22 de febrero de 2020
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FIN DE SEMANA

Entre broncas, pitos y silencios pasó la tarde de más expectación de la Feria de Otoño

Pesadilla en Las Ventas: Ni los toros de Adolfo Martín, ni la terna de Talavante, Lorenzo y Adame estuvieron a la altura

Talavante dececpcionó en la cuarta de la Feria de Otoño de Madrid
Talavante dececpcionó en la cuarta de la Feria de Otoño de Madrid / Foto: Andrew Moore

Ya saben ustedes el dicho, “Corrida de expectación…”. Pues a cumplir con el adagio. Es imprescindible, visto lo visto, que las mentes sesudas escriban un ensayo sobre el nihilismo en el toreo, algo que de tanto en cuanto es dado contemplar en la actitud de unos y de otros, de los de dos y cuatro patas, y que en un espectáculo como éste, lleno de vitalidad, creador de fuertes emociones y tensiones, sería impensable si no fuera por la frecuencia con que aparece por los ruedos. La nada más absoluta, el vacío existencial, la carencia de vivencias artísticas o intelectuales, la ausencia –en disposición- del ruedo. Elementos que conforman lo más antitético y antiético de la fiesta, antaño más nacional.

Pero presentes, por desgracia, más de una y otra vez en el rito de la tauromaquia por unas u otras razones. Esta tarde ha vuelto a aparecer, en forma de toros y toreros por el albero pardo de la plaza erigida en la proximidad de la Venta del Espíritu Santo, o más escatológicamente, del arroyo Abroñigal.

Unos toros que no demostraron la casta que atesoraban años atrás

Y eso que los de Adolfo no venían a comerse a nadie, aceptables de presencia y vacuos en su interior. Si me apuran, eran más propensos a la autofagocitación que a otra cosa; ya me hubiese gustado ver a mí esos análisis, tan necesarios en el toro de lidia como en los atletas, para comprobar el verdadero estado psico-físico de los pobres animales. Flojos, perdiendo contantemente las manos, entre caídas algunos, incapaces de desplazarse con alegría en las faenas, moviéndose al paso, entre lo soso, lo insubstancial, lo insulso y lo cansino, no demostraron la casta que aun años atrás atesoraban. Ni siquiera salió ese toro quinto que, como en el pasado San Isidro, levantase los ánimos de los públicos y quién sabe si de los lidiadores. Pitos para casi todos en el arrastre con unas leves palmas para el segundo. ¡Vaya papelón!

Los toros de Adolfo Martín decepcionaron / Foto: Andrew Moore

Don Adolfo, buen aficionado y ganadero que sabe lo que tiene entre manos, conoce de sobra que ha dulcificado la ganadería hasta un punto mucho más que peligroso, así lo reconocía en privado ante un buen amigo. El problema, como decía la docta autoridad de Luis Fernández Salcedo, es que es fácil aguar el vino, pero devolverle su esencia, quitársela, es dificilísimo... y otro tanto en los toros. Doblegarse y criarlos para que los toreen las figuras, que no quieren exigencias, apreturas ni complicaciones, es relativamente fácil, a base de seleccionar lo más dulcemente embestidor en la muleta (y sin fijarse en nada más); pero, ¡hete ahí!, recuperar la casta y la acometividad perdidas, volver a encontrar la bravura y la fiereza que es la base del toro en este rito ancestral, es complicadísimo. Confiemos en su buena mano y que pronto lo consiga, porque lleva ya unos años penosos, aunque se los hayan toreado las figuras ocasionalmente –que nunca, desengáñense los más optimistas, lo harán de continuo-, y haya lucido alguna que otra res, digna de encomio, esporádicamente.

Batacazo monumental de Talavante

Talavante era, frente a los “adolfos”, el máximo atractivo del cartel. Pues, batacazo monumental, como el propio coso que quieren remodelar para, perdiendo la filosofía que lo alzó, reducir su aforo y, lo que es peor, su ruedo. Todo en pos de no sé qué comodidades, qué siglo futuro, o qué otros espectáculos no taurinos. Si quieren dar conciertos, la amplísima y fresca Casa de Campo es ideal, hay estadios deportivos con capacidad para decenas de miles de espectadores y que cumplen los requisitos de la Policía urbana o de la “carmenada” podemita, hay Caja mágica, Madrid Arena y otros “cien” locales aptos para aquello. Y lo mismo para que salten las motos, haya trial indoor, o se celebren otros espectáculos político-deportivo-festivos. La plaza de toros es de toros, ¡oiga!, y bien está que mejoren sus condiciones de accesibilidad, comodidad o seguridad, pero sin reducir notablemente su aforo, ni limitar su ruedo para poder lidiar bichos más pequeños, al uso, gusto y afán de la torería andante más encumbrada. Talavante, retomemos el perdido hilo de la narración, es de aquellos, además, aunque haya tenido el gesto de anunciarse ante una ganadería de las consideradas duras y exigentes, aunque hoy no sepamos que le pasaba. Gesto consistente, repetimos, en anunciarse…; vaya, en dejar que su nombre figurase en el cartel, que acompañase al nombre de la vacada, y punto y final. Hasta ahí el gesto. Porque, salvando el recibo a porta gayola (a puerta de chiquero, en portugués) al primer cornúpeto de la tarde, el resto del gesto parecía haber sido el del egipcio, con una mano por delante en señal de recoger lo que se le debía.

