09 de agosto de 2022
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FIN DE SEMANA

Ramón Serrano Súñer, entonces Ministro de Asuntos Exteriores y cuñado del dictador fue la persona que le acompañó en su encuentro con los alemanes

Aniversario de la entrevista de Hendaya entre Franco y Hitler: Así se decidió si España entraba en la II Guerra Mundial

Encuentro entre Hitler y Franco.
Encuentro entre Hitler y Franco.
Se cumplen 81 años desde que se celebró la famosa 'Entrevista de Hendaya' entre Francisco Franco y Adolf Hitler. Se dilucidaba si España entraba en la guerra, como pretendía el alemán, o se mantenía neutral. En principio era una entrevista decisiva, luego, como se demostrará, no lo fue tanto y hubo que negociar más, pero siempre al filo de la intervención.

Se cumplen 81 años que se celebró la famosa 'Entrevista de Hendaya', entre Francisco Franco y Adolf Hitler. Sobre aquel encuentro se han escritos ríos de tinta y hay disparidad de criterios entre los historiadores y los políticos.

Yo tuve la suerte de conocer directamente la versión de don Ramón Serrano Súñer, entonces Ministro de Asuntos Exteriores y el hombre que acompañó a Franco y se sentó a su lado, y el que tuvo que negociar, no solo con el Führer sino también con el Ministro de Asuntos Exteriores Joachim von Ribbentrop. Aunque antes creo conveniente situar a los lectores de hoy en la situación que vivía España y Europa en aquel momento y en aquel día de octubre de 1940.

La Guerra, la que pasó a la Historia como Segunda Guerra Mundial, apenas sí se había iniciado y la situación no podía ser más favorable para los ejércitos del tercer Reich, puesto que Alemania dominaba ya Polonia, Dinamarca, Suecia, los Países Bajos (Bélgica, Holanda), Francia, los Balcanes y Grecia, luchaba con ventaja en el norte de África y por París desfilaban triunfantes, bajo el Arco del Triunfo, los soldados de la Wehrmacht. Pero Alemania necesitaba apoderarse de Gibraltar para cortarle a Inglaterra el camino del Mediterráneo y Suez, que le unía a su Imperio de Oriente.

Por su parte, España acababa de salir de la terrible Guerra Civil y la situación no podía ser más nefasta: hambre, miseria, carreteras y vías férreas destruidas, pueblos y ciudades semiderruidas, y un millón de muertos o desaparecidos, sin armas, sin productos naturales y un pueblo hundido.

Encuentro entre Hitler y Franco.

Y así viajaron hasta Hendaya Franco, Serrano Súñer y los intérpretes, el barón de Dos Torres y el profesor Antonio Tovar. Y en Hendaya le esperaba Hitler, su Ministro de Exteriores y tras ellos las 186 divisiones anunciadas por Hitler, 4.000 aviones (los que ya estaban casi acabando con Gran Bretaña), 3.000 carros de combate y la artillería más moderna del mundo.

Pero a la hora de hablar de la entrevista no hay más remedio que poner sobre la mesa las dos obras que escribió Serrano Súñer dando su versión de los hechos: Entre Hendaya y Gibraltar y Memorias, entre el silencio y la propaganda.

Pero vayamos a la Entrevista de Hendaya. A don Ramón Serrano se le acusó de haber sido el máximo defensor de que España entrara en la Guerra Mundial al lado de la Alemania Nazi. Lo que no se ajusta a la verdad, porque la Historia ha demostrado que fue todo lo contrario, que fue don Ramón quien evitó, enfrentándose al mismísimo Hitler, la incorporación a los frentes de batalla.

Y eso no lo dijo ningún español, eso lo dijo el general Jodl, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Alemania y asesor militar especial del Führer. En su Diario dejó escrito: “La resistencia del ministro español de Asuntos Exteriores, señor Serrano Súñer, ha desbaratado y anulado el plan de Alemania para hacer entrar a España en la guerra a su lado y apoderarnos de Gibraltar”.

