22 de agosto de 2019
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EDICIÓN VERANO

Las voces principales estuvieron lejos de entusiasmar al público

Escenografía nada fascinante, reparto gris y una dirección musical mediocre en el estreno de Turandot en el Teatro Real

Irene Theorin , Turandot en la última producción del Teatro Real
Irene Theorin , Turandot en la última producción del Teatro Real
En medio de un clima de homenaje y recuerdo a Montserrat Caballé, el Turandot del Teatro Real no convenció al público desde su dirección, un reparto en el que se echó de menos a Nina Stemme y el absurdo escénico creado por su director Robert Wilson

Madrid, Teatro Real, 30-XI-2018. Puccini: Turandot. Irene Theorin (Turandot), Gregory Kunde (Calaf), Yolanda Auyanet (Liù), Raúl Giménez (Emperador Altoum), Andrea Mastroni (Timur), Joan Martín Royo (Ping), Vicenç Esteve (Pang), Juan Antonio Sanabria (Pong), Gerardo Bullón (Un mandarín). Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Pequeños Cantores de la JORCAM. Dirección de escena: Robert Wilson. Dirección musical: Nicola Luisotti.

 

Se estrenaba esta nueva producción del Real (en coproducción con la Canadian Opera Company, el Teatro Nacional de Lituania y la Houston Grand Opera) de Turandot en clima de homenaje a la gran Montserrat Caballé, homenaje que no solo constaba en el programa de mano, sino que fue expresado en sentidas palabras del director artístico del coliseo madrileño, Joan Matabosch, y del responsable de la producción, el norteamericano Bob Wilson, que pareció especialmente emocionado en su breve parlamento. Cálida, muy cálida y larga ovación del público a la gran soprano catalana, magnífica protagonista en su día de esta ópera en su encarnación de Liù y, posteriormente, de la princesa de hielo. Turandot, la última ópera de Puccini, quizá su partitura más atípica, en muchos momentos descarnada y en buena medida dejando atrás el verismo de La Bohéme o Tosca, quedó, como es bien sabida, inconclusa, justo tras la muerte de la esclava, y de hecho Toscanini interrumpió la música en su estreno justo en ese momento, para señalar que en ese punto el compositor falleció y no pudo concluir su tarea. Lo hizo, y varias veces (Toscanini no parecía conforme con ningún final) su discípulo Franco Alfano, a partir de bocetos del propio Puccini, siendo uno de esos finales el que se ejecuta con más asiduidad, bien que para disconformidad de muchos.

Lo cierto es que, como ocurre en casi todas las obras incompletas en las que existen bocetos del final (la Décima de Mahler, o más recientemente la Novena de Bruckner, pero también, en lo operístico, en la Lulú de Berg, completada por Cerha tras la negativa de Schönberg a afrontar la tarea), no hay acuerdo sobre si era mejor dejarlo como estaba o si los “finales” elaborados póstumamente son o no convincentes.

Irene Theorin muy lejos de Nina Stemme

Es cierto que, en Turandot, la trama llega a un punto con el suicidio de Liù en el que deshacer el nudo gordiano del príncipe enamorado y la hierática e inclemente princesa admite, o podría admitir, varias resoluciones. La “positiva” que contemplamos, en el bastante repentino “deshielo” de la princesa y su rendición al amor de Calaf resulta, es verdad, poco creíble en lo teatral, y quizá brilla más en lo musical que en lo dramático. Sea como fuera, la partitura es soberbia y de una magnética intensidad dramática. Quien esto firma, tras la cancelación de la gran Nina Stemme, no las tenía todas consigo en cuanto a lo que ocurriría con el rol protagonista. Desgraciadamente, creo que no me equivoqué. La sueca Theorin está muy lejos de su compatriota (y eso por no hablar de la Nilsson o de la homenajeada Caballé), porque, aunque tiene volumen, cuerpo y agudos, la emisión se fuerza en exceso desde el mezzo-forte en adelante, y el vibrato se ensancha en tal medida que la entonación resulta irremediablemente afectada.

