04 de junio de 2020
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FIN DE SEMANA

El monarca, conocido como “El Breve", “El Relámpago" o “El Efímero", pasó a la historia por su brevísimo mandato, su infantilismo y sus viruelas

Los Borbones en España: Luis I, hijo de Felipe V, posee el reinado más breve de nuestra historia

El reinado de Luis I fue el más breve que hubo en España, pues solo duró apenas siete meses
El reinado de Luis I fue el más breve que hubo en España, pues solo duró apenas siete meses
En este artículo, el periodista y miembro de la Academia de la Historia de Córdoba, Julio Merino, cuenta los secretos de cómo Luis I pasó a ostentar el reinado más breve de la historia de España después de la abdicación de su padre Felipe V. Luis I falleció prematuramente en 1724 después de arrastrar durante años la viruela, una enfermedad que se convirtió en una pandemia durante el Siglo XVIII. El monarca no pudo ni sabía como contraer hijos y murió sin descendencia.

He de confesar que los Borbones españoles han estado muy presentes en la literatura, pues no en vano tuve que leer muchas de sus biografías y documentarme a fondo.

Creo, a día de hoy, que no hay manera de entender todavía cómo fue posible que la Monarquía de las Españas y el Imperio se mantuviera a flote, incluso con muletas, con seres enfermos, o incompetentes, o corruptos, o felones como jefes del Estado, por lo que en este sgundo artículo se verán más hechos y un nuevo encuentro con ellos.

Luis I, “El Breve", “El Relámpago" o “El Efímero"

Este monarca pasó a la historia por su brevísimo reinado, su infantilismo y sus viruelas. Complicado empezar su resumida biografía, porque lo primero que surgió fueron las Cartas que le escribe a su padre, el Rey Felipe V, cuando con 15 años acaba de contraer matrimonio con la joven Luisa Isabel de Orleans (que sólo tiene 12 años) y se enfrenta a su noche de bodas. Un breve resumen: "Papá -le escribe el mismo día de su boda, el 22 de enero de 1722- me gustaría saber cómo se hacen los bebés", a lo que el padre le responde, también por escrito: "Hijo, eso pregúntaselo a tu esposa, ella debe saberlo".

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Luis I no sabía "hacer bebés"

"Pues, Padre, ayer por la noche le dije a la Princesa lo que V.M. me dijo y ella me respondió que tampoco sabía lo que había que hacer puesto que no le habían informado. Me puse sobre ella un rato, pero como no salía nada lo dejamos. Quiero que Usted me responda primero cómo tenemos que hacer los dos y también cuánto tiempo tengo que permanecer sobre la Princesa". Finalmente, el hecho es que dos años más tarde murió el joven Rey y la Princesa, ya Reina, no se había quedado embarazada

A continuación, un repaso a las biografías del Príncipe Luis y la de la Princesa Luisa Isabel, Reyes de España entre el 15 de enero y el 31 de agosto de 1724, o sea, 7 meses y 16 días, y lo que pasó en ese tiempo efímero.

Luis nació el 21 de agosto de 1707 en el Palacio del Buen Retiro de Madrid, en ese momento su padre tiene 24 años y su madre, María Luisa de Saboya, 19. Desde ese mismo día quedó al cuidado de las Damas de la Reina, dado que el Rey estaba en la Guerra y ella como Reina Regente del Reino tenía que atender los asuntos de Estado, con la ayuda, eso sí, de la Princesa de los Ursinos, la asesora que había puesto a su lado Luis XIV, el Rey "Sol", que era el verdadero "dueño" de las Españas. O sea, que su infancia y su educación no fueron las más idóneas para su formación, a pesar de haber sido nombrado Príncipe de Asturias a los dos años.

Mientras, Marie-Anne de la Tremouille, princesa de los Ursinos había sido asignada en su representación por el poderoso Rey de Francia como camarera mayor e instructora de la Reina para controlar mejor la marcha de la corona española. Lo que, según sus biógrafos, le dio tanto poder que los Nobles españoles llegaron a llamarla "La Reina francesa".

Así que Luis no vio a su alrededor más que mujeres y líos palaciegos, porque su padre siempre estuvo de guerra y su madre tuvo que actuar hasta tres veces de Regenta y además murió cuando el heredero sólo tenía 7 años (1714). Lo que vino a agravar su situación, ya que la nueva mujer de su padre, la ambiciosa Isabel de Farnesio, desde el primer momento los miró (sí, porque a esas alturas ya había nacido también su hermano Fernando, el que más tarde sería Rey) con desinterés y poco afecto. Y así vivió hasta que cumplió los 15 años y su padre (o quizás la malicia de la Farnesio, que ya sólo pensaba en hacer reyes a sus propios hijos) la casó en 1722 con la Princesa Luisa Isabel, la hija del Regente de Francia, una "niña mal criada" que muy pronto escandalizaría a toda la Corte y al propio Luis, como cuentan sus biógrafos:

“En 1721, con apenas doce años, contrajo matrimonio por poderes con el Príncipe de Asturias, el futuro rey Luis I de España que contaba con quince años de edad. A pesar de la fría acogida de la familia real española, especialmente por parte de Isabel de Farnesio, la madrastra de su futuro marido, se casó con Luis el 20 de enero de 1722 en Lerma. Desde su llegada a la Corte de los Borbones españoles, Luisa Isabel fue protagonista de numerosos incidentes, como pasearse sin ropa, eructar, ventosear en público, corretear por los pasillos y trepar a los árboles, síntomas del Trastorno límite de la personalidad (TLP) y de la bulimia que padecía”, se desarrolla en el texto.

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Luisa Isabel de Orleans

“Se presentaba ante toda la corte sucia y maloliente, negándose a utilizar ropa interior e intentaba provocar al personal exponiendo sus partes íntimas de un modo sibilino. También se dice que se negaba a tocar la comida en la mesa, pero luego se escondía y engullía de modo compulsivo todo lo que encontraba a mano, fuera o no comestible. Su comportamiento parecía empeorar con el tiempo, ya que de la noche a la mañana se la ve limpiando con pañuelos cristales, baldosas, azulejos y tejidos de toda índole en el palacio. Los súbditos allí presentes ven atónitos cómo la soberana se desnuda, agarra su vestido y se afana en limpiar con él los cristales del salón”, se explica.

Pero, la cosa fue a peor cuando en 1724, de la noche a la mañana, Luis hereda la Corona y es proclamado Rey, con 17 años, y Luisa Isabel se encuentra Reina de España, porque entonces sus extravagancias se tornan en locuras y hasta tiene que ser encerrada por orden del propio marido. "Padre, no veo otro remedio que encerrarla lo más pronto posible, pues su desarreglo va en aumento”, pide Luis.

La carta del padre

Ahora, aunque se aparte al lector un poco de la "locura" que fueron aquellos 7 meses de Reinado, es de merecer la pena leer la carta de Abdicación del padre (Felipe V) y la Aceptación del hijo (Luis I):

"Habiéndose servido la Majestad Divina por su infinita misericordia, hijo mío muy amado, de hacerme conocer de algunos años a esta parte la nada del mundo, y la vanidad de su grandeza, y darme al mismo tiempo un deseo ardiente de los bienes eternos, que deben sin comparación alguna ser preferidos a todos los de la tierra, los cuales no nos los dio S.M. sino para este único fin, me ha parecido que no podía corresponder mejor a los favores de un padre tan bueno, que me llama para que le sirva, y me ha dado toda mi vida tantas señales de una visible protección, con que me ha libertado así de las enfermedades con que ha sido servido de visitarme, como de las ocurrencias dificultosas  de mi reinado, en el cual me ha protegido, y conservado la corona contra tantas Potencias unidas, que me la pretendían arrancar, sino sacrificándome, poniéndole a sus pies esta misma corona, para pensar únicamente en servirle y llorar mis culpas pasadas, y hacerme menos indigno de comparecer en su presencia, cuando fuere servido de llamarme a su juicio, mucho más formidable para Reyes, que para los demás hombres”, explica la primera parte de la carta.

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Felipe V abdicó durante un breve tiempo

“He tomado esta resolución con tanto mayor ardimiento y alegría, por cuanto he visto que para dicha mía la Reina, (que Dios me dio por esposa) entraba al mismo tiempo en estos propios sentimientos, y estaba resuelta conmigo a poner debajo de los pies la nada de las grandezas y bienes perecederos de esta vida. Hemos, pues, resuelto los dos algunos años ha de un mismo acuerdo, con el favor de la santísima Virgen María nuestra señora, poner en ejecución este designio, y ya le pongo por obra tanto más gustoso, porque dejo la corona a su hijo, que quiero con la mayor ternura, digno de llevarla y cuyas prendas me dan esperanzas seguras de que cumplirá con las obligaciones de la dignidad, mucho más terrible de lo que puedo explicar”, prosigue el texto.

