30 de mayo de 2020
|
Buscar
FIN DE SEMANA

Oreja de mérito para Octavio Chacón

¡¡Por fin!!: Urdiales torea y abre una señora Puerta Grande

Tuvo que ser en la última de feria cuando, por fin, se viese torear. Torear, repito, que no dar pases, ni acompañar las embestidas, ni cederle terreno al toro para que vaya más cómodo por las afueras. Torear, que consiste en lidiar a una res, con ética, y si es posible estética, exponiendo, pero mandando y obligando al toro, citando, templando, cargando y vaciando, para ligar el muletazo con el siguiente si es posible.

Y ha sido un torero de La Rioja, de la taurinísima Arnedo; un torero tantas veces considerado modesto por el pestífero taurinismo rampante, tantas veces incómodo, tantas veces injustamente olvidado y postergado, un torero que tantas veces, también, en estos últimos años, ha dado lecciones de ética, de colocación, de verdad, de clasicismo, sin que los profesionales o las empresas lo hayan valorado como debían.

Natural de Urdiales / Foto de Andrew Moore

Diego Urdiales, con las tres orejas de esta corrida, y al margen de las apreciaciones que deban y deben hacerse, ha tenido la tarde más redonda, más rotunda, más profunda e interesante no sólo de toda la Feria de Otoño madrileña, si me apuran de toda la temporada de Las Ventas. No me olvido de otros, como su compañero Chacón, como Juan Ortega, como el mismo guadianero Talavante en San Isidro, o del meritorísimo apéndice de Robleño a ese gran toro de Valdellán, ni de otros varios más. No, lo realizado esta tarde, apenas hace unas horas, por ese menudo pero gran diestro riojano, quedará sin duda para el recuerdo de los aficionados y la desesperación de quienes pudiendo haber acudido al coso, no llenaron hoy sus gradas.

Capotazo de Urdiales / Foto de Andrew Moore

Tarde entretenida de principio a fin, sea por la hombría y maestría de los matadores, sea por el comportamiento de los toros que, para bien o para mal, también pusieron su parte en el espectáculo de esta postrera corrida otoñal. Lástima que el único baldón de la tarde haya que achacárselo a un diestro madrileño, David Mora, cuyo compromiso, precisamente ese que derrocharon Urdiales y Chacón, brilló por su ausencia. Tarde aciaga, penosa, para el fino y elegante torero que nunca estuvo en su sitio y desaprovechó, si me apuran, los dos mejores toros del encierro.

Urdiales, un torero comprometido

Urdiales, que venía a confirmar su gran tarde bilbaína, se mostró como es: un torero comprometido, dispuesto, de corte clásico, donde las suertes fundamentales no ceden terreno a la especulación, los pretendidos sustos o los adornos vacíos. Apenas un par de molinetes, ligados con pases de pecho, o unos trincherazos, para aligerar la profunda y férrea verdad del natural, el derechazo y el obligado pectoral, o los doblones indispensables. Podrá discutirse si el mérito atesorado por el matador de toros (no descabellador, como hizo Mora con el último), era para tan importante recompensa. Miren ustedes, olvídense del número de orejas, ¡suprímase la casquería de las corridas de toros! Quédense con las emociones, con los recuerdos, con las evocaciones de toreo añejo, eterno, imperecedero, con la estocada como suerte fundamental y suprema (practicada con sus matices, sin duda, pero también rotundas), con la colocación y la asunción de ese riesgo imprescindible que da valor y marca la ética de la tauromaquia.

Monumental al cuarto de la tarde / Foto de Andrew Moore

Por la plaza de Las Ventas habrán pasado este año casi un centenar de matadores de toros. Si acaso, igual se supera ese número. Da igual. Ha habido orejas de distinto color, sabor, aroma o valor. En el recuerdo perdurarán algunas; otras muchas, por desgracia, otorgadas tan a la ligera como es habitual, ya han desaparecido no de nuestra memoria, sino de la de todos… Triunfos a veces truncados por la espada, que sigue siendo, y por algo, la suerte más difícil del toreo, la suprema, la que da y quita, también los hemos visto y contemplado a lo largo de esta temporada, aquí y allá, en Las Ventas y otros cosos, dejando diferente poso en la memoria. Esa memoria no forzada, ni obligada, ni mucho menos impuesta, sino libre y pretendidamente fiel. Pero pocas faenas, pocos triunfos, pocas tardes como la de Urdiales, oiga, porque una cosa es torear y otra muy distinta, y más fácil y frecuente, dar pases.

