21 de enero de 2020
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FIN DE SEMANA

Sobre la casta se edifica la lidia, con trapío, defensas íntegras y sin manipulaciones

Analizamos la Fiesta de los toros: La asunción del riesgo por parte del torero es la pieza fundamental

Lo que distingue al toro es la casta sobre la que se edifica el riesgo.
Lo que distingue al toro es la casta sobre la que se edifica el riesgo.
El riesgo es inherente, pero también fundamental, en la fiesta de los toros. Una de las cualidades verdaderamente humanas que distingue al diestro, al torero, es el valor. Valor necesario para enfrentarse a ese riesgo, valor sereno, sin temeridad inconsciente, valor asentado sobre el conocimiento de las reses, de los terrenos, de la técnica de torear e insuflado de ese hálito divino que le hace sobreponerse a la fiera y a los propios miedos

La cualidad del valor que tiene el torero, que se cuenta entre otras muchas –inteligencia, capacidad, superación, ética-, le distingue del aficionado en muchos casos; en otras será su maestría, su técnica o conocimiento, su especial estética, su mentalización o concentración.

Pero la existencia de riesgo se basa en la presencia del toro. Y es que el toro es, debe ser, una fiera, cuyo impulso e instinto le hagan acometer al diestro, al caballo, al objeto que le irrita y que se le antepone en el ruedo, en el coso o en la calle. Y a esa importante característica la llamaremos casta. Sobre la casta se edifica la fiesta, sin ella podremos contar con toros –porque su carga o potencial genético así los definirá–, pero no serán toros de lidia, “toros de casta” en suma.

La casta, lo que diferencia al toro bravo

Destaquemos esa principalísima cualidad del toro, que lo distingue y diferencia de otras razas bovinas: la casta; casta sobre la que se edifica el riesgo. Riesgo para el que ha de enfrentarse al toro en su máxima plenitud: con trapío, defensas íntegras, sin manipulaciones físicas ni químicas que mermen sus fuerzas o acometividad, con su plenitud de desarrollo anatómico y fisiológico, con su edad precisa. El toro, con todas ellas, es un animal capaz de generar esa situación de riesgo, capaz de infringir una cornada. La sombra de la muerte siempre planea sobre el espectáculo, aunque sea felizmente alejada por el diestro que, mediante su técnica y conocimiento, poniendo en juego sus recursos y habilidades, su serenidad de ánimo, su valor, es capaz de sobreponerse a aquella sombra fatal.

Pero, y ya que juega con superiores y poderosas armas, basadas en su valor, inteligencia y conocimiento, no puede, ni puede nadie, menoscabar ese riesgo. Cualquier técnica, cualquier artimaña que ponga en juego el diestro, cualquier manipulación fraudulenta sobre el toro, menoscabarán ese riesgo imprescindible para que consideremos a la fiesta como el más grande de los espectáculos públicos. Sin su esencia, sin la existencia de riesgo, no sólo daremos armas a los abolicionistas, a sus más acerbos y odiosos detractores, sino que también se puede llegar a convertir la fiesta en una tortura sin sentido a un pobre animal indefenso.

Aprovechar el conocimiento  y la técnica

No es eso la fiesta; y no lo es, precisamente, porque existe ese riesgo, porque existe, aunque sea remota por la habilidad y el valor del torero, la posibilidad de que ocurra algún serio percance sobre el lidiador. Nada desea, el aficionado, en tal sentido a ninguno de los que se visten de luces, aunque les exija que no minimicen ni adulteren ese peligro, ese riesgo que debe ser real y no hipotético.

Sobre tal base todo lo que realice el diestro tendrá su mérito indiscutible, sea artístico o carente de gracia, sea acorde a los cánones o fruto de la casualidad o de su temeridad ciega, porque, en resumidas cuentas, será verdad. Si, por el contrario, el torero aprovecha su conocimiento o su técnica, amparadas por el recurso del valor, para burlar ese riesgo, para disminuirlo mediante técnicas que lo reduzcan, estará obrando en contra de la propia esencia del festejo, y aproximándose a esa tortura tan cacareada por los anti-taurinos.

