02 de diciembre de 2020
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FIN DE SEMANA

El escritor estadounidense describió con realismo las fiestas navarras y despertó el interés de Kennedy y Ava Gardner por los encierros

Hemingway y los 'Sanfermines': Así se plasmó la pasión del Nobel por unas fiestas que popularizó

Ernest Hemingway.
Ernest Hemingway.
El periodista Julio Merino recuerda en la señalada fecha del 7 de julio, San Fermín, la relación del escritor estadounidense Ernest Hemingway con las tradicionales fiestas pamplonicas que tanto contribuyó a internacionalizar a través de su genial novela 'Fiesta'. Esta obra del Premio Nobel consiguió que personalidades como la actriz Ava Gardner y el Presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy se mostraron interesados por los tradicionales encierros.

1 de enero, 2 de febrero, 3 de marzo, 4 de abril, 5 de mayo, 6 de junio, 7 de julio... ¡la maldición del coronavirus!. Una pena, porque eso es vivir un 7 de julio sin "Sanfermines". Una tragedia para Pamplona y el turismo, pues no en vano la fiesta navarra junto con la Feria de Abril de Sevilla, las Fallas valencianas, el San Isidro de Madrid y los Carnavales canarios figuran en el cuadro de honor del turismo español... pero, a pesar de ello, nosotros los vamos a celebrar repristinando para volver al origen y recordar lo que fue aquella "belle Époque" de la Generación Perdida de Hemingway y releer para los que la hayan leído y para los que no, Fiesta, la novela que se ganó hasta un Nobel de Literatura.

Conocí y hablé con Hemingway dos veces. La primera fue en noviembre de 1956 en Córdoba, concretamente en el bar que regentaba Doña María, justo enfrente de la Mezquita, y cuando yo estudiaba Tercero de Magisterio en la Escuela Normal. Me había ido aquella mañana, como otras muchas, a pasear y leer al Patio de los Naranjos y estaba en ese momento enfrascado con la novela Fiesta, aunque ya había leído El viejo y el mar. A eso de la una salí por la Puerta del Perdón y al pasar por delante del bar de enfrente vi que entraba, ¡Dios!, el mismísimo Ernest Hemingway y ni corto ni perezoso lo abordé para pedirle que me dedicase su novela. “Bueno, muchacho, espera, primero vamos a saludar a Doña María y a sentarnos”, me dijo cariñoso. “¿Sabes tú que Doña María hace los mejores boquerones en vinagre del mundo? Anda, ven, que mientras te firmo vas a probarlos tú también”, añadió

Y como oro en paño guardé y conservo con su firma aquel ejemplar que compré en la librería Luque de la calle Gondomar de mi Córdoba. “Al joven y atrevido cordobés Julio Merino para que mientras sueña con ser escritor no deje de comer los boquerones en vinagre de Doña María, los mejores del mundo y contempla la Mezquita”. Ernest Hemingway. 20 de noviembre 1956.

El escritor saludando a Antonio Ordóñez.

Después le volvería a ver en Madrid. Lo confieso, mi pasión por el más loco de los genios de la "Generación Perdida" estadounidense sigue tan viva hoy como entonces. Pero, llegado el mes de julio aparto todo lo que tenga sobre la mesa y saco mi verde y manoseado ejemplar de Fiesta para recrearme, repristinar y volver a encontrarme con mis viejos amigos Jake, Brelt, Cohn, Bill, Mike y Pedro Romero, los protagonistas que, sin dejar de beber, recrean los "Sanfermines" de Pamplona y los hacen grandes...Tan grandes que estos días he leído en un periódico estas ciertas palabras: "Si hoy en día es posible que Pamplona multiplique por veinte su población desde el día del “Chupinazo” hasta el día de “Pobre de mí”...es por la importancia de la obra de Hemingway en Estados Unidos".

Ernest Miller Hemingway nació en julio de 1899 y murió suicidándose en 1961. Fue uno de los más grandes escritores estadounidense del siglo XX. Hemingway escribió la mayor parte de su obra entre 1920 y 1950. Ganó el Premio Pulitzer en 1953 por El viejo y el mar, y el año siguiente, 1954, el Nobel de literatura por su obra completa. Publicó 7 novelas, 6 recopilaciones de cuento y 2 ensayos y póstumamente 3 novelas, 4 libros de cuentos y 3 ensayos más. Pero antes que novelista fue periodista y como tal hizo la primera y la segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil española.  Se casó 5 veces.