“Sabed, hijo mío muy amado, conocer bien todo el peso de esta dignidad, y pensad en cumplir todo aquello a que os obliga, antes que dejaros deslumbrar del resplandor lisonjero de que os cerca; pensad en que no habéis de ser Rey sino para hacer de lo que Dios sea servido, y que vuestros pueblos sean dichosos; que tenéis sobre vos un Señor que es vuestro Criador y Redentor, que os ha colmado de beneficios, a quien debéis cuanto tenéis, y aun os debéis a vos mismo: aplicad, pues, a mirar por su gloria, y emplead vuestra autoridad en todo lo que puede conducir para promoverla; amparad, y defended su Iglesia y su santa Religión con todas vuestras fuerzas, y aun a riesgo si fuese necesario de vuestra corona, y de vuestra misma vida, y nada perdonéis de cuanto pueda servir para dilatarla, aun en los países más distantes teniendo por una felicidad mayor sin comparación tenerlos debajo de vuestro dominio, para hacer que Dios sea en ellos servido, y conocido, que por la extensión que dan a vuestros estados, evitad en cuanto fuere posible las ofensas de Dios en todos vuestros reinos, y emplead todo vuestro poder en que sea servido, honrado y respetado en todo lo que estuviese sujeto a vuestro dominio; tened siempre grande devoción a la santísima Virgen y poned debajo de su protección también vuestros reinos, pues por ningún otro medio podéis conseguir mejor lo que para vos y para ellos necesitareis; sed siempre, como lo debéis ser, obediente a la santa Sede y al Papa, como a Vicario de Jesucristo; amparad, y mantened siempre el Tribunal de la Inquisición, que puede llamarse el baluarte de la fe, y al cual se debe su conservación en toda su pureza en los Estados de España, sin que las herejías, que han afligido los demás Estados de la cristiandad, y causado en ellos tan horrorosos y deplorables estragos, hayan podido jamás introducirse en ella, respetad siempre a la Reina, y miradla como a madre vuestra, tanto mientras Dios me diere vida, como después de mis días, y si fuere su voluntad sacarme primero de este mundo, correspondiendo, como debéis, a la amistad cariñosa que siempre os ha tenido; cuidad de su asistencia para que nada la falte, y que sea respetada, como debe serlo de todos vuestros vasallos. Tened amor a vuestros hermanos, mirándolos como su padre, pues os substituto en mi lugar, y dadles una educación tal, que sea digna de unos Príncipes cristianos”, continúa escribiendo el progenitor de Luis.

Isabel_Farnesio

En la imagen Isabel Farnesio

“Haced justicia igualmente a todos vuestros vasallos grandes y pequeños, sin excepción de personas. Defended a los pequeños de las violencias y extorsiones que se intentaren contra ellos; remediad las vejaciones de los Indios; aliviad vuestros pueblos cuanto pudiereis, y suplid en esto lo que los tiempos tan embarazados de mi reinado no me han permitido hacer, y quisiera haber ejecutado con toda mi voluntad para corresponder al zelo y afecto que siempre me han tenido, que conservaré siempre impreso en i corazón, y de que os habéis siempre de acordar; y en fin, tened siempre delante de vuestros ojos dos santos Reyes, que son la gloria de España y Francia, San Fernando y San Luis; y estos son los que os doy para vuestro ejemplo, y deben moveros tanto más, porque os ilustráis con su sangre, cuanto fueron grandes Reyes, y al mismo tiempo grandes santos; imitadlos en una y otra gloriosa prensa, pero sobre todo en la segunda que es la esencial; yo ruego a Dios de todo mi corazón, hijo mío muy amado, que os conceda esta gracia, y os colme de aquellos dones que necesitáis en vuestro gobierno, para tener el consuelo de oír decir en mi retiro que sois un gran Rey y un gran santo. ¡Qué regocijo será este para un padre que os quiere, y os querrá siempre tiernamente, y espera que le mantendréis siempre los sentimientos que en vos hasta aquí ha experimentado! Yo el Rey”. Concluye, el padre de Luis esta carta firmando en San Ildefonso, el 14 de enero de 1724.

El hijo contesta con otra carta

“La carta de V.M. padre, Rey, y señor mío muy amado, ha producido en lo más íntimo de mi corazón toda aquella terneza que corresponde a la magnánima deliberación de V.M. Desde luego reconozco que Dios inflama el ánimo de V.M. para despreciar tan heroicamente las grandezas humanas. ¿Pero quién soy yo, señor, para que pueda ocupar, viviendo V.M. su trono y corona? ¿Quién soy yo para resistir sobre mis débiles hombros una carga tan insoportable? Por más que el amor paternal procure ocultar a V.M. mis cortas fuerzas para una empresa tan alta, la razón y la justicia se lo harán ver clara y distintamente. Me confundo, y lleno de rubor en considerar que V.M. me contempla apto para tomar las riendas del gobierno de esta Monarquía, pero al mismo tiempo se completa toda mi satisfacción viendo a V.M. que siguiendo el precioso eco de una vocación perfecta, se quiere desprender tan voluntaria y generosamente de sus Estados, trono y corona. Ahora sí que me lisonjeo de tener un padre tan magnánimo, que pone bajo de sus pies los resplandores del cetro, para asegurar mejor las luces de la felicidad eterna”, escribe Luis.

