20 de septiembre de 2020
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FIN DE SEMANA

Fue una de las primeras actrices españolas en tener fama mundial y se casó en cuatro ocasiones, la última de ellas con un cubano 37 años más joven

Siete años sin Sara Montiel: Excentricidades, amores y vida de la manchega en Hollywood

Sara Montiel.
Sara Montiel.
Sarita Montiel, la actriz y cantante, fue la española que triunfó en Hollywood en plena dictadura franquista. Montiel no solo destacó por sus cualidades artísticas, sino también por tener un carácter adelantado a su época, del que se sirvió no solo para triunfar en lo profesional, sino también para entablar relaciones con la flor y nata del momento. En lo personal, sus incontables historias de amor pusieron la guinda a una vida donde se fusionaban realidad y fantasía.

Hace siete años fallecía María Antonia Abad Fernández, más conocida como Sara Montiel. Durante años fue la más internacional de nuestras estrellas. En su vida el personaje de estrella se fusionó con la persona real. Exagerada en su vestimenta, en sus gestos, se negó a aceptar que las estrellas tenían edad y supo hacer de la extravagancia su carta de presentación. La estrella de cine dio lugar a la máquina mediática capaz de generar titulares y fabular historias imposibles por disparatadas pero que, eso sí, contaba como nadie cuando Antonia, la manchega, daba paso a Saritísima, la diva con sufijo de Caudillo.

Nació el 10 de marzo de 1928, aunque ella supo sembrar la duda sobre su edad, en Campo de Criptana (Ciudad Real). Sobre lo pobre o no que fue su infancia hay tantas versiones como ella ha querido transmitir. A veces aseguraba haber sido analfabeta hasta los 16 años cuando Miguel Mihura la enseñó a leer. Otras, afirmaba que una familia de dinero fascinada por su belleza la educó como una señorita en Orihuela. Lo único cierto sin dudas es que en esta última localidad alicantina ganó un concurso de saetas que hizo que la familia Casanova, dedicada al cine, se fijara en ella. Bajo el nombre de María Alejandra debutó en el cine con una película hoy perdida, Te quiero para mí (1944). Tenía 16 años.

Montiel fue durante décadas la gran diva del cine español.

Con la siguiente, Empezó en boda (1944), nacería el heterónimo que la hizo célebre: Sarita Montiel. Sara por el personaje bíblico y Montiel por los campos manchegos que la vieron nacer. Durante la España de la posguerra Sarita era una rara avis en el mundo del cine patrio. Ni respondía al prototipo de la racial folclórica ni a la de apocada dama del melodrama. Se intuía en ella un potencial erótico que pocas oportunidades de lucimiento podría tener en el cine del primer franquismo. Durante años fue la eterna promesa del cine español enlazando papeles secundarios en las películas más populares de la época como Bambú (1945) con Imperio Argentina, Mariona Rebull (1945) con Jorge Mistral o La mies es mucha (1948) con Fernando Fernán Gómez.

El trampolín al estrellato

Su verdadero salto a la popularidad se produjo con Locura de amor (1948), uno de los grandes éxitos de taquilla del cine español en esos años. Juan de Orduña, el director, convirtió el proyecto de la vida de Juana la Loca que apuntaba a ser un proyecto típico del cine propagandista del cine franquista en un melodrama y Sara se lució frente a la estrella del momento que era Aurora Bautista. La Bautista era la Reina castellana loca de amor y Sara, la mora Aldara que hacía que Felipe el Hermoso perdiera hasta las pestañas. En la calle se hizo famoso un comentario al propósito: “La que está buena es la mala”.

Locura de amor fue la película que catapultó a la fama a la diva manchega.

Sara pensó que, al fin, sería una estrella importante, pero Juan de Orduña le volvió a soltar un papel secundario en Pequeñeces (1949), de nuevo a mayor gloria de Aurora Bautista. Sara, harta de ninguneo, siguió el consejo de su primer novio, el escritor Miguel Mihura y aceptó irse a México. Entonces el país azteca era que dominaba el mercado cinematográfico de habla hispana. Sara rodó con las principales estrellas del país como Pedro Infante o Katy Jurado. Sus mayores éxitos fueron Se solicitan modelos (1953) y Cárcel de mujeres (1954). También en la Cuba de Batista rodó films exitosos como Piel canela (1953).

Como a la manchega nunca le gustó perder el tiempo se codeó en América Latina con intelectuales republicanos en el exilio como Luis Buñuelo o León Felipe, también visito en la cárcel a Ramón Mercader, el asesino de Trotsky. Además, en Cuba aprendió a fumar puros con Heminway. Según el día, o el año, confesaba haber tenido, o no, amores con el Nobel.

Hollywood, la última frontera

De México dio el salto a Hollywood. La “meca del cine” abrió de par en par sus puertas a la actriz manchega, una belleza exótica para el espectador norteamericano, que no dejaría escapar una oportunidad así. El western Veracruz (1954) fue su consagración en la cinematografía yankee. Interpretó el papel de Nina, que consiguió gracias a la intermediación de Norma Anderson, esposa de Burt Lancaster. En el reparto coincidió con el inolvidable Gary Cooper. Los créditos de la película consagraron el apelativo con el que sería conocida en el país norteamericano por siempre: Sarita Montiel. Después, “La bomba latina”, como se la conocía en Hollywood, rechazó un contrato de siete años del magnate de Columbia Pictures, Harry Cohn, para no encasillarse en papeles de habla hispana.