Esas palabras fueron publicadas en todos los periódicos del mundo y figuran en los documentos de Nuremberg. Aquí hubo especial interés en que no se conocieran. Como tampoco los franquistas más franquistas quisieron que se publicaran las palabras que el mismo general pronunció en un discurso dirigido a los “gauleiters” reunidos en Múnich el 7 de septiembre de 1943. En aquella ocasión Jold atacó duramente a Serrano Súñer (que ya no estaba en el Gobierno) y le hizo responsable de la frustración del plan alemán para entrar en España y conquistar Gibraltar. “Ese jesuítico ministro de España -dijo- fue el que nos engañó”. ¡Jesuita! Cosa que el historiador inglés Crozier ratificó con estas palabras: “Ciertamente  los anfitriones nazis de Serrano Súñer debieron encontrar en él un huésped irritante, pues enfrentado con todo el poder y la grandeza del III Reich de Hitler y con las bravatas de Ribbentrop supo permanecer educado pero evasivo y firme”. 

Pero para mejor información de todo lo que sucedió antes, en y después de la entrevista de Hendaya, me complace reproducir la esplendida y documentada conferencia que el profesor de la Universidad CEU San Pablo, don Luis Eugenio Togores Sánchez, pronunció con motivo de las “I Jornadas Serrano Súñer” patrocinadas por la “Fundación Serrano Súñer” y dirigida por el periodista Julio Merino, que se celebraron en el salón de actos de la Universidad San Pablo CEU de Madrid.

Por su extensión dividimos el texto en dos partes, hoy publicamos la primera parte.

Entre Hendaya y Gibraltar, relaciones con Hitler y Mussolini

Serrano fue el del Régimen en la década de los 40. Fue primero ministro de Interior en el Primer Gobierno de Franco y Jefe Nacional de Prensa y Propaganda de FET de las JONS, para luego desempeñar la cartera de Orden Público de forma conjunta bajo el título de Gobernación. Sustituyó a Beigbeder, el 18 de octubre de 1940 en Asuntos Exteriores, en un gobierno en que estaban, entre otros, Yagüe en el ministerio del Aire y Muñoz Grandes al frente de la Secretaria General de FET de la JONS.

En el Tercer Gobierno de Franco (20 de mayo de 1941) continuó en la cartera de Asuntos Exteriores, hasta la formación del Cuarto Gobierno (3 de septiembre de 1942), momento en que se hizo cargo nuevamente de Asuntos Exteriores el Conde de Jordana. En este momento terminó su carrera política.

Serrano Súñer.

Ocupó la cartera de Exteriores durante 23 intensos meses. A pesar de su, relativamente, breve paso por el Palacio de Santa Cruz su actuación fue decisiva y ha hecho que este tiempo sea muy estudiado por los historiadores y que, seguramente, Serrano Súñer sea el ministro de Asuntos Exteriores de la España del siglo XX sobre el que más tinta se ha vertido.

En cualquier caso, a pesar del interés que despierta la Segunda Guerra Mundial y el III Reich entre historiadores y lectores de historia, la actuación de Serrano Súñer durante la II Guerra Mundial sigue estando velada por numerosas sombras.

Nadie en la historia reciente de España ha tenido tanto interés, ha dedicado tanto tiempo, en cuidar su imagen en la Historia de España como don Ramón, con la salvedad quizás de José María de Areilza. Este interés que, sin lugar a dudas, demuestra la inteligencia privilegiada que tuvo a lo largo de su siglo de vida ha dificultado a los historiadores poder acercarse a la verdad de su papel en la Historia de España durante la Guerra Civil y la II Guerra Mundial. De aquí que sea muy difícil separar en su vida el mito de la realidad.

Serrano fue, hasta el mismo día de su muerte, el historiador de su propia vida, el hacedor de mito y el único dueño de la verdad, de verdad. Aquí reside el interés y la fascinación que siempre ejerció entre todos los que le conocieron, entre todos lo que estudiamos su papel en la Historia. 

