02 de julio de 2020
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FIN DE SEMANA

Actriz, cantante, folklórica y personaje permanente de la prensa rosa, la irrepetible artista es uno de los mayores iconos pop de nuestra cultura

Lola Flores: Así se construyó el mito de 'La Faraona' al cumplirse 25 años de su desaparición

Lola Flores.
Lola Flores.
Hace un cuarto de siglo fallecía Lola Flores. Se ha convertido en uno de los grandes iconos pop de la cultura española. Actriz, cantante y personaje mediático por su irreverente personalidad, 'La Faraona' ha dejado para el recuerdo frases populares, películas salvables gracias a ella y un puñado de anécdotas sorprendentes. Unas adjudicadas a ella y otras reales a pesar de su aparente surrealismo.

El 16 de mayo de 1995, Lola Flores perdía su batalla contra el cáncer y fallecía a los, nunca confesados, 72 años. Pocas veces en España, país poco dado a tener memoria, un personaje de la cultura popular ha permanecido tanto en el subconsciente colectivo. Tal vez porque hubo muchas Lolas en una sola. Muchas y contradictorias. Tan excesiva y cambiante como la propia sociedad española.

La niña pobre de Jerez de la Frontera que soñaba con bailarinas clásicas, la bailaora volcánica que siendo paya era más calé que cualquier gitana, la estrella de cine artificial, la amante que vivía en pecado y luego se santiguaba, la madre preocupada con alma de matriarca judía, la mujer que se enredaba en amores prohibidos pero se acaba casando para estar a bien con la conveniencias de la época, la que bailaba ante Franco y acabó convertida en icono gay (“Los únicos que nunca van a dejar de venir a verme son mis mariquitas, que me quieren mucho porque yo soy muy mariquita”) y también la mujer desclasada hacía arriba que cuando quería presumir de lo mucho ganado (“Mis sudores me ha costao, mi arma”) se vestía y enjoyaba como la india más rica de la tribu.

Dolores González Ruiz nació en Jerez de la Frontera (Cádiz) el 21 de enero de 1923. Su padre, hostelero, se trasladó a Sevilla buscando una vida mejor. Lola, desde niña notó que lo suyo era el escenario y debutó profesionalmente en 1939. Su falta de ortodoxia le hizo difícil medrar en el mundo del espectáculo. Sus primeros años fueron de hambre brutal, giras infames por el norte del país, papelitos en películas de tercera y sustituciones en compañías donde la obligaban a cantar temas de la estrella del momento Concha Piquer. Muy ciegos debían ser esos productores porque tiene su guasa imaginarse a la temperamental Lola interpretando con la elegante cadencia de la Piquer.

Su verdadero triunfo llegó cuando arrasó el Día de la Prensa de 1942 cantando El Lerele. Así bautizó a su casa, en honor a su primer triunfo. Con esa popularidad y el dinero ganado después de entregarse a un anticuario (“Me vendí por cincuenta mil pesetas y cuando se le entregué a mis padres les dije: ‘Nunca me preguntéis cómo lo he conseguido’”) montó su propia compañía y contrató a su ídolo de infancia, el dios de los cantaores, Manolo Caracol.

Juntos crearon una pareja explosiva. La más famosa de la posquerra junto a Carmen Morell y Pepe Blanco. Aunque ambas parejas vivían sin estar casados (de hecho, Pepe Blanco y Caracol lo estaban con otras mujeres) sus amores no fueron censurados por el público. Fueron la heterodoxia tolerada del primer franquismo. Lola y Caracol hicieron época. Volcánico es el adjetivo que más se repite para hablar de su unión. Durante ocho años protagonizaron dos películas, grabaron discos, recorrieron España y hasta hicieron publicidad de un anís. La niña de fuego y La Salvaora fueron sus números de más éxito. Todo lo que les rodeaba era llamativo y hoy diríamos que fue un amor tóxico, con episodios de violencia incluidos. Cuando se rompieron él le espetó: “Sin mí no serás nada”. Evidentemente, podía más el despecho que la clarividencia.

Una sentencia en el New York Times

Fue en 1952 cuando Lola forjó su mito independiente. Fue, como las grandes figuras del silgo XX, a través del cine. Un contrato con el hacedor de estrellas nacional, Cesáreo González, le hizo millonaria. Ni más ni menos que seis millones de pesetas de la España de entonces. Un fortunón. Más de diez películas, viajes a América y Francia y presentaciones personales marcaron su vida en los cuatro siguientes. Con ella Cesáreo cerraba su pléyade de estrellas. Ya tenía a Carmen Sevilla y Paquita Rico. Una década después juntó a las tres mi arma en la cumbre del cine folclórico El balcón de la luna (1962) donde se discutió hasta el número de primeros planos de cada una de las estrellas y hasta se tuvo que recurrir a unos títulos de crédito en forma de aspa para que ningún nombre prevaleciera sobre otro.

