21 de abril de 2021
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FIN DE SEMANA

En junio de 1902 dos mujeres, la viuda Catalina Barragán y su hija Inés María Calderón, fueron asesinadas en su casa por el cacique local

El Crimen de Don Benito: El terrible suceso que no se atrevió a escribir por miedo Pío Baroja

El llamado Crimen de Don Benito pasó a la historia como una revuelta contra el caciquismo pero también con un asunto tétrico que se convirtió el objetivo de romances populares, coplas y obras de teatro, sobreviviendo en el imaginario colectivo gracias a la trasmisión oral del suceso. Un asunto que acabó con una petición popular de justicia desde las calles que llegó a condicionar a los poderes de la época.

En 1940, Pío Baroja contó en un artículo publicado en México, Carteles de feria, cómo había descubierto, a través de uno los llamados 'cantares de ciego', trovadores que iban de pueblo en pueblo contando historias acompañadas de cartelones que las ilustraban, el terrible 'Crimen de Don Benito'. 

Baroja, autor de El árbol de la ciencia, narró que la crudeza de la historia lo impactó tanto que quiso profundizar en el asunto. Sin embargo, el escritor vasco no fue capaz de escribir la obra de teatro que se propuso sobre este asunto. Contaba cómo incluso le temblaban las manos al intentar recrear un historia que, sin embargo, se relataba de feria en feria. 

No es extraña la forma en la que llegó a Baroja la historia de este crimen pues entonces era común la narración oral y el asunto resultó de tal envergadura que no sólo escandalizó a Extremadura y luego a toda España, sino que se convirtió en el primer suceso viral de nuestra Historia, pasando a formar parte de la cultura popular. 

De los citados cantares de ciegos, el terrible relato de lo sucedido se representó por compañías de teatro ambulante y hasta apareció un romance popular que, con negro humor, recordaba lo ocurrido en la localidad extremeña. 

El crimen de un cacique 

Don Benito tenía en 1902 más de 20.000 habitantes. Era una localidad importante, con partido judicial propio. Aunque estábamos iniciando el siglo XX, el sistema político-social de la zona había evolucionado poco. Se regía por el caciquismo. El cacique del pueblo era Carlos García de Paredes. Con decir 'el señorito' todo el mundo sabía a quién se referían. 

El crimen apareció en la prensa de la época. 

García de Paredes tenía fama bien ganada de calavera. Sus juergas eran de sobra conocidas. Además, había sembrado el terror entre las jóvenes de la zona, sabedoras de que 'el señorito' siempre quería que, además de la juerga, se corriera algo más. 

En la calle Padre Cortés, hoy de la Virgen, vivía una viuda llamada Catalina Barragán con su hija Inés María Calderón. Para sobrevivir realizaban todo tipo de trabajos textiles y además, tenían alquilada una habitación a un médico. La belleza de Inés María traía de cabeza a García de Paredes. 

La noche del 19 de junio de 1902 decidió hacerla suya. Acompañado de un criado, sobornó a un sereno. El poco sueldo y el temor al cacique del pueblo hicieron que el trabajador público se prestara a colaborar. Engañó a la viuda Catalina de una forma vulgar. El médico realquilado estaba atendiendo una urgencia en la cercana localidad de Villanueva y, según el sereno, necesitaba un determinado instrumental. Cuando Catalina bajó hasta el portón de la entrada se vio sorprendida por 'el señorito' y su criado. La inmovilizaron y subieron hasta el piso superior en busca de Inés María. 

El crimen fue terrible. A la joven le cortaron la cabeza y recibió 23 puñaladas. Ha transcendido con el paso del tiempo que fue tal su resistencia que no llegaron a violarla. Otras versiones aseguran que tanto la madre como la hija fueron forzadas sexualmente. 

Los procesados. 

Pronto la noticia del crimen recorrió la comarca y el primero en ser detenido fue el médico, además de un pretendiente de la joven, así como el sereno. Sin embargo, los días dieron lugar a importantes novedades. El testimonio de un joven que volvía de una noche de farra fue vital. Aseguró ver cómo 'el señorito' compraba la voluntad del sereno y éste se prestaba a ello. Además, también apareció un labrador que aseguró haberlos visto salir de madrugada de la casa del crimen. 

Justicia popular

Lo que pasó en los siguientes días fue digno de una nueva versión de Fuenteovejuna. Todo el pueblo había acompañado en comitiva, hasta el cementerio, los féretros de las dos mujeres. El mismo pueblo reaccionó enfurecido cuando supo de la posible culpabilidad del 'señorito'. 

Encerrados los presuntos culpables en la cárcel del pueblo a espera de juicio, los habitantes del lugar se turnaban día y noche vigilando la puerta de la cárcel. No se fiaban de que los poderes fácticos los liberaran. Normal. Eran demasiado siglos de abusos por parte del poder establecido como para tenerle algún tipo de fe. 

Se negó también la muchedumbre a que el juicio se celebrara en la Audiencia de Badajoz. Querían que fuera en el pueblo. La desconfianza era tal que, incluso, se trasladó a la localidad Oyarzábal, el Gobernador Civil de la provincia, que fue recibido de malos modos por los habitantes. 

Cuando el asunto saltó a la prensa, el Gobierno de la nación comenzó a temer que el asunto se fuera de las manos. El pueblo no estaba dispuesto a soportar sentencias tibias. Habían aguantado mucho de García de Paredes. En anteriores ocasiones se había librado de ser condenado por una paliza casi mortal y por haber violado a una joven disminuida.

 

El 11 de diciembre de 1903 se dictó sentencia: Carlos García de Paredes y su criado fueron condenados a muerte y el sereno a cadena perpetua. Durante un año y medio la familia García de Paredes intentó mover hilos para lograr el indulto. No lo consiguieron. Desde el poder había miedo a que el pueblo se revelara. Un poco de justicia les tranquilizaría y, por otra parte, tampoco hacía que los cimientos del sistema se removieran.  En 1905 se llevaron a cabo las ejecuciones. La documentación de la época habla de cómo el garrote vil estaba anticuado, por lo que la muerte fue más lenta y dolorosa de lo esperado. Había en esto algo de justicia poética. Los poderes fácticos de la provincia no habían renovado estos materiales ya que jamás pensaron que uno de ellos tendría que pasar por aquí. 

Para evitar que el pueblo sospechase que le estaban dando gato por liebre, los cuerpos de los ajusticiados fueron exhibidos en la plaza principal para que se pudiera comprobar que estaban muertos de verdad. Un gesto macabro con el que el pueblo se quedó tranquilo ya que, al menos esta vez, se les había escuchado, aunque de facto, esto no sirviese de nada ya que el caciquismo aún sobreviviría unas décadas. E incluso hoy, se encuentran reminiscencias de este pensamiento en algunos de nuestro representantes públicos. 

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