El argumento de Fiesta 

Tras la Primera Guerra Mundial Jake Barnes, un periodista estadounidense incapacitado sexualmente por una herida de guerra, y Brett Ashley, enfermera en la contienda, durante la que ambos mantuvieron una relación, se reencuentran en el París del período de entreguerras donde se relacionarán con la comunidad norteamericana. Gran parte de la ambientación inicial de la novela girará en torno a este colectivo y a los lugares que frecuenta.

Ava Gardner con el escritor.

Desde allí Jake, Brett y sus compañeros Cohn, Bill y Mike se dirigen a España para pescar y para asistir a los  Sanfermines, en Pamplona. Durante las fiestas, descritas al detalle, se sucederán una serie de problemas amorosos protagonizados por Brett, en los que intervienen Michael, su prometido, Cohn, con el que ha mantenido un romance semanas antes y Pedro Romero, un torero prometedor y en los que se remarcará la posición de Barnes como simple espectador. Tras acabar las fiestas el grupo se disolverá, terminando la historia en Madrid.

Los personajes 

Jake, es el narrador de la novela. Se puede pensar que es el alter ego de Hemingway. Trabaja de periodista y es impotente (sexual) por una herida que sufrió en la guerra. En el hospital donde se recuperaba, conoció a Brett de quien se enamora.

Lady Brett Ashley, es una mujer de 34 años. Está casada con un hombre quien le otorgó el título de Lady, pero se está divorciando de él para luego casarse con Mike. Tuvo una relación con Jake, Cohn, Mike y Romero a lo largo de la novela.

Robert Cohn, es un amigo de Jake. Era boxeador en la universidad y pertenece a una familia judía muy adinerada. En París, se dedica a ser escritor, y se encuentra en una relación con Frances al comienzo de la novela. Luego se enamora de Brett, y mantienen una relación en San Sebastián, pero luego termina.

Ava Gardner y Luis Miuel Dominguín en una comida. 

Bill, es amigo de Jake y escritor, y va con Jake a pescar y a las corridas de toros en España. Mike, es s el prometido de Brett. Está en quiebra y es de Escocia Romero es un torero profesional. Tiene 19 años, y el grupo de amigos lo conoce en Pamplona en las fiestas de San Fermín. Se enamora de Brett y mantienen una relación hasta que en Madrid la terminan.

Kennedy y Ava Gardner 

Según nos contaba Manolo Blanco Tobío, el mejor corresponsal español en Washington, enviado por Emilio Romero y Pueblo, el llorado Presidente Kennedy le preguntó un día por "Los Sanfermines" de España y le dijo que desde que leyó la novela Fiesta de Hemingway tenía en su cabeza vivir una semana loca, como la que viven los protagonistas  en Pamplona, bebiendo de día y de noche, asistiendo a una desencajonada, corriendo delante de los toros, tardes de corrida y amoríos nocturnos (con Pedro Romero, Juan Belmonte y Marcial Lalanda de por medio), peleas callejeras, celos y erotismo, mujeres y sexo,  borrachera  en "El Iruña" o charlando con el hotelero Montoya. "¡¡ Oh, fiesta... The Sun Also Rises!!!" ... y famosos se hicieron los "sanfermines" de la increíble Ava Gardner y su "valeroso españoleto" Luis Miguel Dominguín.

Nos contó un día el "Don Juan" de los años 50 y 60 ("No merece la pena conquistar a una mujer de primera si después no se lo puedes contar a los amigos") durante la cena que montó Antonio D. Olano, su hombre de prensa y compañero de Pueblo, en Benidorm, con motivo de su reaparición en 1971, y con Palomo Linares y "El Cordobés", aquella temporada de "guerrilleros", formando terna... que el año 69 no tuvo más remedio que llevarla a Pamplona porque le chantajeó con la cama. ¡Los Sanfermines la volvían loca, porque allí podía beber sin límite hasta la madrugada, y encima entre aplausos!