Su actitud debe basarse en la aceptación del riesgo, y su superación mediante esas cualidades necesarias e imprescindibles que sólo ellos poseen. El torero que, contraviniendo este sagrado principio, se acoge a mil artimañas, a mil resabios escolásticos, a técnicas que disminuyen el riesgo, está obrando contra el propio espectáculo. El toreo debe estar impregnado de verdad, de autenticidad. No sólo es el toro el que debe estar en plenitud, también el espada, el lidiador, debe, en su labor, torear de verdad. Y no lo hace quien se aleja del riesgo, quien lo menoscaba merced a triquiñuelas que, aunque engañen al espectador poco avezado, son notorias para otros muchos aficionados.

"Torear es hacer que el toro vaya por donde no quiere ir"

El toreo alejado de la cara del toro, desde fuera de lo que puede ser la recta embestida de la res; el alejamiento de los pitones por abusar del pico con toros francos y boyantes –recurso, sin embargo, permitido y aconsejado en los toros que se ciñen y recortan, o en los que cabecean con peligro–, aunque luego el diestro se pegue a las costillas o cuartos traseros del animal, o llegue a empapar su traje con la sangre del toro; el toreo perfilero, sin cargar la suerte; el pasarse el toro por la lejanía, permitiendo que entre el diestro y la res quepa toda la banda municipal; el toreo en paralelo, rematando hacia las afueras el recorrido de un toro, al que no se fuerza en su trayectoria en ningún momento –recuérdese que según Domingo Ortega “torear es hacer que el toro vaya por donde no quiere ir” –; el ubicuo paso atrás, recurso tan empleado hoy para prolongar el muletazo, pero que supone que no sólo no se gana terreno al toro, sino que se le pierde, que aleja al espada de la cabeza de aquél, colocándose para el siguiente lance en el costillar del toro; la pérdida constante de un paso entre muletazo y muletazo; el no ganar ese terreno hacia los medios frente a un toro bravo, sino perderlo –cuántas veces hemos criticado el que los espadas se doblen con los toros de salida, con el capote, reculando siempre, andándole hacia atrás para quebrantarlo con medios capotazos recortadores de su embestida–; el cuartear o sesgar en la suerte suprema, perfilándose de lejos y con el brazo por delante para facilitar una salida franca, mientras que al toro se le despide de cualquier manera...

Del riesgo del toreo, surge la emoción

Todo ello, es evidente, conduce a una disminución del riesgo, imprescindible en este espectáculo. Y cuántas veces, por el contrario, hemos aplaudido, nos ha emocionado y puesto en pie, la superación de ese riesgo con autenticidad, con valor, con exposición del propio matador, aunque la faena no haya llegado a culminarse con arte, gusto, ángel o la esencia necesaria. Incluso, sin gran técnica... Pero cuando un torero se sobrepone al riesgo, al peligro que es su verdadera materialización, se juega en las aviesas embestidas del animal su frágil anatomía, y es capaz de burlar, una y otra vez, las fieras acometidas de la res, surge la emoción, porque está presente ese riesgo.

Cuando, por ejemplo, Luis Francisco Esplá, en la feria de Otoño madrileña de 1999, se enfrentó a aquel toro de Victorino, de 605 kilos de peso, con taimadas arrancadas, que se había llevado por delante a el Califa de una cornada, y fue capaz de dominarlo, de poderlo, jugándose la femoral en docena y media de arrancadas que levantaban al público de sus asientos; cuando aquél añorado Manili puso en pie al público en la feria de San Isidro, en meritorísima faena a un Miura; cuando Dámaso González pudo, lidió y doblegó a aquel pavoroso torazo de La Laguna hace tres décadas, en el mismo platillo del coso venteño; cuando hemos visto, hace unos pocos días, faenas como las de Octavio Chacón, Urdiales, Robleño, Ortega, Pepe Moral y otros; cuando tantas otras faenas se han construido sobre la misma base de la aceptación del riesgo, tengan o no la perfección del arte, se escribe con letras de autenticidad la más gloriosa de las páginas del arte de la tauromaquia. Porque se escribe sobre el riesgo: innato, tremendo y consustancial a la fiesta. La fiesta de la vida, porque sin ella no hay muerte. Porque el hombre se sobrepone a la misma muerte y a la naturaleza indómita y opresora. La fiesta de los toros.

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