22 de octubre de 2021
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FIN DE SEMANA

La autora vasca fue la primera enviada de un periódico español al frente de Marruecos para cubrir la batalla tras la insurrección de Abd el-krim

Cien años de 'El desastre de Annual' (X): Julio Merino rescata las crónicas de la escritora Teresa de Escoriaza

Cien años de 'El desastre de Annual'.
Cien años de 'El desastre de Annual'.
Diversos investigadores rehacen para El Cierre Digital, en varios capítulos, la derrota militar española que pasaría a la Historia como “el desastre de Annual”. El periodista Julio Merino recoge en esta entrega los hechos narrados por Teresa de Escoriaza, la primera enviada especial al frente de batalla de un periódico español, en concreto La Libertad, ante la insurrección beréber de Abd el-krim en el norte de Marruecos en 1921. 

En este repaso que le estoy dando a lo que fue el 'Desastre de Annual', cuando se cumple el primer centenario de la tragedia, hoy me complace reproducir el estudio que hace varios años realizó el periodista y escritor Eduardo del Campo, por ser él el único que consiguió encontrar íntegras algunas de las crónicas que escribió para La Libertad, de Madrid, doña Teresa de Escoriaza, como enviada especial al mismísimo frente de batalla. Son las que titula y firma como "Cartas perdidas", "Poblado destruido" y "La semilla fatal". 

La autora vasca fue la primera enviada especial al frente de batalla de un periódico español, La Libertad, ante la insurrección beréber de Abd el-krim en el norte de Marruecos en 1921. 

Leyéndola comprobamos que es de las que no se quedan en el hotel. Cuenta en sus textos, escritos en primera persona, que le rebotan las balas en el blindado en el que va empotrada con los militares españoles (noventa años antes que sus colegas en Irak o Afganistán) y también que un día aprendió a disparar con ametralladora. Pero más que en las imágenes de épico tipismo castrense -los disparos, el humo, la sangre, las ofensivas victoriosas-, la enviada especial de La Libertad, entonces con 30 años, se fija, con una mirada sensible y original, en detalles aparentemente menores dentro del panorama grandioso de una guerra, pero que son igual o más significativos incluso para reflejar lo espeluznante.

Ella misma reconoce que su visión es distinta cuando inicia el capítulo "Cartas perdidas", avisando de que va a describir una escena que otros cronistas pasarían, dice, por alto. Un camión blindado español que trae víveres, municiones y el correo para los soldados vuelca en territorio hostil, y los militares recuperan comida y proyectiles a toda prisa pero abandonan las cartas, que se pierden con el viento. "¡Quién sabe lo que cada una de ellas valía! Cartas de madres, de hermanas, de novias, todas ellas llevaban amor a los combatientes. Y con el amor, fuerza, coraje, heroísmo, que del amor nace el ánimo y el ánimo en el que guerrea se traduce en espíritu de combate, en ansia de pelear. Eran esas cartas elementos de lucha". 

Nos interesa su agudeza para detectar y contar la anécdota reveladora en medio del cúmulo inagotable de estímulos que es un campo de batalla. Saber seleccionar las imágenes de una crónica o un reportaje y valorar la importancia de detalles, en principio poco espectaculares pero muy evocadores cuando se les presta atención, es cualidad fundamental en el buen periodismo moderno, donde reina la virtud de la síntesis. En el caso de De Escoriaza se evidencia la sensibilidad sutil de una narradora que quiere distinguirse de la competencia y de los relatos previsibles, y que para ello construye sus historias buscando personajes y situaciones que pasan inadvertidos a los demás o que los demás desprecian por su pequeña escala, pero que en realidad lo dicen todo. Como el buscador de oro que sabe detectar en la ganga las pepitas manchadas de barro. 

Cien años de 'El desastre de Annual'.

Esas cartas perdidas habrían cambiado quizás el curso de las vidas de sus destinatarios si hubieran llegado hasta ellos, reflexiona la cronista usando la descripción del lugar del accidente y de las hojas arrastradas por el viento como punto de partida para una evocación subjetiva pero pertinente sobre el impacto de la guerra, cuya onda expansiva desgarra por igual a los hombres en primera línea de batalla y a sus familias en la retaguardia doméstica. 

Cartas perdidas

"En el drama del auto blindado que cayó camino de Casabona hay un episodio desdeñado por los cronistas. Sin duda lo juzgaron poco importante. Realmente, junto a la ensangrentada serie de combates que constituyen esta cruenta acción, parece cosa nimia. Lo parece, pero no lo es. ¡Qué ha de serlo! Para mí hay más honda emoción ahí que en todo lo demás. 

Comprendo la rabia de que nuestra moderna arma se embotase en la rústica celada que le opusieron los moros, y no me extraña la desesperación de que luego el mismo blindaje, que no sirvió para llevar nuestros convoyes a feliz término, sirviera para que tras de él nos agrediese seguro el enemigo. Ya veis que he sabido explicarme el argumento. 