Por eso, hoy les emplazó a que vivan, aunque sólo sea un poquito (unas cuantas páginas), con Hemingway la gran "Fiesta" de los Sanfermines (si hasta los suecos se emborracharon otro 7 de julio con la novelita y le dieron el Nobel) y se den cuenta lo que tenemos en España, esta España que otros locos quieren cargarse... porque ¿qué sería de los Sanfermines sin toros ni Hemingway?

La llegada

“Entramos en la ciudad por el otro lado de la meseta. La carretera era empinada y polvorienta, con dos hileras de árboles para dar sombra; luego, al entrar en la parte nueva de la ciudad, construida fuera de las viejas murallas, se aplanó. Pasamos por delante de la plaza de toros, alta y blanca; a la luz del sol, parecía hecha de hormigón. Luego tomamos una calle secundaria que nos dejó en la gran plaza, y paramos delante del Hotel Montoya (…).En el Montoya hay dos comedores. Uno está en el primer piso y da a la plaza. El otro está abajo, a un nivel inferior al de la plaza, y da a la calle de atrás, por la cual pasan los toros cuando, a primera hora de la mañana, recorren la ciudad, camino de la plaza. En el comedor de abajo se está siempre fresco, y nos sirvieron un estupendo almuerzo. La primera comida que hacía en España me cogía siempre de sorpresa, con sus entremeses, su plato a base de huevos, sus dos platos de carne, legumbres, ensalada, postre y fruta. Se tenía que beber mucho vino para poder tragárselo todo.”

 El rezo en la catedral 

“Al final de la calle, descubrí la catedral y me acerqué a ella. La primera vez que la vi pensé que la fachada era horrible, pero ahora me gustaba. Entré. El interior era oscuro, sombrío, con pilares que subían hasta lo más alto, y había gente que rezaba, olor a incienso y vitrales maravillosos. Me arrodillé y me puse a rezar; recé por todos aquellos que me vinieron a la memoria: por Brett, por Mike, por Bill, por Robert Cohn, por mí mismo y por todos los toreros, separadamente por los que me gustaban y luego por todos los restantes juntos; luego volví a rezar por mí y mientras lo hacía noté que me entraba sueño; entonces rogué para que las corridas fueran buenas, para que la fiesta resultara bonita y para que pescáramos algo. Me pregunté si quedaba alguna otra cosa por la que pudiera rezar y se me ocurrió que me gustaría tener dinero, de modo que me puse a rezar para que ganara mucho dinero, y luego empecé a imaginar la forma de ganarlo y, mientras pensaba en la forma de hacer dinero, me acordé del conde, me pregunté dónde podría estar y lamenté no haberlo visto más desde aquella noche en Montmartre, mientras recordaba algo divertido que Brett me había contado acerca de él. Como durante todo este tiempo estaba de rodillas y con la frente apoyada en el respaldo del banco anterior, con la intención de estar rezando, me sentí un poco avergonzado y lamenté ser tan mal católico; pero me daba cuenta de que no podía hacer nada para remediarlo, al menos por un tiempo, y tal vez nunca.”

La desencajonada 

“Montoya sonrió.

 —Esta noche —dijo—; a las siete, traen los toros de Villar y mañana llegan los miuras. ¿Van a ir a verlos todos ustedes?

—¡Oh, sí! No han visto nunca una desencajonada. (…)

—¿Tienes entradas? —Sí. Cogí para todas las desencajonadas.

—¿Cómo es una desencajonada?

—Es muy bonito —dije—. Hacen salir a los toros de los cajones, uno a uno; en el corral hay bueyes que los reciben y les impiden pelear; los toros arremeten contra los bueyes y éstos corren a su alrededor como solteronas, tratando de calmarlos.

—¿Y no cornean nunca a los bueyes?

—Claro que sí. A veces corren disparados tras ellos y los matan.

—¿Y los bueyes no pueden hacer nada?

—No. Intentan hacer amistad.

—¿Para qué los meten dentro?

—Para aplacar a los toros e impedir que se rompan los cuernos contra las paredes de piedra, o luchando entre sí.

