo, decidió irse fuera de España. Y regresar a Italia, su otro país. Así, en 1989 ganó otro concurso. En este caso como Profesor del Instituto Universitario Europeo, situado en el distrito de la Badia Fiesolana, en Florencia. Un centro especializado en la investigación y en el que se dan cita los mejores profesionales del ámbito europeo. Allí no solo fue profesor de Derecho Público Comparado sino también director de su departamento durante cuatro años, hasta 1995. Y curiosamente, mientras ejercía de profesor en Italia, logró su plaza de Catedrático por la Universidad de Málaga. Luis María ya lo era todo en el Derecho, con tan solo 37 años.

Las dos caras de Díez Picazo

Fue en sus viajes por Europa cuando conoció a su mujer, de nacionalidad francesa, con quien tiene tres hijos. Fue una época muy feliz para él.

Quien le conoce bien asegura que Díez Picazo tiene dos caras, la profesional y la familiar, a las que intenta separar drásticamente. En torno a su vida personal ha construido un muro muy difícil de penetrar. Tanto que no duda en colgar el teléfono, aunque sea una cuestión profesional, si está haciendo la cena a sus hijos. Una barrera infranqueable que hace que sus enemigos le definan como “un ser estirado, autoritario, sin don de gentes” e, incluso, hablan de “soberbia intelectual”. Para su círculo más cercano es todo lo contrario, “si consigues su amistad tendrás a una persona para siempre, de trato muy profesional, cercano y muy familiar. Y lo mismo que es detallista en lo profesional también es en lo personal”, afirman.

Quienes le han tratado de cerca señalan que la amistad es un concepto muy importante para él. “Si te da su palabra, la cumple, es un hombre de principios. Y por eso lleva esta apariencia imparcialidad hasta las últimas consecuencias, como ahora se ha visto”. Siempre, dicen, ha controlado muchos sus amistades y “busca que no contaminen sus resoluciones”. 

Camino al Tribunal Supremo

Su llegada a la presidencia del Tribual Supremo, donde ahora su cuidada figura inmaculada se pone en entredicho, fue un camino de rosas. Desde Florencia volvió a España, en concreto a Barcelona, donde estuvo dos años a finales de los noventa. Allí ejerció como profesor “ordinario” de Derecho Constitucional en la Escuela Judicial (Barcelona) y como profesor asociado en la Universitat Pompeu Fabra.

Durante su estancia en Barcelona fue consultor de alcalde socialista de la Ciudad Condal, Joan Clos, luego nombrado ministro de Industria, Comercio y Turismo con Rodríguez Zapatero, quien lo eligió para elaborar la “ordenanza de civismo”. En 1999 volvió a su querida Málaga, donde, por fin, ejerció su cátedra de Derecho Constitucional. Pero sólo lo hizo solo dos años, en una carrera, más bien vida, marcada por su idas y venidas.

Carlos Lesmes, principal valedor de Díez-Picazo.

Así, sorprendentemente para sus amigos y colegas, después de tantos años en la docencia dejó su puesto de Catedrático en 2002 para trasladarse a Madrid y ejercer de abogado hasta el año 2008. Su registró como abogado ejerciente en el Colegio de abogados de Madrid. Pero mientras, como el gusanillo le llamaba compaginó esta tarea como profesor en el Instituto de Empresa (2001-2003) y como profesor visitante en la Universidad de Castilla-La Mancha en su Campus de Ciudad Real. 

Fue otra figura contrastada del Derecho español, Eduardo Espín Templado, codirector y catedrático de la Universidad de Castilla-La Mancha, quien le rescató para esta universidad pública manchega, señalada por algunos como muy unida a las tesis socialistas. Espín facilitó de nuevo la llegada de Luis María a la UCLM, donde allí curiosamente estaba ya de catedrático el ex diputado socialista Diego López Garrido, aunque este adscrito al Campus de Albacete. Díez-Picazo no tardó mucho en conseguir de nuevo otra cátedra. Así en 2007 es nombrado catedrático en la UCLM, donde solo ejerce un año. En su carrera fulgurante y variada decide dar un salto con triple mortal y lanzarse al asalto al Tribunal Supremo.

En 2008 fue elegido magistrado del Supremo por el turno correspondiente “a juristas de reconocida competencia”. Sin embargo, muy a su pesar y a lo que ha marcado toda su vida, sus primeros años en el Alto Tribunal no fueron muy destacados. Fue en 2012 con la llegada del PP al poder y de Alberto Ruiz Gallardón al Ministerio de Justicia cuando fue elegido presidente de la comisión encargada de la Revisión Integral de la Ley Orgánica del Poder Judicial, donde coincidió con Carlos Lesmes, que pasó a ser ahora su gran valedor. Su carrera siempre ha estado marcada por ilustres personajes del Derecho. Díez-Picazo logró ser nombrado presidente de la Sala Tercera del Supremo, Sala de lo Contencioso, en septiembre de 2015, en sustitución de José Manuel Sieira.

Su nombramiento recibió 12 de los 21 votos y fue tan polémico que varios sectores de la magistratura redactaron un informe sobre este caso que enviaron a la relatora especial sobre independencia de los magistrados y abogados de Naciones Unidas, denunciando la existencia de presiones en relación a su nombramiento.

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