Talavante tuvo una horrible tarde en Las Ventas / Foto: Andrew Moore

Desconocido el diestro pacense; desaparecido la mayor parte de la tarde, como en otras ocasiones, pero con unas dudas y unas precauciones, en especial en el cuarto, que no le conocíamos y nos eran totalmente insospechadas. Horrible tarde la de hace unas horas. Su primer antagonista, si hemos de catalogarlo como tal, era un animal soso, manso, bastante parado en general y que debió mirarle mal. De nombre Chaparrito (negro entrepelado, 539 kilos), yo no lo catalogaría ni de mirón siquiera, pero Talavante le debió ver algo… que sólo él y sus más íntimos intuyeron. Apenas unos muletazos, dos o tres, al final de la segunda tanda, a derechas (en ambos sentidos), y nada más entre dudas y dobleces movidas. Le recetó –galana y “galenamente”- un pinchazo hondo, caído y atravesado –por salirse de la suerte y cuartear-, con pérdida de muleta, media de la misma forma sin pérdida en esta ocasión, y… para el otro barrio. Al menos el toro se aguantó la muerte lo que pudo. Pitos antes del arrastre e indiferencia después. Peor fue lo del cuarto. Peluquero era un animalito de 563 kilos, negro entrepelado también, y como la mayor parte de sus hermanos, manso en varas –éste quizá de los que menos-, soso, flojo y a menos. Tan a menos y tan flojo (le contamos cinco caídas, una de ellas total, de la que le costó levantarse) que parecía ir a juego con el diestro. Absolutamente desconfiado, perdiendo un paso cuando el toro entraba en jurisdicción y con unas precauciones inconcebibles para lo que parecía e hizo la res, apenas se dio coba y se la dio al toro, iniciándose una bronca que continuaría al coger la de acero templado. A paso de banderillas enjaretó al mortecino animal media bastante caída y atravesada, un pinchazo, después, y otro hondo, por fin, todo del mismo modo. Remató la suerte suprema al tercer descabello y arreció la bronca antes de que arrastraran los despojos del de don Adolfo. Fantástica labor la suya, bien recompensada en la plaza… y en la cuenta corriente.

Álvaro Lorenzo, silencio en sus dos astados, que fue lo mejor de la tarde

Más modesto, pero mucho más, el toledano Álvaro Lorenzo fue el mejor librado de la tarde. Al menos se silenció su labor a la muerte de sus dos oponentes (o colaboradores, como dicen ahora). El primero llevaba por mote Baratero, era cárdeno oscuro, bragado y meano, de 572 kilos, bien puesto y veleto de cabeza, algo ensillado, pero guapo, vamos, ¡un toro! Lástima que la cara no sea el espejo del alma… Mansito, soso, también a menos y a veces algo gazapón, el “pobretico” no dio la talla en la lid. Lorenzo, sin embargo, gustó en las verónicas de saludo, especialmente en una media que a mi juicio fue superior. De veras, lo mejor de su tarde. Al igual que lo mejor de la tarde, en general, fueron dos pares de exposición y colocación del gran torero, que fue de oro, Sergio Aguilar. Y tampoco fueron malos, sino muy al contrario, un par de Miguel Martín en el tercero y otro de Trujillo en el cuarto, a pesar del revolcón que había sufrido a “cuernos” del primero de la tarde. 