—Ha de resultar fantástico ser un buey. (…)

A la puerta de los corrales dos hombres recogían las entradas de la gente. Pasamos la puerta. Dentro había árboles y una casa baja de piedra. Al otro extremo estaba el muro de piedra de los corrales. Todos ellos tenían practicadas en la piedra unas aberturas que corrían a lo largo de su superficie como si fueran aspilleras. Una escalera llevaba hasta arriba del muro; la gente trepaba por ella y se desparramaba luego por los muros que separaban los dos corrales. Subimos por la escalera, después de cruzar la hierba que crecía bajo los árboles, y pasamos junto a los grandes cajones pintados de gris dentro de los cuales se hallaban los toros. Para viajar, se ponía un toro en cada uno. Habían llegado en tren desde un criadero de toros de Castilla; en la estación los habían descargado de los vagones de plataforma y los habían traído hasta aquí para sacarlos de sus cajones y meterlos en los corrales. Cada jaula llevaba una marca con el nombre y la marca del ganadero correspondiente. (…)

Me incliné por encima de la pared con la intención de ver el interior del cajón. Estaba todo a oscuras. Alguien dio un golpe en el cajón con una de las palancas de hierro y entonces pareció que algo estallaba en su interior. El toro iba de un lado a otro aporreando la madera con sus cuernos y armaba un gran ruido. Vi un morro oscuro y la sombra de unos cuernos; luego, tras un martilleo de cascos que resonó en la madera de la caja hueca, el toro salió disparado al corral, patinando en la paja con sus patas delanteras al frenar. Llevaba la cabeza erguida, el gran bulto musculoso que tenía sobre el cuello estaba tirante de tan hinchado, y los músculos de su cuerpo palpitaban, en tanto que miraba a la multitud reunida sobre los muros de piedra. Los dos bueyes retrocedieron hasta tocar la pared, con las cabezas hundidas y vigilando con los ojos al toro.

El toro los vio y se lanzó al ataque. Desde detrás de una de las cajas un hombre gritó y golpeó con su sombrero contra las tablas; el toro, que aún no había llegado hasta los bueyes, se volvió, se recogió sobre sí mismo y cargó contra el punto donde estaba antes el hombre, tratando de llegar hasta él, detrás de los tablones, con una media docena de rápidas embestidas indagatorias con el cuerno derecho.

—¡Dios mío, qué hermoso es! —dijo Brett.”

El Chupinazo 

“Antes de que el camarero llegara con el jerez, el cohete que anunciaba el comienzo de la fiesta se elevó en la plaza. Era el chupinazo. Al estallar allá en lo alto, formó un gran balón de humo encima del Teatro Gayarre, que estaba al otro lado de la plaza. Mientras contemplaba la bola de humo, que flotaba en el cielo como una granada que hubiera estallado, otro cohete subió a juntársele, esparciendo humo en medio de la radiante luz del sol. Vi el destello luminoso que produjo al estallar y apareció otra nubécula de humo. Hacia el momento en que estalló el segundo cohete, la arcada, vacía un minuto antes, estaba tan llena de gente que al camarero, que sostenía la botella por encima de su cabeza, le fue difícil atravesar la multitud y llegar hasta nuestra mesa. La gente llegaba a la plaza de todas partes, y calle abajo oímos acercarse los caramillos, los pífanos y los tambores, tocando el riau-riau. Los caramillos chillaban, redoblaban los tambores, y detrás iban grandes y chicos bailando. Cuando los que tocaban el caramillo se paraban, todos ellos se agachaban en la calle, y cuando se volvían a oír los gritos agudos de caramillos y pífanos y los golpes sordos, secos y huecos de los tambores, todos ellos saltaban por el aire bailando. En aquella masa compacta, lo único que se distinguía era el subir y bajar de las cabezas y los hombros de los que bailaban. (…)

La fiesta había empezado de veras, y durante siete días no paró, ni de día ni de noche. No se paraba de bailar, ni de beber, el barullo era constante. Ocurrieron cosas que sólo podían haber ocurrido durante una fiesta.”

