07 de agosto de 2020
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EDICIÓN VERANO

Según relató el asesino su gusto por la carne humana despertó a raíz de las recomendaciones de una amigo que la había probado en China

La vida de Albert Fish, el caníbal que contó en una carta a una madre cómo se comió a su hija

Albert Fish
Albert Fish
Albert Fish fue un asesino con problemas mentales con parafilias como el masoquismo y la coprofagia. Después de conocer a un amigo que había probado la carne humana en un viaje a China, pensó que él también debía hacerlo. Decidió que su experiencia sería con la joven hija de una amiga suya a quien luego relató todo el proceso en el cual desnudó, mató y cocinó a su hija. A pesar de sus taras mentales fue declarado cuerdo por un jurado y sentenciado a muerte.

Albert Fish nació el 19 de mayo de 1870 en la capital estadounidense, Washington D.C. En su familia había antecedentes de trastornos mentales y esto, sumado a la temprana muerte de su padre hizo que la infancia de Fish no fuese como la de otros niños.

Su padre murió en 1875, cuando Fish tenía tan solo cinco años y su madre, muy joven y sin un centavo decidió que lo mejor era dejar a su hijo en un orfanato. En ese lugar descubriría que el dolor y la humillación ejercida por otros niños le estimulaba y provocaba orgasmos precoces.

Un joven Albert Fish

En 1879 su madre conseguiría un empleo que le permitiría recuperar a su hijo. Pero Albert ya no era el mismo. Desde muy joven estaba hipersexualizado. Con tan solo 12 años empezó a tener relaciones con otros jóvenes mayores que él.

A menudo se encerraba en baños públicos porque disfrutaba de los olores propios de estos lugares, pero esto era solo el comienzo. Con el tiempo esta afición evolucionó a hacia trastornos y fetiches como la coprofagia, el gusto por comer heces fecales. Para cuando cumplió los 20 años ejercía la prostitución y se convirtió en un violador de adolescentes.

Con 28 años su madre intentó forzar un matrimonio entre él y una mujer nueve años menor. El matrimonio se llevó a cabo y llegaron a tener seis hijos. Durante esos años las cosas vaticinaban un futuro mejor para el que sería conocido como “El Hombre Gris”.

En 1903 fue arrestado por malversación de fondos y enviado a la prisión de Sing Sing en Ossining, en el estado de Nueva York, que era famosa por su ambiente hostil y por ser una de las primeras prisiones que implementó el uso de la silla eléctrica como método de ejecución. Durante esta estancia Fish retomó las relaciones homosexuales y el masoquismo.

Cuando salió de prisión, Albert empezó a trabajar como pintor de brocha gorda. Durante esta época violó a más de un centenar de niños según sus futuras confesiones, todos varones que no superaban los seis años de edad. Además de esto, empezó a frecuentar burdeles donde pedía a las prostitutas que lo azotasen hasta hacerlo sangrar. La castración se convirtió en una de sus fijaciones, hasta tal punto que, como relató en una de sus cartas, intentó probarla en una persona con taras mentales, pero  ésta logró huir.

Sus crímenes y la carta

Al llegar a los 47 años, su mujer decidió abandonarlo por otro hombre. Es en este momento es cuando, como confesaría años más tarde, comenzó oír voces en su cabeza. Una de ella, según él, era la del apóstol San Juan, que le pedía que se envolviese, por alguna razón que solo Fish comprendía, en una alfombra.

A pesar de estos desequilibrios, Fish aún no se había graduado como asesino. Su primera experiencia sería tardía en comparación a muchos otros criminales históricos. A sus 60 años mató a un hombre llamado Thomas Bedden en el estado de Delaware y más adelante asesinaría a un niño afroamericano en Maryland.

Fish en la silla eléctrica

El detalle por el que Fish sería recordado por la criminología y la sociedad estadounidense no sería el descubrimiento de un cuerpo o escena del crimen que impresionase a los medios de comunicación de la época. “El Hombre Gris” sería recordado por una carta dirigida a los padres de la niña de desaparecida Grace Budd en 1934. Decía lo siguiente:

“Querida señora Budd. En 1894 un amigo mío zarpó como marinero en un barco a vapor llamado el “Tacoma”. Se trataba del capitán John Davis. Zarparon desde San Francisco con destino a Hong Kong. Una vez llegaron a tierra, mi amigo y otros dos se adelantaron y se emborracharon. Cuando volvieron el barco había desaparecido.

En esos momentos había una hambruna en China. La carne de cualquier tipo costaba entre uno y tres dólares por libra (una libra equivale a 0,45 kilogramos). El sufrimiento era tan grande que los niños menores de 12 años eran vendidos como comida para evitar que la población muriese de hambre. Un niño o una niña de 14 años no estaba a salvo en la calle. Podías ir a cualquier carnicería y pedir una chuleta, un filete o carne para cocido. Entonces te traían parte del cuerpo desnudo de un niño o niña y tú elegías que parte querías. El trasero era la parte más dulce y era vendida como una chuleta de ternero al más alto precio.

John estuvo allí tanto tiempo que adquirió gusto por la carne humana. Cuando regresó a Nueva York secuestró a dos niños, uno de 7 y otro de 11. Los llevó a su casa, los desnudó, los ató en un armario y quemó todo lo que llevaban. Varias veces al día y en la noche los golpeaba y torturaba para que la carne se ablandara.

Primero mató al de 11 años porque tenía el trasero mas gordo y, por supuesto, con más carne. Cada parte de su cuerpo fue cocinada y devorada. Fue asado en el horno, hervido, freído y cocido. El chico más pequeño fue el siguiente y fue cocinado de la misma manera. En esa época yo vivía en la calle 409 E. 100. A menudo me decía lo bien que sabía la carne humana, así que decidí probarla.

El día 3 de junio de 1928 le cité en la calle 406 W. 15 y le llevé un tarro con queso y unas frambuesas. Merendamos. Grace se sentó en mi regazo y me dio un beso. Fue cuando decidí que me la comería.

Con el pretexto de llevarla a una fiesta me dijiste que sí. La llevé a una casa vacía en Westchester que había escogido previamente. Cuando llegamos le dije que esperara fuera. Se puso a recoger flores silvestres. Yo me dirigí escaleras arriba y me desnudé. Sabía que si no mis ropas se mancharían de sangre.

Cuando todo estuvo listo la llame a través de la ventana. Me escondí en el armario hasta que entró a la habitación. Cuando me vio desnudo empezó a llorar y trató de huir por las escaleras. La atrapé y le dije que la acusaría con su madre.

Primero la desnudé. Arañaba, pateaba y mordía. La asfixié hasta matarla, entonces la corté en pequeñas piezas para poder llevar la carne hasta mi habitación, la cociné y me la comí. Su trasero asado al horno era dulce y tierno. Me tomó nueve días comérmela entera. No tuve relaciones sexuales con ella, aunque la verdad lo habría hecho si hubiese querido. Murió virgen”.

Esta carta fue la causa principal de que Fish fuese atrapado. Una confesión del asesino a la madre de una de sus víctimas. A pesar de que la carta despierta sensaciones desagradables en todo aquel que la lee, nadie alcanza a imaginar siquiera una pequeña parte de la desolación que debió sentir la señora Budd al saber que el asesino de su hija estuvo delante de ella todo ese tiempo. Incluso eran amigos.

Aunque Fish era claramente un desequilibrado mental, el jurado lo encontró cuerdo y culpable de asesinato y canibalismo. Fue sentenciado a muerte en la silla eléctrica el 16 de enero de 1936.

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