Asimismo he entrado en todo el horror de las escenas culminantes. Las luchas, repetidas cotidianamente durante una semana para magnificarse al octavo día en la tremenda pelea que tantas bajas costó, han sido entendidas por mí, sintiendo repercutir en mi corazón todos sus golpes. Y algunos ¡con qué fuerza aturdidora! El heroico González Tablas, herido al sostener a su gente... La ardorosa Legión diezmándose para recoger sus bajas... 

No obstante, el episodio triste, el episodio melancólico, el episodio que sin ser sangriento tiene tanto dolor... Ved si han hecho bien en desdeñarlo los cronistas juzgándole sin importancia. 

Cien años de 'El desastre de Annual'.

Cuando volcó el automóvil en la zanja que cortaba el camino se desparramaron por los peñascales, no sólo los víveres y las municiones que conducía, sino también las cartas de una valija de correo. Y al recoger lo que pudiera ser útil al enemigo, si de ello lograba apoderarse, no se pensó perder tiempo –tiempo que era más que oro en aquellas circunstancias, ¡que era sangre!– retirando lo que de nada servía a los moros. Por eso, salvadas las municiones y los víveres, se abandonaron las cartas. 

Allí quedaron, hasta que el viento las arrastró. Y luego fueron perdiéndose una a una por las cañadas, por los fosos, por las breñas. Yo las vi desde el parapeto del zoco blanquear juntas, primero; separadas, más tarde, y solitaria una, al fin. Después, si alguna quedó, sería pisoteada en la pelea. Todas, todas se perdieron. 

¡Quién sabe lo que cada una de ellas valía! Cartas de madres, de hermanas, de novias, todas ellas llevaban amor a los combatientes. Y con el amor fuerza, coraje, heroísmo, que del amor nace el ánimo y el ánimo en el que guerrea se traduce en espíritu de combate, en ansia de pelear. Eran esas cartas elementos de lucha. 

O al menos bálsamo para las heridas, alivio para la enfermedad, consuelo para la muerte. Al que desfalleciese por la dolencia o por la lesión, y al que se desesperara en la agonía, aquellas cartas le llevaban auxilio contra el duro trance. 

"Privad a mis soldados de todo –dijo un glorioso caudillo– menos de las cartas de sus afectos". ¡Sin las cartas de sus afectos se han quedado muchos de nuestros soldados! Así he pensado al ver abandonada la valija de correo. Y he sentido una profunda emoción. 

Alguna de esas cartas, al perderse, pudo dejar sin hacer un héroe y ha podido hacer un mártir". 

Poblado destruído


"Ya hemos ido a Nador... Cuando hace apenas un par de semanas la cañonera que nos llevaba a la Restinga se aproximó a su costa, tuve un sentimiento de infinita pena por no abordarla. ¡Qué alegría si entrásemos!, pensé, mientras retrocedíamos forzando la máquina para evitar las balas, que ya habían llegado a rebotar en las planchas del blindaje. Sin embargo, no es alegría lo que experimento hoy al entrar en el poblado que ocuparon los moros. 

¡Cuánta ruina, cuánta desolación, cuánta tristeza en lo que fue como una ciudad de juguete, tan cuidada y tan bonita! No hay idea de la saña destructora con que han procedido sus dominadores. Nada en las paredes ni en los suelos está incólume, pues piedra a piedra, ladrillo a ladrillo, desde el pavimento a los muros, todo ha sido roto. Es cual si hubiesen querido en las modernas construcciones poner los sellos de una vieja barbarie, que nada nuevo tolera. Han vengado así el que sustituyésemos con un limpio poblado el sucio aduar de Nador. 

Cien años de 'El desastre de Annual'.

Y en las calles desempedradas y en las casas destruidas están las huellas del saqueo y de la matanza. Con horror se reconocen a cada paso. Ese jirón de vestido... Esa mancha de sangre... Aquí y allá, ¡lo mismo siempre! En aquel armario, con las puertas forzadas, hubo un robo. En aquella esquina, desconchada a balazos, se cometió un homicidio. Sobre aquellos colchones, en un montón, hundidos, machacados, una violación tuvo lugar. 

¡Lo irreparable! No es lo más horrible del pueblo destruido la propia destrucción del pueblo. No, ciertamente. Ni el cuartel forzado, ni la iglesia mancillada, ni la fábrica rota, con ser donde mejor se ve la magnitud del desplome, horrorizan tanto como otras menos relevantes muestras. Porque resulta que el desplome de un pueblo, y aun de una ciudad o el de una nación, se puede reparar. Nuevamente serán, fortificado, el cuartel; consagrada, la iglesia, y la fábrica reconstruida. Pero ¿y las víctimas que al par sucumbieron?... Para ellas no hay reparación posible. 