Lola arrasó en América. En México la colocaron para siempre el sobrenombre de ‘La Faraona’. En Colombia arrasó y en Argentina las colas ante el teatro hicieron que prorrogara sus actuaciones tres meses más. Lo que más la internacionalizó fue el cine de esa época. Filmes horribles, salvo Morena Clara y La danza de los deseos, que se redimían con su presencia. Uno de ellos, junto al mítico Agustín Lara, fue Pena, penita, pena. La leyenda dice que el día de su estreno la secuencia en la que Lola se volvía todo fuego cantando el tema central, el público aplaudió tanto que el proyeccionista dio la bovina hacía atrás para repetir la secuencia. La película llegó a estrenarse en Estados Unidos bajo el título Lilte sorrow from my heart. Esto provocó su debut en Brodway con una crítica The New York Times que hizo época: “Ni canta ni baila, pero, por lo que más quiera, no se la pierda”.

Limosna de amores

En esos años se forjó la leyenda de Lola como mujer libre que imponía sus normas  adelantándose años a la liberación sexual de los 60. Nombres como Ricardo Montalbán, Carlos Thomson o Rubén Rojo se citan entre sus parejas de la época. Nunca se ocultó Lola en esos aspectos.

Hoy diríamos que era una mujer empoderada antes de tiempo. Hasta tuvo cabreados a dos equipos de fútbol de solera por sus amores con chicos de su escudería: el Barça y el Atlético de Madrid. Del equipo blaugrana enamoró a Biosca que la dejó por su novia formal. El día de la despedida, cuentan, La Faraona se colgó un crespón negro del pubis en señal de pésame. Más sonado fue su romance con el futbolista colchonero Coque que se pasó por el arco del triunfo las imposiciones del club para seguirla hasta a América con la consiguiente escandalera de la época.

El historial de amores de Lola tuvo su punto culminante cuando se unió en matrimonio con Antonio González ‘el Pescailla’ en 1957 en El Escorial. Se casaron de madrugada, estando la Flores embarazada de su hija Lolita. Los padrinos fueron Cesáreo González y Paquita Rico.

Juntos formaron la familia más famosa de España. Lola en todas sus facetas caseras se convirtió en la favorita de la prensa del corazón y lo siguió siendo en los años ochenta cuando protagonizó nuevos hits para la historia. El primero, su desnudo para Interviú en 1983. Un falso robado. Miguel Ángel Gordillo, que fuera jefe de compras del Grupo Zeta, aún recuerda como Lola fue capaz de negociar mejor que un moro en un zoco su desnudo: “Yo de hacerlo pediría mínimo cinco millones de pesetas… por teta”.

Luego vino la boda de Lolita y aquel “si me queréis irse” y sus problemas con Hacienda y aquello de “si cada español diera una peseta”. El final de los ochenta la pilló preocupada por su hijo Antonio y siendo utilizada como escarnio público por su lío con Hacienda.

La siguiente década fue su última metamorfosis. La llegada de las cadenas privadas no la pilló con el pie cambiado y supo adaptarse a los cambios del mercado del espectáculo. Pasó de Telecinco a Antena 3 y, por último, a Televisión Española por cantidades de dinero que hoy nos parecerían de delirio.

Pero Lola en los noventa estaba cansada. Eran muchos años haciendo del cáncer su compañero de vida. De mirar de tú a tú a la enfermedad para retarla. Su última aparición televisiva, ya con la sombra espectral de la muerte sobre su rostro, fue sentada. La Faraona estaba apagándose. Tres años antes en la película de Carlos Saura Sevillanas apareció igual. Con este film cumplía su sueño de rodar con un director importante, antes ya había dado muestras de su talento dramático en Truhanes (1983). En la alegoría de Saura aparecía, como si intuyera que era su despedida de la pantalla grande, casi sin maquillaje, con una iluminación de clarosocuros, mirando desafiante al público. Con la seguridad del que sabe que un mito se forja a base de conocer las capacidades y limitaciones propias y dominarlas. Lo sabían Judy Garland, Edith Piafh y Marlene Dietich. Y también, Lola, claro.

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