01 de agosto de 2021
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EDICIÓN VERANO

Primer festejo, camino de lo plúmbeo, de la Feria de Otoño

Notas de color de Pablo Aguado en el arranque de la Feria taurina de Madrid

Comenzaba con ilusiones y esperanzas la feria de Otoño madrileña. En buena medida por el doblete de uno de los de arriba en feria postrera de la temporada, en la que desde hace ya años es costumbre rehuir el compromiso con la Catedral del Toreo, como la llamara el bueno de “Areva”. Talavante en gesto, en parte justificado por su ausencia de tantas ferias y su ruptura con Matilla (Dios bendiga a los valientes), se presentaba en su primera actuación en el coso de Las Ventas del Espíritu Santo, en este ciclo otoñal de 2018.

Ilusión que cuajó, tras del paseo, en una sonora ovación hacia el pacense, que salió a recogerla al ruedo antes de que saltara el primero de los cornúpetos de don Victoriano. Dicho, hecho, y casi punto y final de una tarde tediosa en buena medida, con un gran susto en el quinto y traca final de postre.

Toros sin clase 

Los animalitos de don Victoriano, otrora no lejano ganado famoso, encastado e interesante, a la par que unas hechuras de todo a cien, o de todo vale, con cuajo los menos y esmirriado más de uno, cariavacado otro, menos que justos de presencia alguno más, tuvieron como única virtud la de moverse. No siempre para bien, pero… se movieron. Sin clase los más, pegando tarascadas otros, como el postrero vespertino, a duras penas y entre caídas otros (más de dos y tres), sin interés la mayor parte, repitiendo incómodo el tercero. El del conde de Mayalde, un zambombo con casi seis años y muchas historias y experiencias (seguro, porque más sabe el diablo por viejo…) a sus espaldas, decidió intentar pasar desapercibido, manso, flojo y soso hasta el final, en que mostró su mal genio en una cogida a Fortes verdaderamente espeluznante. Pero ya habrá para hablar de ello.

El público mostró su indignación ante lo que estaba ocurriendo

Pablo Aguado, más ganas que acierto

Abrió -y cerró- plaza el confirmante Pablo Aguado, un diestro sevillano con maneras, fino y decidido, que ya había brillado como novillero allá por la Maestranza. En su confirmación ha dejado un cartel aceptable, que aun no revalidado por un triunfo rotundo, sonoro, deja buen recuerdo, el mejor, sin duda, de esta tarde prescindible en justa medida. Fueron buenas, sin paliativos, las verónicas de recibo a su primer antagonista (Bolero, 523 kilos, negro, flojo), un bicho a menos que apenas duró tres tandas tras el tanteo de muleta. Y si buenas fueron las verónicas de salutación, también destacó la suavidad y el temple de los delantales en la réplica al quite de Talavante por unas gaoneras del montón. Y hasta aquí podemos leer… porque el resto estuvo dirigido, ordenado y predispuesto por la nula condición del tacañón del toro, que entraba protestando y sin verdaderos bríos.

 

Pablo Aguado puso las maneras

Buena competencia en quites, gusto y temple capoteros y poquita carne en el asador del último tercio, rematado de una estocada desprendida y algo trasera. La oreja le caería, como el Gordo de Navidad, en el último de la tarde (de nombre Corchero, 604 kilos en la romana, un bicho zancudo y feote, negro listón, manso y flojo que protestó siempre). Animalito desagradable, que a sus escasas fuerzas sumó un recorrido cabeceante, a base de tarascadas, que Aguado aguantó con estoicismo ejemplar. Su estahanovismo –que es una de las “virtudes” del toreo contemporáneo, esto es, el trabajo a destajo- conseguiría meterlo algo en la faena a partir de la cuarta tanda de muletazos, en donde brillaron tres lances templados –quizá de los pocos que consiguió sacarle-, pero con el vicio del pasito atrás y cesión de terreno al toro, tan de moda entre las “figuritas” para que el toro pase más cómodo y ellos se expongan menos, claro.

Así que, con su pasito atrás, tres buenos muletazos con la zurda, y mucha porfía. Más ganas que acierto que el público recompensó generosamente (dada la tarde le podían haber puesto un piso en la Castellana), después de una nueva estocada, casi entera, y casi por arriba. Traca final, como en los buenos fuegos de artificio, para un discurrir de mediocre a plúmbeo en este festejo inaugural.

Talavante, de más a menos

Talavante, fiel a sí mismo, y a su carrera guadianera –y es que hay que querer mucho al terruño que a uno le vio nacer- apareció a ratos en el primero y desapareció después. Lo malo es que al contrario que el río que desemboca en Isla Cristina, a don Alejandro no le hemos vuelto a ver después de lo realizado al cuarto… Confiemos en que se reserva para los “adolfos”.