 Germanófilo 

En España, entre 1939 y 1943, era muy fácil, casi obligatorio, sentir admiración por la Alemania nazi y la Italia de Mussolini. Aunque, por motivos muy distintos, ambas naciones eran el foco de atención de la mayor parte de los españoles.

La deuda de gratitud de la España nacional con estas potencias fascistas era innegable. Esta realidad se unía el hecho incuestionable de ser ambas el más puro ejemplo de modernidad, éxito en la gestión política, poder y muestras fehacientes de unas economías en crecimiento imparable dentro de la Europa de su tiempo.

Hitler había apoyado de forma decidida, con hombres y armamento modernísimo, a los nacionales durante la guerra. El Ejército de Tierra alemán era desde 1870, e incluso después de la derrota de la I Guerra Mundial, la mejor máquina militar del mundo, una realidad que no dejaba de ser importante tanto para el cuerpo de oficiales profesionales del Ejército español como para numerosos sectores de la población española, muy militarizada como consecuencia de tres años de guerra civil.

Encuentro entre Hitler y Franco.

En el plano ideológico, el milagro alemán despertaba admiración y se veía como un modelo a seguir por muchos españoles y no sólo entre los falangistas: Hitler había llegado al poder en 1933 y había convertido a una nación derrotada, depauperada por la Gran Depresión de 1929, azotada por la revueltas comunistas y aplastada por las potencias vencedoras en la Gran Guerra, en una nación viva y poderosa, llamada a liderar un orden nuevo internacional y a servir de ejemplo a toda Europa.

Además la Alemania nazi coincidía en sus enemistades, aunque por motivos muy distintos, con la España nacional. Ambas estaban enfrentadas con Gran Bretaña, Francia y la URSS.

Para España, lo único que podían tener de admirable Gran Bretaña y Francia era su sistema político democrático, pero no olvidemos que en el periodo de entreguerras la democracia se veía como un sistema caduco e imperfecto, siendo los sistemas de gobierno autoritario, cuando no abiertamente fascistas, la forma moderna de gobernarse las naciones.

En España había un número grande de germanófilos y, entre estos, un sector importante de pronazis. No todos coincidían en el motivo que les llevaba a admirar al III Reich, pero sí en su confianza ciega en el futuro imparable que parecía tener la Alemania hitleriana.

Serrano era germanófilo y admirador del III Reich, una enfermedad que se le fue pasando a medida que trato con los altos dignatarios de ministerio de Exteriores berlinés.

La Italia fascista era una potencia de mucho menor peso en Europa a comienzos de la II Guerra Mundial que la Alemania nazi. Sus éxitos no eran comparables con los obtenidos por Hitler entre 1933 y 1939, pero durante la Guerra Civil española su intervención había sido fundamental, aunque con zonas de sombra como la derrota de Guadalajara. El fascismo tenía una mayor sintonía con los españoles por su forma de ver el mundo. Un fascismo de corte mediterráneo del talante de Mussolini encajaba mejor con los españoles que el organizado y frío nacional socialismo hitleriano.

Serrano Súñer en la Europa de los dictadores

En los años cruciales en los que Serrano Súñer trató directamente con Hitler y Mussolini los problemas más acuciantes de España, del Régimen de Franco, eran tres; dos de índole interior y uno de política exterior.

En materia de política interior el principal problema de Franco era conservar el poder frente a las conspiraciones que, constantemente, surgían entre los vencedores y que, en la mayoría de los casos, afectaban de forma directa a su permanencia en el poder.

El segundo gran problema interior de Franco era cómo lograr reavivar la economía española de la inmediata posguerra y alejar el fantasma del hambre de las calles españolas. Ambos problemas tenían indudables conexiones con la política exterior de España.

Encuentro entre Hitler y Franco.

El otro gran problema de España, de política exterior, era la decisión que debía tomar el propio Franco sobre entrar o no en la guerra a favor del Eje, para luego centrarse en lograr mantener a España fuera de la guerra.