Lo clásico pervive

Lo clásico, que subrayamos tantas veces, es lo imperecedero, lo que construido acorde a los cánones atemporales, pervive en el tiempo, lo supera, lo anula, para vivir en nuestro recuerdo, en nuestra memoria. Los cánones, esos sí, pueden variar, pero fijados ya en el siglo XX en esto del toreo, pasan por colocarse en la rectitud del toro, citar con la muleta por delante, embarcar al toro antes de que llegue a jurisdicción, parar, templar y mandar, cargar la suerte, rematar el lance y ligar en la medida de lo posible. Ahí, en este último canon, ha tropezado Urdiales muchas tardes para el juicio de los públicos, que no para el aficionado. Pero hoy, en ese cuarto toro de la tarde, ha ligado con verdad, no desde la oreja, o el costillar del toro, y con el paso atrás, o escondiendo la pierna, sino con firmeza de planta y cargazón de la suerte con el cuerpo y con la pierna de entrada. Amén.

Derechazo de Urdiales / Foto de Andrew Moore

Su primera faena, ante Retama, un toro negro listón de 518 kilos, manso pero con soberbio pitón derecho (mucho mejor que el zurdo), pecó acaso de algunas intermitencias. Bien con el capote, lo paró con verónicas y lo llevó al caballo galleando por chicuelinas ajustadas. El toro, tras pasar sin pena ni gloria por los del castoreño, y los de plata, llegó repitiendo a la muleta, y a pesar de que el viento –presente toda la tarde- complicó la labor de Urdiales, éste aguantó las coladas y las descubiertas, colocado y trazando buenos muletazos de tanto en cuanto. Terminó pasándolo de uno en uno, y culminó su labor con una muy buena estocada por arriba, escuchado el segundo aviso por no querer usar del descabello. Oreja.

Un gran cuarto toro

Lo grande, lo superlativo y verdaderamente hermoso, llegó con el cuarto vespertino, un toro llamado Hurón, negro listón también, de 589 kilos y feo tipo abisontado, manso en varas pero boyante en la muleta (y exageradamente ovacionado en el arrastre). Esta vez no hubo lucimiento con el percal –un debe que apuntarle-, pero supo darse cuenta de lo que tenía entre manos, y tras dos primeros tercios de poco interés, brindó el arnedano al público. Comenzó doblándose hasta el tercio, y, erguido, comenzó a torearle de verdad, sin alharacas, ni efectismos, sin gestos al público buscando el aplauso facilón, ni aspavientos al rematar las series. Simplemente toreando, con naturalidad, elegancia, clasicismo, colocación, temple, mando y maestría. Toreando, ¡vaya! Hubo un derechazo en los comienzos larguísimo, eterno, en redondo, dos tandas al natural soberbias, con la mano de verdad, con la de los millones de antaño, que no hogaño, y otra casi al final con la diestra de enorme valor, con el toro ya viniendo a menos.

La espada entró, entera, quizá algo desprendida y levemente tendida, pero haciendo la suerte como mandan las tauromaquias más clásicas. Y cayeron, con el fervor popular general, la primera y segunda orejas. No entremos en recuentos de méritos y deméritos, olvídense de los apéndices auriculares, ¡prohíbanlos!, quédense con el recuerdo, con la emoción, con la verdad de un matador de toros, toreando para sí, para nosotros, y para siempre.

Un notable Octavio Chacón

Tarde también notable la de Octavio Chacón, perseguido una vez más por la mala suerte. Tarde de valor, de entrega, de pundonor, y también de verdad, ante dos toros complicados, uno imposible y otro de aviesa condición. Tarde de ética, lección de moral taurina, para tantos pegapases encumbrados incapaces de hacer frente al toro que no embiste con dulzura, suavidad y sosa mansedumbre. El segundo de la tarde llevaba por nombre Soplón, con 528 kilos en la báscula y pelo castaño, tocado de astas, manso, complicado y peligroso. Salió el toro a la defensiva, frenándose ante los engaños, incierto, sin pasar, saliendo distraído de los ocasionales encuentros, yendo al bulto sólo a tiro hecho… Manso sin paliativos y con malas intenciones, un verdadero “regalito”.