Alejandro Talavante decepcionó

El primero de su lote, y segundo en el orden de lidia (Jaceno por mal nombradía, 541 kilos, negro listón, feo y algo avacado, de poco remate, manso pero embestidor) le dejó hacer sin ofensas ni apreturas. Hubo unas verónicas de recibo tan insulsas que no le supieron nada a nadie. Tampoco hubo apreturas por parte del torero, descolocadillo la mayor parte de la faena; fue ésta un conjunto aseado, en el que se le vio sobrado al diestro y ventajista sin necesidad. Mucho desde acá y para allá, con mando, con dominio de la situación, pero a veces desde Singapur y para Pekín y con mucho esconder la piernecita para que el bichejo (que lo era) fuera comodito en su nobleza. Anduvo por encima, eso sí, el maestro de Badajoz, y dio un soberbio pase de pecho, pero al fallar con la tizona (un pinchazo atravesado y una entera baja), las recompensas del respetable se desinflaron hasta quedarse en un saludo desde el tercio.

Menos hubo en el cuarto de la tarde (Ebanista, 551 en la báscula, negro listón, justo de presencia y manso, flojo y a menos en lo restante), en el que, entre lo aburrida que ya andaba la gente, y que el toro no paraba de perder las manos, el jurado popular comenzó a meterse con el bicho, con la sacrosanta presidencia y con el diestro, y éste decidió no darse coba, ni dársela a nadie –por lo de ahorrar-. Y nos ahorró algo mucho más penoso, si no fuera por los dos pinchazos sin pasar, alargando el brazo, y una entera de la misma forma. Finis coronat opus. Debió andar por el Huang-ho, o séase el río Amarillo, por el que pululaba tras la primera faena.

El susto de la tarde lo dio Fortés

Fortes nos dio el susto –y grande- de la tarde, después de una actuación de todo punto anodina. Y eso que se le esperaba también con verdaderas ganas tras del pasado san Isidro. En el tercero (Frenoso, ¡vaya nombre!, de 529 kilos, negro, justito de presencia, manso pero colaborador) se empeñó en destroncarle al inicio del tanteo y casi lo consiguió. El toro se movía con castita, repitiendo, y tras unas tandas de toreo post-moderno (del de siempre últimamente, con cesión de paso al bicho, escondida de pata, nula cargazón de suerte y otras zarandajas), pero con bastante quietud, decidió acortar terrenos. No es que no corriera bien la mano, muy al contrario, es que aquella labor carecía de gracia, de ángel, de donosura, de arte, era trabajo, si quieren (aunque desde fuera y con la técnica antedicha) de calidad, pero como de Ikea. Ocho tandas o alguna más, le dio, antes de oír un aviso desde el palco y largar un feo espadazo bajo y perpendicular.

 

Grave cogida de Fortes

El quinto, retirado por inválido, fue sustituido por el del Conde (Estafador, castaño salpicado, bragado y meano corrido, girón y axiblanco, 580 kilos). Otro toro que podía haber ido de vuelta a los corrales si no fuera porque el usía cambió pronta y radicalmente de criterio. A medida que el tedio avanzaba, y la gente se entretenía dando vivas a España y a la fiesta nacional (a fuer de español y taurófilo, muy loables, pero en su justa medida y en el momento apropiado), la faena fue quedando en el más absoluto de los olvidos. Ambos, diestro y astado, se movían por ahí, a veces a la vez, pero ni uno ni otro decían nada. Silencio, por tanto.

En la suerte suprema, hubo dos pinchazos sin fe, sin esperanza, ni caridad para con el público, antes de una estocada certera en la que, por no pasar, fue prendido el diestro por el vientre, recogido, pisoteado, golpeado, vuelto a recoger, en un suceso que nos heló la sangre a todos los presentes. Temíamos lo peor… pero hay Dios sobre la Tierra, y la Divinidad quiso que fueran sólo golpes, magulladuras y arañazos, lo que podía haber tenido nefastas consecuencias. Talavante lo pasaportó al tercer descabello. Fue una faena, y perdónenme, como sin ganas, como dejándose arrastrar por un gélido y triste destino gris inevitable.

En suma, la voluntad y el buen capote de Aguado, junto con dos pares de Trujillo, fueron las notas coloridas de un festejo que tiró a gris plomo y azabache.

 

Parte médico de Fortes:

“Durante la lidia del 5º ha ingresado en la enfermería el matador Saúl Jiménez Fortes con contusiones y erosiones múltiples, pendiente de estudio radiológico. Se traslada al hospital San Francisco de Asís.

Pronóstico: reservado.

Firma: Doctor García Leirado.”

 

FICHA DE LA PRIMERA DE LA FERIA DE OTOÑO

Madrid, 28 de septiembre de 2018. Primer festejo de la feria de Otoño. Tres cuartos de entrada (20.884 espectadores según la empresa). 3 toros de Victoriano del Río, 2 de Toros de Cortés (1º y 4º), y un sobrero del Conde de Mayalde (5º). Los titulares muy desiguales de hechuras y presencia, flojos, mansos en general en varas y embestidores sin clase en la muleta. El de Mayalde, manso, gordo, flojo y soso. Alejandro Talavante, saludos y silencio. Fortes, silencio y ovación mientras le llevaban a la enfermería. Pablo Aguado, que confirmaba la alternativa, saludos y oreja.

Rafael Cabrera

Escritor, médico forense, profesor universitario y crítico taurino.

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