La neutralidad era una opción complicada para España. Hitler presionaba con fuerza al Gobierno Español recordándole lo mucho que le debía; sin la Legión Cóndor y el material de guerra alemán seguramente los nacionales habrían perdido la guerra. Alemania necesitaba la entrada de España en guerra, fundamentalmente por la necesidad de quitar el control del Estrecho, de Gibraltar, a Gran Bretaña, lo que anularía una de las grades rutas marítimas de comunicación del Imperio Británico, convirtiendo el Mediterráneo verdaderamente en un mare nostrum del Eje.

La posibilidad de recuperar Gibraltar y extender el dominio español por Marruecos y el norte de África, incluso soñar con la anexión de Portugal, hacía que militares como Yagüe, Asensio, Varela, Kindelán y Muñoz Grandes o Vigón viesen como una oportunidad única la entrada en la guerra. El sueño de una nueva España imperial llamaba, con sus cantos de sirena, a mucho españoles por el camino de la guerra.

El principal obstáculo para la entrada de España en la guerra era el propio Franco, junto a un grupo muy reducido de generales y políticos. España se había adherido el 7 de abril de 1939 al Pacto Antikomintern, el 8 había abandonado la Sociedad de Naciones – al igual que Alemania, Italia y Japón- y el 2 de julio el diario Arriba había publicado un artículo de José María de Areilza reclamando la devolución de Gibraltar. Pero ni las veladas promesas alemanas, ni la entrevista de Franco con Mussolini en Bordighera, ni las amenazas de Hitler de invadir España, habían de servir para que Franco arrastrase a España a la guerra. Un cosa era hacer gesto a favor del Eje, mostrar simpatía, y otra muy distinta declarar la guerra a los Aliados.

En todas estas cuestiones Serrano Súñer tuvo un papel destacado por su cargo de ministros de Asuntos Exteriores y la proximidad que en aquellos momentos tenía con el Generalísimo.

Hitler es, sin lugar a dudas, la figura principal e indiscutible de la cuestión. Pero, con la cantidad de información que cada día vamos teniendo, se puede afirmar que figuras como Ribbentrop, Canaris, el embajador Von Store, junto a otros miembros del régimen nazi de segunda fila como Gardeman, tuvieron un papel tan destacado como el propio Hitler en los sucesos que nos ocupan.

Por parte española, sin lugar dudas, el protagonismo lo tuvo siempre Franco, aunque apoyado en dos de sus ministros de Exteriores, Serrano Súñer y Jordana.

Serrano Súñer sólo mantuvo con Hitler cinco entrevistas. Reuniones fundamentales, pero las que, sin lugar a dudas, a Serrano no le permitieron llegar a conocer a Hitler en profundidad. Sobre el Führer y el Duce nos ha dejado, en su libro Entre Hendaya y Gibraltar, publicado en 1947, el siguiente testimonio: “Creo que en Hitler había mucho de ese sentimentalismo de pequeño burgués que forma extraño contraste con su dureza y su seguridad mesiánicas de iluminado, de héroe entregado a un destino irremediable”.

“Si había en su figura y en sus movimientos algo de vulgar, algo era en él singular el contraste lo comprobé luego cada vez más claramente- sobre todo su mirada poderosa. Una veces como emanación fanática, otras como luz burlona, casi diabólica. Esto y su indiscutible fuerza mental, su maestría dialéctica y su impresión de seguridad eran, evidentemente, revelaciones de una personalidad relevante, distinta de las otras… ejercía sobre los suyos una especie de magnetismo que sólo los hombres excepcionales llegan a poseer”.

Serrano trató a Musssolini con más proximidad humana. “En Mussolini había mucho paternal y era ante todo el padre de su patria. Amaba profundamente a Italia, aunque siempre situándose encima, como un protector. Porque la amaba así podía llegar a despreciarla alguna vez y muchas a recriminarla amargamente.

Franco. 

Hitler parecía sentirse fundido al mismo destino de Alemania, a su mismo ser. Pertenecía más a su pueblo, pero lo tutelaba menos paternalmente. Era el enviado de su propio pueblo más que su hacedor.