 El encierro 

“El domingo 6 de agosto al mediodía la fiesta estalló. No hay otra forma de expresar lo que quiero decir. Durante todo el día había estado llegando gente de las afueras, pero uno no se daba cuenta porque la ciudad los asimilaba. Bajo el sol ardiente, la plaza aparecía tan tranquila como otro día cualquiera. Los campesinos estaban en las tabernas de las calles alejadas del centro, bebiendo y preparándose para la fiesta. Hacía tan poco que habían llegado de los llanos y las colinas, que tenían que acostumbrarse al cambio de valores paulatinamente. No podían pagar desde el principio los precios de los cafés. En las tabernas se daba a su dinero su justo valor. El dinero representaba todavía un determinado número de horas de trabajo o de fanegas de trigo vendidas. Luego, cuando la fiesta estuviera avanzada, no importaría el precio que pagaran ni el sitio donde compraran. (…)

La muchedumbre que la ocupaba se dirigía tranquilamente o a paso ligero hacia el interior de la plaza. Luego empezó a llegar gente corriendo. Un borracho resbaló y se cayó. Dos guardias lo cogieron y lo arrojaron al otro lado de la empalizada. Ahora la muchedumbre ya corría a toda velocidad. La gente prorrumpió en un gran grito y, al pasar mi cabeza por entre dos tablas, vi que los toros acababan de entrar en el largo corral, al término de su trayectoria callejera. Avanzaban velozmente, ganando terreno a la muchedumbre. Y precisamente entonces otro borracho se adelantó desde la empalizada con una blusa en las manos; quería usarla como capa para torear. Los dos guardias se precipitaron y lo agarraron por el cuello; uno le pegó con la porra; luego lo llevaron a rastras hasta la empalizada y permanecieron pegados a ella, en tanto que pasaban los toros y las últimas oleadas de gente. La muchedumbre que corría delante de los toros era tal que tuvo que comprimirse y aminorar la marcha al avanzar por entre las empalizadas que llevaban hasta el ruedo; y cuando los toros pasaron galopando en manada, pesados, con los flancos llenos de barro y balanceando los cuernos, uno de ellos salió disparado hacia delante, cogió por la espalda a uno de los que corrían y lo levantó por los aires. El hombre iba con los brazos pegados al cuerpo y, al entrarle el cuerno, echó la cabeza hacia atrás; el toro lo levantó y luego lo dejó caer. Cogió después a otro hombre que corría ante él, pero éste desapareció entre la multitud, que franqueó la puerta y se metió en el ruedo, con los toros detrás. Se cerró la puerta roja del ruedo y la muchedumbre que llenaba los balcones exteriores se precipitó a empujones hacia el interior. Se oyó un grito; luego otro grito. (…)

—¿Ocurrió algo en el encierro?

—No lo vi todo. Un hombre fue gravemente cogido… después supimos que había muerto.”

La corrida 

“Había cogido seis entradas para cada una de las corridas. Brett se sentó a mi lado con Mike y Bill y Cohn se subieron arriba. Todo el espectáculo estuvo dominado por Romero. No creo que Brett se fijara en ningún otro torero…Le hice fijarse en cómo Romero apartaba con la capa al toro de un caballo que había caído y en cómo lo mantenía atraído con ella, haciéndolo girar suavemente, alagándolo, sin gastarlo nunca. Vio que Romero evitaba cualquier movimiento brusco y reservaba a sus toros para el final; no los quería deshechos y sin resuello, sino sólo ligeramente cansados. Y que Romero trabajaba al toro siempre de muy cerca, y le señalé los trucos que empleaban los otros toreros para dar la impresión de que también ellos lo hacían así. Comprendió por qué le gustaba la faena de capa de Romero y no la de los otros. (…)

A través de los gemelos vimos a los tres matadores. Romero estaba en el centro, con Belmonte a la izquierda y Marcial a la derecha. A su espalda se hallaba su cuadrilla; detrás de los banderilleros, al fondo del portal y ya en el abierto espacio del corral, vi a los picadores. Romero llevaba un traje negro. Se había colocado la montera muy adelante, hasta la línea de los ojos, y no podía verle la cara con claridad, aunque me pareció que la tenía señalada de mala manera. Miraba fijamente al frente. Marcial fumaba a escondidas un cigarrillo, que sostenía en la mano. Belmonte, con su cara descolorida y amarillenta y su prominente mandíbula de lobo, miraba hacia delante sin ver nada. (…)