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Luis I contrajo la viruela

“Esta sí que es heroicidad propia de un pecho tan grande y católico como el de V.M. Ojalá que hallase yo en mí aquellos dotes, aquellas virtudes que pudieran desempeñar lo que V.M. me llega a ofrecer. Pero señor, ¿qué haré yo puesto en el trono, faltándome la viva voz de V.M. para mi ilustración y enseñanza? Ocúpele V.M. todos los años que yo deseo, para que a su vista pueda yo tomar conocimiento práctico de los negocios, y ser útil a Dios, a su Iglesia y a los vasallos. Hasta entonces, ni en mi hay conocimiento para tanto cargo, ni mis resoluciones pudieran producir aquellos gloriosos hechos, que colocan los nombres de los Reyes en el templo de la inmortalidad, lo que podré conseguir si V.M. continúa en el gobierno de sus dominios, pues me servirán de la mayor instrucción sus Reales determinaciones y providencias”, prosigue la carta”, le escribía Luis a su padre.

“Estas consideraciones no deben atribuirse a otra cosa que, a un profundo conocimiento de mi insuficiencia, para observar lo que V.M. me manda. Pero si esto no obstante V.M. hallase que es conveniente para el fin de sus santos deseos, que yo abrace gustoso la pesada cruz que me ofrece, desde luego cargaré con ella, como Isaac con la leña, para sacrificar mi obediencia y mi vida en la observancia de los Reales preceptos de mi padre, y de mi Rey. Las piadosas y cristianas advertencias que V.M. me hace, quedan impresas en mi alma. Y para que el olvido no sea capaz de borrarlas de mi memoria, ofrezco a V.M. repasarlas todos los días, para practicarlas con el mayor cuidado y vigilancia. La Reina, mi señora y madre, será siempre para mi un objeto de veneración y terneza, y en logrando S.M. todas las felicidades que merece, habré yo completado las mías. Esto es cuánto debe representar a V.M. en vista de su Real determinación, este humilde hijo que B.L.R.M. de V.M. Luis, Príncipe de Asturias”, concluye con la carta el nuevo Rey Luis I.

Vida de Luis I como Rey

Sin embargo, la vida de Luis no fue la misma desde que asumió la Corona, ya que por unas u otras razones no hacía ni caso a sus deberes como Rey y lo dejó todo en manos de la "madrastra" Isabel de Farnesio mientras él se divertía con sus amigos por los tugurios del Madrid nocturno. Hasta que se contagió de la viruela, la enfermedad más contagiosa y peligrosa de todo aquel siglo XVIII, tan contagiosa que según los datos que se conservan sólo aquel año murieron en España más de 30.000 personas y 300 millones en todo el siglo y todo el mundo.

Ante aquella situación de peligro los Reyes Padres trasladaron a todos los demás miembros de la familia Real al Palacio de la Granja, donde ellos vivían desde la abdicación. A todos menos al Rey, que ya sabían que no tenía cura, y a la “loca” Luisa Isabel, que de forma sorprendente de pronto se volcó sobre su marido sin importarle acabar contagiada, como así  sucedió, aunque menos grave, y se olvidó de sus “locuras” escandalosas.

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Luisa Isabel se quedó a vivir con Luis I hasta su fallecimiento

La viruela fue una enfermedad devastadora en la Europa del siglo XVIII, que se extendía en forma de epidemia matando y desfigurando a millones de personas. Es probable que el siglo XVIII fuera una época especialmente terrible debido a la presencia de la viruela en Europa, ya que la tasa de población creció de manera desmesurada haciendo más fácil la propagación de la enfermedad.

Después de afectar durante milenios al Viejo Mundo, durante la Conquista de América fue contagiada por los recién llegados a los indígenas, que carecían totalmente de defensas ante esa enfermedad desconocida para ellos, causando un colapso demográfico en las poblaciones nativas. En 1520, apareció entre los aztecas durante el sitio de Tenochtitlán, provocando además la muerte del líder azteca Cuitláhuac. Entre los incas la viruela acabó con el monarca Huayna Capac, provocó la guerra civil previa a la aparición hispana y causó un desastre demográfico en el Tahuantinsuyo, que antes de la llegada de los españoles contaba con 14 millones de habitantes, mientras hacia el siglo XVIII contaba con apenas 1,5 millones. En España, provocó la muerte del rey Luis I durante una de las graves epidemias sucedidas en el siglo XVIII en Europa.

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Los reyes borbones han vivido en el Palacio de Oriente

Luis I murió sin descendencia el 31 de agosto de 1724, a los 17 años de edad, y dejando a España otra vez sin Rey y con el grave problema de la Sucesión, que a punto estuvo, otra vez, de llevar a los españoles a otra Guerra Civil. Sin embargo, el viacrucis de los Borbones españoles no había hecho más que empezar. Lo de Unamuno. Pobre España.

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