Preámbulo gibraltareño 

Sobre sí mismo nos dice Serrano Súñer en su libro:  “Con mi traslado del Ministerio de Gobernación al de Asuntos Exteriores abandonaba yo posición política firme…me alejaba de un grupo de colaboradores seguros, inteligentes y fieles, para entrar en un mundo convencional e inseguro”

Ante la peticiones y demandas alemanas para que España entrase en guerra, cuestión fundamental de su ministerio, reflexiona Serrano que “no había a mi juicio más que una: practicar una inequívoca política de amistad… La sensación de una política amistosa no la podíamos dar más que practicando noble y cordialmente una verdadera amistad… Nuestra amistad era garantía de tranquilidad desde los Pirineos al Estrecho… lo difícil en los años de la dominación alemana era evitar la guerra y lo fácil participar en ella. Y la verdad es que se consiguió lo difícil”.

“España con sus relaciones amistosas con el Eje durante la guerra, con sus escasos medios, y sin romper sus relaciones con los aliados, poco, poquísimo, podía dañar los intereses de estos”.

Según Serrano, el momento en que España debió entrar en guerra, por su sólo interés, fue durante la retirada aliada en Dunkerque, teniendo que haber invadido el Marruecos francés, impidiendo la resistencia colonial francesa y luego el desembarco norteamericano, lo que habría ayudado eficazmente a Rommel a tomar el Canal de Suéz.

Antes de la llegada de Serrano a Exteriores, de su visita a Hitler en septiembre de 1940, lo ojos de Alemania ya estaban fijos en Gibraltar y Franco había maniobrado para evitar esta complicación.

El 6 de julio de 1940 Canaris propuso al general Franz Halder un ataque sobre Gibraltar. Poco después Manuel Aznar publicaba tres artículos titulados "Gibraltar, honor y deber de los españoles". Nueve de cada diez españoles estaban decididos a marchar sobre Gibraltar en este momento. Este fue el mejor momento que tuvo Hitler para hacer entrar a España en la guerra.

El 14 junio 1940 los españoles habían tomado Tánger y el 16 el general Juan Vigón, jefe del Estado Mayor Central, viajaba al castillo de Acoz en Bélgica, con una carta de Franco fechada el 3 de junio, tres días después de Dunkerque. Era recibido por Hitler después de la caída de París y antes de las negociaciones alemanas con Francia.

El 19 de junio de 1940 España parecía estar dispuesta a entrar en guerra a cambio de Orán y Marruecos, más una cantidad importantísima de armamento y alimentos, previa una preparación de la opinión publica española.

Un tiempo antes el oscuro Canaris había señalado a Franco la diferencia de la suerte corrida por Suecia y Noruega. Noruega había sido tomada en horas por decir NO, mientras que Suecia a cambio de unas concesiones mínimas se había librado de la invasión alemana.

El 27 Franco destituyó, según algunos autores, a Yagüe por avituallar aviones alemanes en territorio español, lo que le impidió autorizar el avituallamiento de submarinos alemanes en las costas gallegas. En esos mismo días firma Franco un acuerdo tripartido con Lisboa y Londres y cesa al general López Pinto por autorizar un desfile alemán por las calles de San Sebastián. Franco hace de forma impenetrable su juego.

Primera entrevista Serrano - Hitler 

Desde mayo de 1940 las injerencias del ministro de Gobernación Serrano en temas de política exterior eran cada vez más que evidentes.

Serrano fue llamado a Berlín pensando que se iba a tratar el tema de garantías y compensaciones territoriales a cambio de la entrada de España en la guerra, y se encontrón con “un poder nazi engolfado por sus triunfos y que lejos de estar dispuesto a vender barato el Marruecos francés, reclamaba para sí una base en las Islas Canarias”.