El año 1956 sería testigo del imparable crecimiento de Sara. La actriz manchega acumulaba éxitos en el terreno profesional tan rápido como conquistaba los corazones de las estrellas más brillantes del firmamento fílmico. En el rodaje de su segunda película en Estados Unidos, Serenade (1956), conoció al legendario Anthony Mann, que dirigía la cinta y que no dudó un segundo en acabar con su matrimonio con su esposa Mildred para casarse con la Saritísima en 1957. Su romance, no obstante, acabaría con el divorcio de la pareja en 1961. Para entonces, Sara llevaba años codeándose con lo más selecto de Hollywood. En aquellos tiempos, presumía de amistad con Marlon Brando,  a quien Sara decía haber hechizado con sus huevos fritos con puntilla, o James Dean, con quien la rumorología apunta que pudo tener un intenso affaire amoroso.

Entretanto, aún le quedaba tiempo para seguir rodando en España, donde en 1957 protagonizó El último cuplé, que la elevó a los altares del cine hispano y la convirtió en la actriz mejor pagada del momento. Cuando regresó a Estados Unidos, siguió ampliando su círculo social al tiempo que los contratos le llovían. Era una estrella, todo el mundo la adoraba. El desfile de celebridades a las que conoció esos años no tiene fin: Frank Sinatra, Kirk Douglas, Alfred Hitchcock, Marilyn Monroe, Charles Chaplin… toda una danza de los más ilustres de los años 50 y 60 haciendo cola por conocerla. De sobra conocida es su amistad con la cantante Billie Holiday. Con ella acudió al archiconocido restaurante “Four Seasons”, donde rechazaron servir a la afroamericana por motivos racistas. No se les olvidará a los propietarios del local la reacción de Sara, que, llevada por la furia, rompió un plato contra la pared.

Sea como fuere, su canto de cisne en Hollywood llegaría con Yuma (1957), del director Samuel Fuller, pero su producción no acabaría hasta mucho después: La Violetera (1958), Carmen la de Ronda (1959), Mi último tango (1960), Pecado de amor (1961) o Cinco almohadas para una noche (1973) son tan solo algunos de los trabajos en que participó hasta su retirada. Mientras, los cambios experimentados por nuestro país no dejaban de sucederse. El dictador agonizaba y la incipiente apertura parecía empezar a resquebrajar el régimen. En este sentido, el mundo del cine no sería ajeno a toda esta novedad. Pese a su sempiterno estatus de paradigma sexual en España, con la llegada del “destape” a nuestro país, Sarita tomó una decisión inesperada abandonando la gran pantalla.

El romance, una constante en la vida de Sarita

La ingente cantidad de películas en las participó solo encuentra parangón con lo prolífico de su vida amorosa. A su ya mencionado matrimonio con Mann le sucedería el compromiso con José Vicente Ramírez Olalla, que tuvo lugar en la Iglesia de Montserrat, en plena ciudad de Roma en 1964. No sería precisamente eterno el romance, puesto que la aventura duraría solo dos meses. Poco después conocería al que, según el propio testimonio de la diva manchega, fue el hombre de su vida, el periodista y empresario mallorquín Pepe Tous, una pareja que le aportaría estabilidad en lo personal, sí, pero también en lo económico. Con él, adoptó dos hijos: Thais y Zeus.  Tous, haciendo uso de su amplio conocimiento en el gremio musical, relanzaría la carrera de Montiel cuando, a principios de los 80, esta parecía estar tocando a su fin.

Pepe Tous fue el gran amor de Sara Montiel.

Cuando el cáncer acabó con la vida de su tercer marido en 1992, Sara inició una lucha titánica con el administrador Francisco Fernández Peñalver por la descomunal fortuna que había legado Tous, una contienda que ensombreció en parte su carácter indómito y que le afectaría gravemente. Aun así,  Saritísima se repondría y aun tendría tiempo para iniciar una última intentona matrimonial, ya en sus últimos años, con el cubano Tony Hernández en 2002, 37 años menor que ella. La relación, continuamente salpicada por el escándalo, no se prolongó más de un año. Indalecio Prieto, a quien conoció en los años de este en el exilio, Giancarlo Viola, siempre con ideas y venidas, o Severo Ochoa fueron otros de sus muchos romances. Éste último siempre puesto en duda.

Habiendo construido una trayectoria fílmica, discográfica y documental sin precedentes y tras un sinfín de premios y condecoraciones, Sara nos dejaba el 8 de abril de 2013 a los 85 años. Fallecía en su residencia del barrio de Salamanca en  Madrid, tras sufrir una crisis de la que no trascendieron detalles. En el madrileño cementerio de San Justo reposan sus restos mortales junto a los de su madre y su hermana, tal como deseaba. Se apagaba la luz de una de nuestras grandes embajadoras, se apagaba la inconfundible voz de Saritísima, la manchega que rompió todos los moldes.

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