19 de septiembre de 2020
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FIN DE SEMANA

También ha habido faenas muy meritorias de Octavio Chacón, Emilio de Justo, Pepe Moral y Alejandro Talavante

Balance de la Temporada Taurina 2018 en España: el gran éxito de Diego Urdiales con su ética del toreo

Urdiales saliendo a hombros en La Ventas
Urdiales saliendo a hombros en La Ventas / Efe
Hace unos días se fallaba el premio taurino de Telemadrid al mejor torero de la temporada taurina madrileña, recayendo en Diego Urdiales por su faena en la pasada y recién finalizada feria de otoño. El candidato fue prácticamente aclamado de forma unánime, aunque con un único voto discrepante que recayó en la figura de Alejandro Talavante

Otros nombres salieron a colación, como el de Emilio de Justo, el de Octavio Chacón, el de Fernando Robleño o Juan Ortega, Pablo Aguado, Pepe Moral y alguno de los premiados por partida doble en la feria de san Isidro de este año. Cada uno con sus méritos y sus matices, pero al fin el premiado –y a mi parecer con toda justicia- fue el arnedano Urdiales.

La suya, es mucho más que probable, fue la faena de la temporada en Madrid, y de las que uno ha visto por otras plazas, también. Y eso que me gustó, y mucho, una faena de dos orejas de Ureña en Valencia, por ejemplo, o la del propio riojano en Bilbao, por poner dos ejemplos sobresalientes.

Fueron faenas muy meritorias las de Robleño a ese encastadísimo cuarto toro de Valdellán en el desafío ganadero del mes de septiembre entre las vacadas de Saltillo y esta leonesa de Valdellán; una faena en la que si bien hubo algún problema al principio, a base de tesón, de esfuerzo, de porfía, conseguiría hacerse el madrileño con las bravas embestidas del toro, someterlo, dominarlo, llevárselo en redondo y torear quizá como el mejor de sus días en el coso de Las Ventas. Muy importante fue también la de Juan Ortega, también en verano, el día de la Virgen de agosto, ante una interesante corrida de Montalvo, faena de mérito y de clase que –porque así está el mundo- no tuvo la obligada recompensa –hace años habitual- de volver a verse en los carteles de la feria de Otoño siguiente. ¡Qué lástima!

Otra faena, quizá más desapercibida para el gran público fue la de Pepe Moral ante el toro más completo –o al menos uno de ellos- de la feria de san Isidro “Chaparrito” de la ganadería de Adolfo Martín. El sevillano no sólo no anduvo por debajo de las cualidades de la res, que en estas ocasiones suele llevarse al público madrileño de calle olvidando la labor del espada, sino que le sacó algunas series de verdadera importancia. Si lo llega a matar a la primera…

El éxito de Talavante

Y cómo no, Talavante en su doble trofeo ante un buen toro de Núñez del Cuvillo en día en el que entraba sustituyendo a Ureña. Gesto del pacense, además, porque se dijo que donaría sus honorarios profesionales a una asociación benéfica. Imponente inicio de faena, buen toreo a derechas y un fenomenal cambio de mano que se nos hizo larguísimo.

El diestro Alejandro Talavante pasea su doble trofeo / Efe

Hubo más trofeos, incluso puertas grandes, de las que apenas guardo recuerdo, si acaso algún lance aislado. Y sin embargo, recuerdo a Cayetano, a Bolívar en una magnífica actuación finalizando la feria isidril, a Fortes frente a “Mucamo” de Victorino Martín a comienzos de temporada, la de Ureña frente a “Cuba II” (otro toro destacado, aunque fuese del Puerto), incluso parte de la faena del Juli –mea culpa- ante ese toro de Victoriano del Río y alguna más.

Pero olvídense de los trofeos, muchas veces veleidosos, excesivamente generosos, o hábilmente orquestados por la cla de los toreros –por cierto, qué mal quedan esos gritos de ¡bieeeeen! de los peones desde el burladero-. El toreo no precisa de esa casqueril recompensa. Un trozo de oreja ensangrentado no reconoce la excelsitud del arte, la magnificencia de la técnica, los gestos de hombría y de valor, la calidad e inteligencia de una lidia adecuada, o, en palabras de José Bergamín, “la música callada del toreo”, que resuena en nuestro interior y lo inunda de sentimientos. Todavía recordamos, los que ya peinamos canas, o las vamos perdiendo, multitud de faenas que, por una u otra razón, no fueron premiadas con oreja, ni falta que hizo. Recuerdo a Esplá dando tres vueltas al ruedo, sin haber cortado ni un trofeo, y ejemplos más próximos los hemos tenido este mismo año en Las Ventas. ¿Y qué?

Diego Urdiales

La oreja era el resguardo que se le entregaba al lidiador del siglo XVIII –quizá antes, pero no queda constancia entonces- por el precio del toro cuando sus emolumentos no llegaban, ni con mucho a lo que corresponderían entonces los honorarios de los toreros de hogaño. Y nada más. Aquello se perdió, y de aquel gesto, casi en metálico, se pasó al honorífico sin recompensa económica alguna, y de éste a la vulgaridad más absoluta. Yo no necesito que me digan cuántas orejas cortó Urdiales en la feria de Otoño.

Natural de Urdiales / Foto de Andrew Moore

Porque Urdiales, y tantos de los citados, toreó aquel día. Le hizo al toro lo que éste necesitaba, y lo hizo con la ética de la verdad, de la asunción del riesgo, de la exposición. Lo hizo conforme a los cánones clásicos, atemporales, los que se han ido forjando a base de siglos de evolución técnica y artística, a base también –y no siempre deseada- de la evolución del comportamiento del toro de lidia. Y se fuera o no consciente de ello, el público lo vio, lo interiorizó, lo asumió y rugió con ello, sin necesidad de peones dicharacheros ni cla organizada. ¿Para qué?

Ese canon escrito y descrito en las grandes tauromaquias contemporáneas, pero que incluso sus desconocedores saben descubrir cuando aparece este arte efímero en el albero. Quizá sea necesario ir abriendo los ojos a alguno, para que sepa interpretar el verdadero mérito de lo que se realiza conforme a ese canon y –sobre todo- en función del comportamiento del toro. No todo vale, ni es lícito o ético delante de la cara del toro, y mucho menos desde su oreja o situado en su costillar al iniciar el pase. Esa manida, traqueteada y archisobada frase de que el torero merece respeto porque se juega la vida, es mucho más que matizable. Un respeto, sí, pero no exento de crítica, negativa a veces, por alejarse de la ortodoxia de la ética del toreo. La fotografía taurina que se publica hoy en día sólo se fija en el momento bello, en el lance ceñido, en el recorrido central del pase (nunca en su inicio, ni final), en el fatal suceso de la cogida. Un análisis más detenido de los centenares de fotos que se tiran a la basura de la papelera informática (en la actualidad) nos descubriría faenas por completo diferentes. Hay pocas faenas que resistan ese examen, desde luego. Pero es importante, sin embargo, para realizar esa imprescindible labor didáctica.

Lo de Urdiales, lo de tantos otros de los citados más arriba en faenas realizadas este año en el coso de Las Ventas del Espíritu Santo, sin embargo, calan hondo en nuestro recuerdo por su innegable verdad, por la entrega absoluta a un arte efímero pero eterno. Verdad y ética que justifican el espectáculo y que en su ausencia lo denigran, no lo olvidemos.

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