Dos silencios, lo máximo que consiguió Álvaro Lorenzo / Foto: Andrew Moore

La faena muleteril de Lorenzo, a este primero suyo, fue pura esencia de la post-modernidad taurómaca, esa de citar desde fuera de la rectitud (a veces exagerada y otras sólo un poco), cogerlo cuando viene y enviarlo para allá (hacia las afueras para que no apriete), y echando la piernecita para atrás, volverle a coger -situado ahora en la oreja o en el costillar del toro-, ligando los pases, que es lo único en lo que se fija el gran público. Y lo consiguió, no se crean. Y es que buenos maestros tiene el joven matador, entre los de más arriba, más en medio y más abajo del escalafón. Lo fue pasando, sin mucho mando, pero con suavidad y temple, pero sólo me gustó, mediada su labor una tanda de muleta al natural, donde –es verdad- lució más por colocación, mando y estética. Luego se vendría todo a menos, a medida que el toro se apagaba e iba más corto. Y sin que tomara aire la faena, la subrayó con una entera, por arriba o casi, pero con desarme, sonó un aviso y le dio su decena, bien contada, de descabellos. Casi para un “Córtese por la línea de puntos”. Devuelto el inválido quinto titular, saldría un nuevo zambombo corraleado del conde de Mayalde, Atrevido por mal apodo, de 598 kilos, negro listón y de condición similar al rechazado: manso, soso, flojo y a menos. La labor de Álvaro Lorenzo fue bastante parecida a la primera, entre la indiferencia general lo más, por las constantes caídas y pérdidas de manos de su antagonista (hasta diez veces besó el santo suelo de Madrid, así de respetuoso mostrábase el pupilo de aquel que fue alcalde y gobernador civil matritense). Un poquito pesado, la verdad. Unos buenos adornos para cerrar al toro, y media sin fe y con desarme, antes del primer aviso y nueve descabellos más, sonando el segundo cuando doblaba el animal. Silencio.

Luis David Adame, sin faena ni estocada

Luis David Adame, el joven “hidrocálido” que atesora más clase torera de su saga familiar, tampoco tuvo, en ésta, la tarde de sus sueños. Más bien pesadilla en Las Ventas, dado lo mal cocinado de su último “villagodio”. A su primero, Malagueño (que nos hizo soñar con su estirpe, y nos despertó entre sudores fríos, temblores y miedos), un cárdeno de 545 kilos, manso, flojo y descastado, ante lo tardo e insípido del animal, le acortó extraordinariamente las distancias (justo lo contrario que hizo Álvaro Lorenzo en el quinto, sacándole lo poquito que tenía)… y lo ahogó definitivamente. Un horror, ahora que el día de difuntos lo han sustituido por casi un mes de Halloween. Después de un señor bajonazo, le dejó otra entera caída y aquí paz y después…

Luis David Adame ni llegó a cobrar estocada / Foto: Andrew Moore

Después vino lo del sexto. Tomatillo era un animal negro entrepelado, de 546 kilos, veleto, largo, escurrido y estrecho, que casi pasó por varas cumpliendo y que vino a menos, sin casta, al final. Tuvieron sabor las verónicas genuflexas del mejicano, lo más sobresaliente de su tarde, sin duda. Pero ya con la franela entre las manos, despegado y desde fuera, citando con el pico y con el otro extremo por detrás del muslo de entrada, su labor, con la tarde cuesta arriba, se hizo pesada, tediosa, hasta el punto de que las buenas gentes –que otras tardes regalan orejas a troche y moche- le pitaron para que finiquitase aquel a modo de suplicio. Se fue a la barrera al terminar la sexta serie de “aquello”, cogió la tizona, y la probó en el toro tan tímidamente, que sin fe y sin esperanza, le soltó tres pinchacitos. Y sin cobrar estocada, y entre una bronca general, que apenas nos dejó escuchar el aviso, terminó con el “adolfo” de ¡ocho descabellos! Casi batiendo récords, vaya. Habrá que recordarle que a los toreros se les conoce también como “matadores de toros”, y no como “descabelladores de toros”. Pero si ustedes quieren les cambiamos el nombre y “sanseacabó”. Ustedes perdonen. Voy a ver si concilio el sueño y no se me aparece esta corrida como de Tim Burton con Johnny Deep, esta noche.

 

FERIA DE OTOÑO

Madrid, 5 de octubre de 2018. Cuarto festejo de la feria de Otoño. Casi lleno (23.018  espectadores según la empresa). 5 toros de Adolfo Martín, bien presentados en general, mansos en varas, deslucidos, sosos y flojos, alguno inválido. 1 toro del Conde de Mayalde (5º bis), manso, flojo y a menos.  Alejandro Talavante, pitos y bronca. Álvaro Lorenzo, silencio y silencio. Luis David Adame, silencio y bronca. Bronca final de despedida, con lanzamiento de algunas almohadillas al ruedo.

 

Rafael Cabrera

Con fotos de Andrew Moore

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