Mientras otros van examinando los "grandes daños" yo rebusco los que acaso se consideran daños pequeños. La estación quemada, con los rieles levantados y un tren caído; el paseo del zoco, donde la espléndida arboleda se taló junto a las raíces, y el almacén de tabacos, cuyos depósitos abarrotados fueron saqueados. Sí, sí... Pero ved, por ejemplo, esa humilde habitación. 

Es la alcoba de una de esas casitas para obreros que habitó la familia de algún minero o empleado de las próximas explotaciones de Nizan. Y entre los restos del modesto ajuar, que por su pobreza despreciaron los asaltantes, ahítos del botín, hay una cuna volcada. 

Todo el horror del poblado destruido lo concentro yo ahí. En esa cuna durmió un inocente niño y se inclinó sobre ella un padre cariñoso, mientras la mecía una tierna madre. ¿Dónde están ahora los tres? Acaso sea el padre uno de los muertos que nuestros soldados tuvieron que apresurarse a enterrar el mismo día de la reconquista porque llevaban dos meses insepultos, y tal vez sea la madre una de esas infelices cautivas que van arrastradas de cabila en cabila, sirviendo de pasto a toda la barbarie rifeña. En cuanto al niño... Si no le estrellaron la cabeza contra las peñas, lo arrojarían al agua. 

Una familia destruida. Eso es la cuna volcada. Y por eso se encierra ahí todo el horror de la destrucción del poblado. Como se encerraría el de la destrucción de una ciudad o de una nación. No son mayores".

La semilla fatal

"Del camión de la Cruz Roja, acabado de llegar de Nador, los enfermeros bajan las camillas con un supremo esfuerzo que contrae sus músculos y enrojece sus rostros. ¡Pesan tanto los heridos! Es que al desplome de los cuerpos postrados por el dolor se une en ellos el decaimiento que sienten en sus almas al verse retirados de la lucha sin poder vengar el golpe que recibieron, y así resulta como si el plomo que llevan clavado fuese enorme en vez de ser diminuto. Mas he aquí que uno de aquellos lechos portátiles sale de las metálicas paralelas donde van fijos de un solo tirón y es descendido con asombrosa facilidad. 

—¿Va vacía? –pregunto extrañada. 

—No –responde el camillero, que en aquel momento la sostiene por la cabecera con una mano nada más–; lleva un niño. 

¿Un niño? En efecto. Es un niño pequeño, muy pequeño. No tendrá más de cinco o seis años. Un moro chiquitín con una "fantasía" y todo. Y está espantosamente herido, según demuestra la sangre en que se empapan los vendajes que ciñen su frente. 

Me informo. El chófer sabe la historia. Ha sido recogido el morito junto a la iglesia de Nador. Una mujer, su madre, claro está, fue encontrada muerta junto a él. Huían, sin duda, cuando alcanzó a los dos la explosión de una de nuestras granadas. Ha sentido, pues, además del dolor de la herida, la desesperación de haber llamado inútilmente a quien siempre acudió en su amparo. Por eso, sin duda, ni se queja siquiera. ¡Tal es el horror que siente! 

Cien años de 'El desastre de Annual'.

He vuelto junto a la camilla, y contemplando al niño herido, me sumo en una meditación muy honda. ¡Muy honda! No sé apartar mis ojos de los del morito, que fulguran acaso por la fiebre, acaso por... 

¡Qué terrible recuerdo trae la inocente criatura! La atroz escena, para él incomprensible, del cañoneo que le hiere y destroza a su madre, y después, más atroz por mejor comprendida, la del llegar de los asaltantes con sus ademanes fieros y sus gritos estentóreos. Sí; eso, y no la fiebre, es lo que hace fulgurar sus ojos. ¡El recuerdo de un momento espantoso, que ha desgarrado su alma y ha retorcido su corazón, trastornando su cerebro! 

Y, a medida que el tiempo pase, el recuerdo que ahora le atormenta se desarrollará para atormentarlo más todavía. La cicatriz que marca su frente de indeleble modo será como el surco donde una semilla fue sembrada. Semilla que germinará echando raíces que la afianzarán dentro y elevando tallos que la expandirán por fuera en flores. ¡En flores del mal, ya que es del mal la semilla! 

La semilla de la guerra. Un niño herido que ha visto morir a su madre junto a él. Cuando ese niño crezca, ¿qué tendrá que sentir por los que mataron a su madre y a él le hirieron? ¿Y cómo podrá resistir tales sentimientos que habrán de arrastrarle hacia la venganza? Florecerá en él la semilla con la sangrienta flor del asesinato, con la abrasadora flor del incendio, con la ponzoñosa flor de la violación. Otras flores no puede dar la guerra con su semilla fatal".

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