17 de septiembre de 2019
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FIN DE SEMANA

La tauromaquia manifiesta esta dualidad que para el resto de la sociedad es dramática y excepcional

Vida y muerte: cómo bailan y compiten cada tarde en las plazas las figuras del torero con el toro de lidia

Vida y muerte se alternan en la plaza.
Vida y muerte se alternan en la plaza.
Eros y Thanatos, las dos categorías de pulsiones que Sigmund Freud diferenció en su obra Más allá del principio de placer (1920), cuya lucha en una plaza de toros marca la razón de la existencia de la tauromaquia. “La muerte está al servicio de los toreros para darles inmortalidad y gloria… como a los dioses de Roma “. Francisco Rabal (Juncal)

En una entrevista realizada recientemente para esta sección “Cosas de Toros”, la psicóloga Carmen Sáez de Retana nos afirmaba que “En los toros no hay espectáculo si no hay muerte y estamos en una sociedad que abjura de la muerte, del peligro, de los problemas… y en el toreo es palpable que hay una muerte y tienes que enfrentarte a ella”.  Y ciertamente así es. En pocas actividades esta dualidad se manifiesta con tanta crudeza como en la tauromaquia, puesto que en ella siempre, salvo contadas excepciones, se acaba con la muerte de alguno de los actores y, en algunos casos de los dos. Todo ello a costa del rechazo de buena parte de nuestra sociedad instalada en el animalismo “buenista”, como también decía Carmen.

Toro y torero, vida y muerte en la arena. 

Esta dualidad, que en la mayoría de los mortales produce sensaciones cuando menos inquietantes, en los que hemos denominado actores del toreo, forma parte activa de su día a día en la plaza. Para el torero la muerte es algo, como nos decía El Fundi en otra entrevista de nuestra sección, que va a aparejada a ellos desde sus inicios como matador. Cada vez que un torero  sale a la plaza nunca sabe si volverá vivo y esto forma parte de la psicología del propio  torero, algo que de alguna manera conforma su cerebro y le prepara para afrontarla de una manera absolutamente diferente al resto de la humanidad.

Dualidad vital

En el caso del otro actor, el toro de lidia, si bien de manera diferente al anterior, también lleva marcada a fuego en su vida esta lucha entre la vida y la muerte. Si todos los seres vivos nacen para morir, en este caso su  nacimiento lleva unido como fin concreto, su muerte en una plaza de toros en la cual él, por supuesto peleará por su vida frente al matador. Utilizando el lenguaje de uso diario, diríamos que la vida del toro  tiene “fecha de caducidad” concreta y casi conocida de antemano. Por ello y, salvo circunstancias excepcionales, él suele ser  siempre el “perdedor” de la fiesta, ya que prácticamente en la totalidad de las corridas la suerte final es precisamente su muerte

Aunque esto no siempre es así, a veces toro y torero confluyen y  eros triunfa sobre thanatos, en forma del indulto del toro, práctica no habitual y criticada por algunos sectores más “puristas” del toreo, que significa la vida para la bestia de manos del que debía de ser su matador.

El toro muere casi siempre, aunque a veces es indultado. 

Uno de los indultos más recordados fue  el del toro Cobradiezmos, de la ganadería de Victorino Martín, con Manuel Escribano como matador. Sobre este hecho inusual,  el propio  Escribano llegó a afirmar que  “fue un indulto unánime. Hubo unanimidad absoluta. Se veía la cara de la gente llorando, es lo más grande que puedes vivir como torero, y como ganadero aún más”. Es, como decíamos, el triunfo de la vida sobre la muerte, el reconocimiento a una bestia que  después de la lidia ha merecido vivir, como un gladiador de la antigua Roma en la arena y, precisamente quien más orgulloso de ello se siente es  el que debía de ser su “matador”. He ahí la grandeza del toro y del torero y, como consecuencia, de la tauromaquia.

Cierto es que no siempre es así, a veces el indulto no se concede, como pasó en la Plaza de León en junio del pasado año, cuando el joven diestro peruano Roca Rey,  ante la expectación de todos solicitó el indulto para el toro, arrojando con ímpetu su estoque de muerte contra la arena. Para el matador, el animal se había entregado con tal afán al encuentro, que no merecía ya la muerte sino la vida. Pero en este caso, la autoridad suprema bajó el pulgar y decidió muerte en lugar de vida.

Ante esto, hay quien puede pensar que el torero es una especie de suicida y que, de alguna manera, busca la muerte en la arena. Nada más lejos de la realidad, en su cabeza lo que prima, precisamente, es salir vivo del lance y para ello pone todos los medios a su alcance. Cierto es que la lidia ha ido evolucionando en su manera de entenderla, como veremos.

Juan Belmonte.