Natural de Chacón / Foto Andrew Moore

Sin embargo Chacón salió dispuesto a todo, y lo tanteó genuflexo con maestría y con gusto, rematando la serie con dos trincheras. El toro lo vio descubierto cuando se retiraba, fue por él y le rompió la taleguilla. Lejos de arredrarse el diestro de Prado del Rey le plantó cara con firmeza, y a pesar de que le buscaba al rematar cada lance, el torero porfió con verdad, en su sitio, con una y otra mano… hasta que el toro se lo echó a los lomos otra vez, a Dios gracias encunándolo sin mayores consecuencias. ¡Qué serenidad y qué valor! Un estocadón de ejecución, aunque el acero cayese algo desprendido, culminó su muy meritoria labor y le conseguiría ese esperanzador trofeo. Si la primera oreja de Urdiales hubo quien la discutió, la de Chacón fue unánimemente valorada. Nada pudo hacer, pese a su inmejorable disposición, con el imposible quinto, un toro de mote Informador, 574 kilos y capa negra, largo y guapo, pero mansísimo, muy rajado y huyendo siempre.

Cogida de Chacón / Foto de Andrew Moore

El toro comenzó mirando y midiendo, siguió con malas ideas, prendiendo al diestro por el chaleco en un susto importante tras un encontronazo con el caballo, al que derribó; manseo después lo suyo, y sólo teniendo el don de la ubicuidad se le hubiese podido sacar tres muletazos seguidos, porque a la salida de cada lance emprendía una corta carrera huyendo de lo que fuera. No se conformó Octavio con ello, y le persiguió y lo intentó en terrenos del tres, del cuatro, del cinco y del seis, pero ni dejándole la muleta puesta en la cara consiguió retener apenas un instante a aquella ave de paso. ¡Vaya pájaro! Un pinchazo por arriba y una casi entera caída dieron al fin con el toro en el sitio. Ovación con saludos para el diestro, que a mi juicio bien lo merecía.

La cruz de la corrida fue David Mora

La cruz de la corrida fue la actuación de un David Mora enfrentado a estos dos ejemplos de autenticidad y ética taurina. Mal sin paliativos, porque además se le fueron los dos toros más boyantes y embestidores de la tarde. El primero, titular, llamado Laminado, de 536 kilos, no hizo nada en varas, pero galopaba en la muleta. Buen par de Ángel Otero en el segundo tercio. Despegadísimo inició el trasteo Mora, desde fuera y para allá, ligando a veces con el paso atrás de esconder la pierna y ceder terreno al enemigo. Sólo tuvo a bien medio colocarse en el inicio de alguna serie cuando era recriminado por el respetable.

David Mora fue la decepción de la tarde / Foto de Andrew Moore

Lo mejor de su triste actuación, fueron unos naturales desmayados cuando ya estaba todo el pescado vendido. Un pinchazo por la paletilla y un bajonazo y bronca atenuada a pitos tras el arrastre. El sexto, devuelto el titular tras banderillas por lesionarse la pata izquierda –todo perfectamente antirreglamentario- pertenecía al hierro de El Tajo, y se llamaba Floristero. Otro bicho castaño, manso en el caballo, pero boyante y con gas en el último tercio, para la vuelta a las andadas del torero madrileño. La tarde iba ya de lo frío a lo gélido y la gente ya no hizo caso del diestro, todo el mundo pensaba ya en unas cálidas sopas de ajo a la vuelta al hogar y en la próxima salida de Urdiales a hombros. Así que Mora no insistió mucho. Un pinchazo con pérdida del trapo y un certero descabello, sin cobrar estocada de tal nombre. Fenomenal. Lo que no hay que hacer cuando, en una sola tarde, has visto tales lecciones de toreo y torería, de ética, de valor y pundonor.

Tenemos invierno por delante para comentar, rememorar y valorar lo de Urdiales, y también lo de Chacón, de esta tarde. Toreo del grande, sin duda, en el que habrá mucho que matizar, sin duda.

  

 FICHA DE LA ÚLTIMA DE LA FERIA DE OTOÑO

Madrid, 7 de octubre de 2018. Sexto y último festejo de la feria de Otoño. Dos tercios de entrada (17.364  espectadores según la empresa). 5 toros de Fuente Ymbro, desiguales de hechuras y de comportamiento, mansos en los caballos, pero embestidores primero, tercero y cuarto; malos y complicados segundo y quinto. 1 toro de El Tajo, anovillado, manso en varas pero embestidor. Diego Urdiales, oreja (dos avisos) y dos orejas. Octavio Chacón, oreja y saludos. David Mora, pitos y silencio.

 

Rafael Cabrera

Con fotos de Andrew Moore

COMPARTIR: