27 de noviembre de 2020
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FIN DE SEMANA

La lista de despropósitos escénicos que hemos tenido ocasión de presenciar es demasiado larga

Cuando el director de escena mató la esencia de la Ópera

En varias ocasiones me he referido al controvertido tema de la dirección de escena en los espectáculos operísticos de hoy en día. La enfermedad, pues no de otra cosa se trata, no afecta solo a los teatros españoles. Es un fenómeno mundial que se disemina de manera aparentemente irrefrenable cual sepsis masiva que amenaza con aniquilar el espectáculo en el que tuvo su origen mismo.

El castizo añadiría tal vez un “si Dios no lo remedia”, y el radical pesimista (o realista bien informado, tal vez) iría más lejos para aseverar que “esto no lo remedia ni Dios”. El que suscribe prefiere mantener un cierto resto de esperanza, aunque sea un resto desgraciadamente condenado a menguar a velocidad directamente proporcional a la que crece el despropósito escénico, en el que, como he dicho, son culpables los autores del delito (los directores de escena o “registas”, palabro con el que también se les conoce), los colegas críticos que jalean, a veces porque sí y otras porque hay otro tipo de intereses de por medio, aunque el objeto del aplauso sea un bodrio sin sentido, y, en cierto modo, el público que ejerce con excesiva generosidad la cristiana virtud de la resignación, a veces (pocas) castiga al autor del delito con el abandono o desinterés y sólo en raras ocasiones se alza en más que justificadas protestas.

El origen de este "virús" es difícil de precisar

La proporción en la que estos elementos participan del despropósito puede ser discutible, aunque creo que no en cuanto a la contribución mayoritaria del colectivo de los directores de escena. El origen de esta infección es difícil de precisar, pero lo cierto es que la cosa empezó hace ya bastantes años. Y empezó por notarse en la deserción de las batutas. Hace más de un cuarto de siglo quien esto firma tuvo una larga y entretenidísima charla con Sir Neville Marriner, director de la Academy of St Martin in the Fields y de algunas orquestas alemanas. Le pregunté por qué sólo dirigía ópera en disco y no en teatro. Su respuesta, tan clara como contundente fue: “Porque cuando llego al teatro la ópera ya ha sido capturada por el director de escena, que a menudo ha diseñado algo que no tiene nada que ver ni con el libreto ni con la música; yo siento que ya no puedo hacer nada por enderezar el rumbo y que estoy participando de una cosa con la que no me identifico, así que prefiero el disco, donde… no hay director de escena”. Sir Neville, tan agudo como elegante, había puesto el dedo en la llaga.

El diagnóstico de Richard Bonynge

Otros optaron por la misma alternativa, poco antes o poco después, incluyendo nombres tan ilustres como Giulini o Haitink. Y otros, como Richard Bonynge, esposo de Joan Sutherland, exponían a principios de este siglo, en una entrevista previa a una actuación en el Real,  que “Sí, puede decirse que el director de escena ha matado a la ópera”, diagnóstico que difícilmente podría considerarse más ominoso.

Muchos directores optan por no llevar sus obras al Teatro para verse atrapados por los directores de escena

La lista de despropósitos escénicos que hemos tenido ocasión de presenciar sería demasiado larga. Recordemos en el Real la epidemia de gabanes de corte proto-nazi que parecían provenir de un saldo (que corría en paralelo con el de los Kalashnikov, que aparecían con total soltura en la Roma antigua) y que igual hacían acto de presencia en el Otello verdiano que en el Parsifal de Wagner (éste con el horrendo hospital de heridos de guerra como diseño escénico, solo superado por el puticlub de los años 20 ejerciendo como escenario para las muchachas-flor en el segundo acto), aquel Lucio Silla alicatado hasta el techo o la Clemenza di Tito mozartiana en un decorado de blanco inmaculado completamente aséptico, frío (y presumiblemente barato, desde luego), por no hablar del bodrio de la Carmen de Calixto Bieito, incomprensiblemente celebrada por la crítica como una de las mejores producciones de las últimas décadas y en la que quien suscribe no sabe si alucinar más con el patio del cuartel de la Legión, la incomprensible presencia en el mismo de una cabina telefónica, el baile medio a oscuras de un torero en pelotas “toreando” a un monumental toro de Osborne o las escenitas, que incluían cierto menosprecio, o cuando menos poca consideración, a la bandera de España, limadas para la ocasión del Real no fuera a ser que algún espectador decidiera celebrar la Tomatina de Buñol antes de tiempo.

Los cantantes sufren de un germen que se expande

La cosa adquiere ya caracteres demenciales cuando, en función de la justísima concienciación contra una lacra de nuestros tiempos (y de todos) se da un paso más del necesario y se cambia (en Italia ha ocurrido) el final de la Carmen de Bizet para evitar que Carmen muera asesinada, dado que eso parece poco menos que un homenaje a la violencia de género.

No son pocos los cantantes que sufren de los caprichos de los directores de escena

En aras de la corrección, guardo para mí los calificativos que me merece la idea. Pero el hecho es que cuando el germen se expande pasan cosas, desde luego, y esta materia no ha sido excepción. Los cantantes sufrieron (y continúan haciéndolo) las consecuencias. Sonoro fue el despido de Deborah Voigt porque estaba demasiado gorda para encajar en el vestido negro ordenado por el director de escena de Ariadna en Naxos de Richard Strauss hecho ocurrido en 2004, y que tuvo su continuación cuando la norteamericana, tras perder un montón de kilos, retomó ese papel en el mismo teatro cuatro años después.

Un mal que progresa sin que nadie lo pare

La pregunta es: ¿eran necesarios la humillación y el sacrificio? ¿Sale realmente ganando la lírica con todo esto? Personalmente lo dudo. Me parece bastante triste reseñar que, como señalaba Bonynge en la entrevista precitada, los directores de escena quieran “cantantes jóvenes y guapos”, porque al final, si son jóvenes y guapos, lo malo es que da igual que sean unos vulgares canarios-flauta en lugar de cantantes de verdadero empaque. En el colmo del despropósito esquizoide, vivimos una época en la que se defiende el respeto a la partitura y se busca con ahínco la recuperación de una sonoridad lo más próxima posible a la que vivió el compositor (figura que, conviene no olvidar, resulta imprescindible en todo esto: sin compositor no hay partitura y sin ella no hay ópera… al menos de momento, aunque visto lo visto, vaya usted a saber).

Mientras se busca el purismo en la sonoridad se "tritura" la escena

¿Cómo se compadece tal retorno a las fuentes mientras la otra parte del cocido, léase la escena, es machacada, pateada, triturada y transformada hasta convertirla en algo que nada tiene que ver con el original? ¿A qué viene un Handel con instrumentos de época y aproximación historicista con una puesta en escena en la que parecen personajes que recuerdan a Robocop (recuerdo una Popea monteverdiana que iba por ahí…)? En fin, lo malo de todo esto es que el mal progresa sin que nadie aparentemente lo pare. No. Me temo que no me gusta cómo caza la perrita… No sé si estamos asistiendo a aquello de “entre todos la mataron y ella sola se murió”. Pero sí se que hay unos que cogieron el cuchillo primero… Ya saben ustedes a quienes me refiero.

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