La obra se planteó con tanta frialdad que, de hecho que se llega a un absurdo escénico

Dramáticamente fue convincente en el segundo acto, pero en cambio, vocalmente, ganó en el tercero, donde consiguió sus mejores momentos en el canto piano antes de la escena final. Kunde está de moda, y su Calaf, que no tiene gran volumen, resultó globalmente correcto, pero lejos de lo dramáticamente apabullante, y su famoso Nessun dorma quedó un tanto corto de intensidad. Pese a ello, él fue probablemente lo mejor de la noche. Audanet fue de menos a más, y pese a algunos momentos de duda al principio (¿nervios del estreno?) su tercer acto fue excelente, en lo vocal y en lo dramático. Correctos pero un tanto grises Giménez (nada imponente su encarnación del Emperador) y Mastroni. Estupendo el trío Ping, Pang y Pong, especialmente Royo, que encabezó un retrato adecuadamente histriónico de estos tres bufones cuyo texto y música piden exactamente lo que obtuvieron: un atinadísimo dibujo sarcástico, asimismo bien manejado en lo escénico. El firmante no termina de entender la fascinación que ejerce el maestro Luisotti en los círculos críticos de la capital. Personalmente, encontré su dirección, una vez más, inclinada a lo tosco, al trazo grueso, con escasa presencia de la cuerda y algún notorio desajuste foso-escena (principio del segundo acto).

Fría y absurda escena

Y finalmente, el gran protagonista (para los responsables del Real, claro): el norteamericano Wilson. Lo mejor que puedo decir de su puesta en escena es que, al menos, los chinos eran chinos, iban vestidos de chinos y no pretendían, dicho sea, con todos los respetos, ser de Tomelloso. No se rían, porque tal como están las cosas, uno ya se espera que los chinos puedan salir vestidos de faralaes o cualquier cosa de este estilo. Pero gracias a Dios no fue el caso. La estética de Wilson, por lo demás, es muy de nuestros tiempos. Práctica ausencia de decorados (eso que muchos críticos de hoy aplauden con calor porque huye de la grandilocuencia… aunque la China milenaria que retrata la ópera era, lo siento, más que grandilocuente), con apenas unos paneles deslizantes en la parte trasera de la escena y mucho juego de luces.

La escena, quizá por la extrema y cruel frialdad de la protagonista, se movió constantemente en parámetros de un hieratismo estático que, si conviene con acierto al carácter gélido de Turandot, lo hace menos, en mi opinión, para otros de los personajes. La cosa se planteó con tanta frialdad que, de hecho, se llega a lo que creo un absurdo escénico (aunque seguro que mentes críticas superiores a la mía identifican simbologías sesudas y fascinantes): el suicidio de Liù nos lo imaginamos, porque no se materializa en lo escénico. La esclava no hace movimiento alguno de clavarse nada, y ni siquiera cae desvanecida, sino que permanece de pie e incluso luego se da un garbeo con Timur por el escenario, cabe suponer que como espectro. Menos mal que al trío antes mencionado de bufones sí se les permitió moverse con gracia, casi incluso en exceso.

Recordando a Caballé y a Stemme

En resumen, escenografía nada fascinante, servida por un reparto que puede catalogarse de gris, con una dirección musical mediocre. La acogida del público fue como el carácter de la princesa y acorde con la temperatura exterior. El secreto: las voces principales estuvieron lejos de arrastrar al público. Me fui recordando a Caballé y a Stemme, y pensando que, una vez más, nos han dado unas dosis de gris frialdad a precio de oro. Dos perlas “post-ópera”. Primero, la última del Marqués: hacer una colecta (sí, han leído bien, claro que él lo llama micromecenazgo), para comprar un clavecín artesanal “en exclusiva” para el Real, porque ahora cuando viene el repertorio barroco y clásico han de alquilar uno. Si quieren engordar su ego, donen y su nombre aparecerá como contribuyente a la iniciativa. Por cierto, señores del Real: los clavecines, en la actualidad, son en su práctica totalidad, artesanales, es decir, construidos en talleres específicos y por encargo. Así que no vendan lo de “artesanal” porque a quienes sabemos de qué va el asunto nos da la risa. Segundo: ayer se inauguraba Madrid central. Carmena dice que hay que mejorar el aire. Al salir del Teatro, la plaza de Oriente estaba sembrada de coches oficiales (o no), con los motores encendidos, para recoger a famosos, prebostes y fuerzas vivas. Supongo que esos motores, según Carmena, no contaminan. Fin de la cita.

Rafael Ortega Basagoiti

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