Juan Belmonte  (1892, Sevilla-1962, Utrera), conocido como el fundador del toreo moderno, y que por  muchos aficionados de la época era  considerado como un auténtico suicida, idea ésta que por otra parte él nunca compartió (aunque fue la causa de su muerte  y no  por el toro, ya que se suicidó de un tiro),  puede representar la idea del torero que “busca” la muerte en su manera de torear, hasta tal punto que se decía que los aficionados de la época no comían pipas por no perderse nada de la lidia ya que en cualquier momento podía ser cogido. Ilustra   esta manera de entender la lidia y al torero   la conversación que mantienen Valle Inclán y Belmonte en la que el primero le dice al segundo:

- Ahora, Juan, ya sólo te queda morir en la plaza.
- Se hará lo que se pueda, don Ramón, se hará lo que se pueda.

Desde entonces, la lidia ha ido evolucionando hacia un toreo más “artístico”,  buscando más la faena de muleta que otra cosa y, de hecho, el resto de las suertes, lo que hacen es preparar al toro para ella. Esto no quiere decir que haya desaparecido “el miedo”, que siempre esta ahí “aparcado”, como me decía El Fundi, sino que se tiende a otro tipo de faena dirigida quizás a , espectador diferente y en el que, a juicio de muchos aficionados, el riesgo se minimiza, en la manera de lo posible, y eso redunda en un falta de emoción….

Quizá huyendo de esta cercanía del peligro, con carácter general las grandes figuras de alguna manera “evitan” las corridas denominadas duras, buscando otras que permitan precisamente este toreo “artístico” que antes hemos mencionado y que permite un mayor lucimiento con menor riesgo para la integridad física del torero.

Si en cualquier momento de la temporada taurina, esta dualidad está siempre presente, lo cierto es que en ciertos momentos y debido a diferentes circunstancias, llega a adquirir especial relevancia, como ha sido este año el caso San Isidro en Las Ventas, en el que han tenido especial repercusión mediática las cogidas a toreros, alguna de ellas auténticamente espectaculares y que han llegado a poner  en riesgo la vida del matador. Este ha sido el caso de las cogidas de los diestros Manuel Escribano,  Alberto López Simón, Sebastián Ritter o la de Román.

Ambos luchan por sobrevivir.

Estos acontecimientos nos hacen volver a la realidad y calibrar en su justa medida la fiesta de los toros y que nunca debamos olvidarnos de que cada tarde de toros, eros y thanatos se enfrentan con un resultado incierto hasta el final de la lidia.

Este pulso entre la vida y la muerte también ha sido foco del interés de los animalistas pero desde un punto de vista muy diferente al que la lógica podría hacernos pensar.

Trágicas pérdidas

Cuando en junio de 2017 se produjo el último fallecimiento de un torero por asta de toro en la figura de Iván Fandiño, junto a la multitud de mensajes de condolencia por la muerte del matador, comenzaron a circular por la redes sociales una serie de mensajes de índole absolutamente contraria, frases como  “Hoy, Iván Fandiño, otro puto torturador menos” o “Iván Fandiño muerto, abono para mi huerto”.

Otro tanto había ocurrido anteriormente con  el fallecimiento del torero Víctor Barrio, corneado en el pecho y que alegró sobremanera  a animalistas y antitaurinos, que llenaron las redes sociales de comentarios y que alcanzaron el más alto grado de crueldad cuando su viuda recibió mensajes en los que le comunicaban su alegría por el suceso, así como dedicándole apelativos que la vergüenza me impide repetir.

Pero lo que más ilustra este pensamiento, es que puede ser la muestra de la línea que sigue parte de nuestra sociedad. Y esto no es una afirmación graciosa,  es el hecho reflejado en un estudio entre estudiantes de piscología en el cual aparece reflejado que el 60 % de ellos prefiere la muerte del torero a la del toro. Esto no requiere ni comentario salvo el de que nos estamos encontrando con una sociedad enferma que ha humanizado tanto al animal que lo pone incluso por encima de la propia vida humana. Como decía un buen amigo y aficionado taurino, esto es un moda y pasará... y yo apostillo, esperemos que así sea, no por el bien del toreo sino de la propia humanidad.

A veces, el torero es el que más pierde. 

En cualquier caso, dentro del propio mundo taurino ya hay corrientes que abogan por suprimir la muerte en las corridas de toros, al menos la previsible que es la del toro… como es el caso de las corridas a la portuguesa que no acaban con la muerte del animal. Ante estas iniciativas, no nos cabe otra cosa que citar al Tribunal Constitucional que ha considerado que, sin muerte, las corridas de toros están desvirtuadas hasta el punto de perder su carácter de patrimonio cultural, blindaje que otorgó el Partido Popular a esta práctica en 2013.

Como resumen de lo anterior y como venimos reiterando, en una plaza de toros lidian cada tarde eros y thanatos, la vida  contra la muerte pero, sin duda, la lucha más enconada es la que realiza eros, la vida porque, en última instancia, ambos toro y torero, luchan por salir vivos de allí.

¡Esa es la esencia del toreo!

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