Romero estuvo muy bien Con los dos toros que le tocaron estuvo perfecto. El primero de ellos estaba mal de la vista. Tras los dos primeros pases de capa, Romero supo con exactitud cuál era la gravedad del defecto, y toreó en consecuencia. No fue un trabajo brillante. Fue sólo perfecto. La muchedumbre quería que se cambiara al toro. Armaron un gran alboroto. De un toro que no era capaz de ver las añagazas que le tendían no podía esperarse nada extraordinario. Pero el presidente no dio orden de que lo reemplazaran. (…)

En el centro del ruedo, completamente solo, Romero seguía con lo mismo: se acercaba lo bastante al toro para que éste pudiera verlo con claridad y le ofrecía su cuerpo; se lo volvía a ofrecer un poco más cerca, y el toro seguía mirando con aire estúpido; se acercaba entonces todavía más, de forma que el toro creyera que ya era suyo, y volvía a ofrecerle su cuerpo; y así hasta que, por fin, provocaba el ataque. Entonces, en el momento preciso en que llegaban los cuernos, presentaba al toro el trapo rojo, seguido de aquel saltito casi imperceptible que tanto ofendía el juicio crítico de los expertos en tauromaquia de Biarritz. (…)

En el centro del ruedo Romero, de perfil frente al toro, sacó la espada de entre los pliegues de la muleta y, levantándose de puntillas, apuntó a lo largo de la hoja. El toro atacó en el instante en que Romero atacaba. Con la mano izquierda, Romero dejó caer la muleta sobre el hocico del toro para cegarlo, y metió el hombro izquierdo por entre sus cuernos mientras penetraba la espada, en tanto que él se inclinaba sobre el toro, extendiendo el brazo derecho tan arriba como podía para llegar al sitio donde había quedado clavada la empuñadura de la espada, entre los hombros del toro; por un instante, Romero y el toro no fueron más que uno. Luego la figura se rompió. (…)

En el segundo triunfó plenamente y cortó oreja… oreja que a toda prisa el joven maestro corrió ofrecérsela a Brett. Hizo una inclinación de cabeza y solo le dijo: -no se manche de sangre. (…)

Marcial tuvo un gran día. Todavía estaban aplaudiéndole cuando entró el segundo toro de Romero. Era el toro que se había lanzado a toda marcha y había matado a aquel hombre en la carrera matutina. (…)

Belmonte no tuvo su tarde, quizás porque los aficionados sabían que cobraba mucho más que los demás y eso caía mal entre el público. ”

 Pobre de mí

Y a las 12 de la noche, ya del 14 de julio, el señor Alcalde de Pamplona sale al balcón del Ayuntamiento y ante un mar rojo, moviéndose como olas rebeldes, amotinadas, que bailan las miles de velas que iluminan la plaza abarrotada, grita emocionado:

¡¡¡  VIVA SAN FERMÍN !!!  ¡¡¡¡ GORA SAN FERMÍN !!!!...

 ¡ POBRE DE MI....POBRE DE MI... QUE SE HAN ACABADO LAS FIESTAS DE SAN FERMÍN!

Y una sola voz que sale de miles de gargantas  replica y canta haciendo la ola con los pañuelos rojos símbolo de la Navarra profunda:

¡¡¡ POBRE DE MI !!!... ¡¡POBRE DE MI!!...  Uno de enero... Dos de febrero...Tres de marzo... Cuatro de abril... Cinco de mayo... Seis de junio... Siete de julio ... ¡¡¡ SAN FERMIN !!... ¡¡¡A PAMPLONA HEMOS DE IR!!.  ¡¡¡ A PAMPLONA HEMOS DE IR!!

A la mañana siguiente todo había terminado. Me desperté a eso de las nueve, me bañé, me vestí y bajé. L a plaza estaba vacía y tampoco había gente en las calles.  Unos cuantos chiquillos estaban recogiendo las varillas de los cohetes que habían quedado en la plaza. Los cafés estaban abriendo y los camareros colocaban los confortables sillones de mimbre en torno a las mesas de mármol a la sombra de las arcadas. Las calles estaban siendo barridas y regadas con una manguera.

 Las fiestas habían terminado.

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