27 de mayo de 2022
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FIN DE SEMANA

El reconocido actor representa la obra 'Los dioses y Dios' hasta el 6 de marzo en el Teatro Bellas Artes de Madrid

'Dios, El Brujo y los dioses', Rafael Álvarez emociona con su último montaje

Rafael Álvarez 'El Brujo'.
Rafael Álvarez 'El Brujo'. / El mítico actor representa en Madrid 'Los dioses y Dios'.
'Los dioses y Dios' es el último montaje de Rafael Álvarez 'el Brujo' en Madrid. Javier López-Galiacho, presidente de Amigos de los Teatros Históricos de España (AMIThE), analiza para Elcierredigital.com el espectáculo que este popular cómico cordobés acaba de presentar con gran éxito en el Teatro Bellas Artes de la capital, tras estrenarse en el ultimo Festival de Mérida.

Los “brujistas”, así nos llaman a los seguidores de este juglar del siglo XXI que es Rafael Alvarez “El Brujo”, nos desplazamos hasta el Teatro Bellas Artes de Madrid, en cuyo escenario este singular actor cordobés nos ha presentado uno de los mejores montajes de su carrera, el titulado Los dioses y Dios. Por cierto, escenario donde estrenó en 1985 uno de sus grandes papeles dramáticos en la recordada La taberna fantástica de Alfonso Sastre.

No sé si este Los dioses y Dios será el más hilvanado o redondo de todos sus montajes, pero sí que confieso que es uno de los que más nos ha tocado esa fibra sentimental llamada q, tan necesaria para que el teatro funcione; por cierto, un valor escénico que tanto escasea hoy en día.

Quizá también nos haya influido que esta obra se represente en un tiempo donde el mundo ha pasado en dos años de disfrutarse en color a verse en blanco y negro. Así lo atestiguaba un patio de butacas con mascarillas y con nuestros móviles recién apagados, en bolsos o bolsillos, guardando las últimas fotos del bombardeo a las ucranianas Kiev o Járkov.

Rafael Álvarez 'el Brujo' en 'Los dioses y Dios'. 

Cada obra que nos presenta este “Brujo” es contemporánea de lo que pasa en España, de lo que sucede en el mundo. Un autor clásico y su obra es siempre el eje de su planteamiento (Plauto, Cervantes, Quevedo, Santa Teresa, Lope, Francisco de Asís, Fray Luis de León, Esquilo o el maestro hindú Yogananda). Ese es su esqueleto tragicómico. Una elección de un autor o, en su caso, una obra clásica.

Pero el hueso de su montaje siempre se rellena con el músculo de la actualidad, con ese suceso de hoy que le hace conectar con un público fiel, plenamente consciente que cuando paga por ver a “El Brujo”, saldrá del teatro mucho mejor de cómo ha entrado. Un año, Rafael coge como presa cómica a Rodrigo Rato, Zapatero, Rajoy y otro, como éste de 2022, lo hace con Isabel Ayuso, Casado o Pedro Sánchez. Sin olvidar a ese Putin (el hijo de Putin, le llamó), con el que arrancó una de las ovaciones más atronadoras y solidarias de la noche.

Nuestras vidas también han transcurrido acompañando como espectadores la madurez de este juglar de la palabra, que es “El Brujo”, quizá uno de los últimos en Europa representantes de este viejo y noble oficio del juego de la palabra, que arranca en los lacis romanos, pasando por los cómicos de la lengua y los juglares castellanos.

La última propuesta teatral de Rafael Álvarez, Los dioses y Dios, toma como argumento el “Anfitrión” del comediógrafo latino Plauto, donde Júpiter, para seducir a Alcmena, esposa del general Anfitrión, se hace pasar por éste adoptando mágicamente sus rasgos y acompañado de Mercurio, disfrazado como su criado Sosia, generando todo tipo de confusiones y enredos contra los verdaderos y burlados personajes que suplantan.

Más que como eje argumental, el “Anfitrión” lo adopta “El Brujo” como apoyo metafórico para defender que todos somos un mismo ser con independencia de la piel que nos cobija. Pero hasta que llega a meterse en harina de ese embrollo trágico cómico entre dioses mitológicos y pequeños dioses humanos, “El Brujo” se ha comido con naturalidad una hora de espectáculo, ganándose al fiel público con sus chascarrillos de la más prosaica actualidad, o con ese juego halagador, que tan bien domina, del espectador de esa noche frente al “aburrido” de la anterior. Metiendo, cómo no, sus habituales y tronchantes gags como el célebre de “conconchitamontes”; o bien acordándose también de los del pueblo de La Solana ciudadrealeña, de los espectadores del Teatro Romano de Mérida, quienes año tras año asisten al festival de teatro clásico con sus tortillas de patatas que cenan al calor de la noche.

El dominio del oficio

Confieso que me gusta esta forma de hacerse tiernamente con el público y, además, es que Rafael lo hace de verdad, porque quiere a su público y eso no engaña. Y esa parte prosaica de actualidad funciona como digestivo, con el que prepara la artillería de su mensaje que siempre es apelar a lo mejor del alma humana.

Cartel de la obra. 

Y es que Rafael se hace imbatible cuando usa la palabra como un médium entre Dios (Jesús de Nazaret, Buda, Alá) y los pequeños dioses que somos los hombres y las mujeres de este diminuto universo. El mejor “Brujo” surge cuando apela a la dignidad del ser humano, cuando denuncia la satrapía de los tiranos, de los poderosos o cuando nos interpela a no tener miedo, a danzar, a bailar, entre las balas que nos disparan desde la trinchera de la maldad.

No vamos solos en ese desfiladero de incertidumbre que es la vida, nos indica “El Brujo” desde el inicio de la obra. Rafael nos recuerda que Dios nos protege, nos abraza, como si anduviéramos sin miedo, entre balas, dentro de un carro blindado.

El final de esta obra fue apoteósico. El público puesto en pie bailaba al son de la popular canción “Jerusalema” (“Jerusalem es mi hogar. Mi reino no está aquí. Mi lugar no está aquí”). Algunos nos mirábamos con lágrimas en los ojos tras sentir que, a esa misma hora en que todo el teatro bailaba, nuestro otro yo, ese mismo ser humano que nos cobija bajo diferentes pieles, libraba una batalla de supervivencia en la hermana Ucrania, devastada por el mal.

Con la emoción en lo más arriba de la sala, con los corazones unidos en el patio de butacas, “El Brujo”, acompañado en escena desde el principio por su inseparable músico Javier Alejano, nos dirigió un hasta pronto, desapareciendo por los hombros del chato escenario del Bellas Artes que dirige Jesús Cimarro.

Pero en la sala quedó flotando la lección de humanidad que durante más de dos horas nos había dictado este “Brujo”, al que vimos en plena forma física. Un recital que está solo al alcance de los elegidos para ser mensajeros de Dios entre los pequeños dioses que somos los seres humanos.

Ese es el milagro del teatro, conmover con la palabra. Y bien que lo consiguió este Mago Merlín de la escena que es Rafael Álvarez, al que Dios alargue su vida teatral durante muchos años.

Más que Los dioses y Dios, la obra debería llevar por título “Dios, El Brujo y los dioses”, pues Rafael anda entre medias de Dios y los hombres.

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