El 13 de septiembre de 1940 emprendía Serrano Súñer viaje a Berlín, cuando todavía no era ministro de Asuntos Exteriores. Recuerda Serrano: “A fin de no encontrarme desamparado frente al aparato oficial alemán, fui acompañado de un séquito numeroso, verdaderamente excesivo, prácticamente ocioso, ya que, fuera de algunos técnicos, los demás tuvieron una misión meramente decorativa. Salvo dos o tres, todos eran jerarquías falangistas que se mostraron en aquella ocasión absolutamente identificados con mi designio político”

Serrano salió para Berlín siendo un admirador de Alemania y del III Reich, al tiempo que un servidor leal de la España de Franco.

La primera impresión de Serrano al entrevistarse con Ribbentrop, ministro de Exteriores del Reich, fue que éste era poco simpático, no era distinguido ni elegante, que carecía de cualidades humanas y de verdadera inteligencia. Era hermético, duro y frío, por lo que resultaba difícil establecer comunicación con él. Serrano ya intuía la falta de comunicación que iba a existir siempre entre ambos. Por el contrario que Serrano Hitler pensaba que Ribbentrop era la cabeza mejor organizada de su gobierno. Serrano señala que nunca se lo pareció.

En esta entrevista de Serrano con Ribbentrop la pregunta clave fue cuándo iba España a entrar en la guerra. Recuerda Serrano: “No nos podíamos hacer ilusiones, pero teníamos que parapetarnos en el punto de vista de nuestras reivindicaciones intransigentemente. Esta sería también- cuando fue informado de todo aquello- la opinión y la actitud de Franco”. Las peticiones de armamento, alimentos, combustible, materias primas y una enorme expansión territorial a costa de Francia en el Norte de África, fue el escudo invisible de la diplomacia española para evitar entrar en la guerra.

En la recepción que siguió a la primera conferencia de Ribbentrop con Serrano, durante la fiesta, este le dijo a Serrano “que quería hablarme del disgusto que causa al Führer la actitud un tanto equívoca de nuestra política exterior”. Afirmando con prepotencia Ribbentrop que esto podía llevar a Führer a ocupar la Península como medida de seguridad, dada la fundamental posición geográfica y estratégica de España. Al igual que Hitler el ministro de Exteriores alemán manifestó la preocupación que despertaba un Portugal amigo de Inglaterra.

Estas escasamente veladas amenazas de Ribbentrop no gustaron nada a Serrano. Evidentemente, el ministro alemán no sabía nada del carácter de los españoles.

 Así, cuando Serrano se dirigió a la primera entrevista con Hitler, el ministro español era consciente de ser representante de un país, pequeño, orgulloso, dolorido y gastado, y que era minusvalorado por sus alemanes.

En la primera entrevista del ministro español con Hitler ya señala Serrano la incapacidad del traductor alemán para trasladar al Führer lo que decían los españoles; al parecer traducía verdaderos disparates. Esta primera entrevista versó sobre alta estrategia, de forma genérica, casi una charla de café. Serrano habló de la cuestión religiosa y del ferviente catolicismo de los españoles, lo que no les supeditaba a los dictados de Roma salvo en cuestiones de fe y de moral. También se refirió a la actitud áspera del nazismo en relación con la Iglesia católica, lo que le ganó el titulo de jesuítico a los ojos de Hitler. Serrano, templando los ánimos, le recordó a Hitler la amistad española durante la I Guerra Mundial, lo que sabía le era muy grato al Führer.

Hitler no habló de la entrada de España en la guerra, pero sí de su vinculación ineludible a la nueva Europa, al tiempo que Serrano ponía de manifiesto la precaria situación de España para entrar en guerra; “Hablamos si de que España tendría que ocupar el lugar que le correspondía pero con la más absoluta indeterminación en cuanto al tiempo, propósitos y proyectos. Una cosa era para mi evidente y es que Hitler no se le podía dar una negativa categórica porque ella le hubiera determinado a violar la neutralidad española”. Para cerrar la conversación se acordó una entrevista entre Franco y Hitler en la frontera de Hendaya.

Dos años después, sobre esta entrevista dijo el Führer refiriéndose a Serrano: “Ya en mi primera entrevista con él experimente un sentimiento de repulsión, y eso que nuestro embajador, con total ignorancia de los hechos, me lo presentó como el más ardiente germanófilo de España”

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