22 de septiembre de 2021
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FIN DE SEMANA

La nueva serie de Julio Merino aborda la figura del monarca que gobernó España durante apenas unos meses en 1724

Las locuras y "amoríos" de los Borbones (II): Luis I, el rey que no sabía cómo se hacen los niños

"Papá, me gustaría saber cómo se hacen los bebés, porque mi mujer y yo no sabemos", fue una de las preguntas que hizo a su padre tecién casado con tan solo 15 años y sin haber estado nunca con ninguna mujer.

Es lamentable, pienso, reconocer a mis 80 años que la Historia que estudié en el Bachillerato, en la Escuela de Magisterio, en la Escuela de Periodismo y en la Universidad, no era la verdadera Historia, dado que, como he descubierto después como lector autodidacta (muchas, cientos, miles de horas leyendo) y hasta hoy mismo, la Historia que se estudia es sólo una cara de la moneda histórica... Es verdad que eso ya lo descubrí cuando leí por primera vez los "Episodios Nacionales" de Galdós y cuando Don Miguel de Unamuno me abrió las puertas de la "Intrahistoria" y con ambos fui volviendo a repasar la Historia que había estudiado... hasta darme cuenta de que para saber realmente lo que ha sido la Historia, y no sólo de España, sino del Mundo, no hay más remedio que contar con la Intrahistoria... y si me apuran la Psicohistoria (fundamental para estudiar la personalidad de los Protagonistas de la Historia).

Y por ello les advierto que en este nuevo repaso a la vida y a los Reinados de los 11 Reyes Borbones voy a adentrarme más en sus cualidades o  sentimientos o inclinaciones morales, religiosas, psicológicas, sexuales que en sus éxitos o fracasos políticos y reales. Quizás porque considero que esta "visión" de los personajes es la clave de las Monarquías, sobre todo de la española, ya que es imposible, como está demostrado, que una monarquía funcione o sirva de algo con Reyes enfermos, idiotizados por los genes, incultos, amorales, traidores, corruptos... como han sido, para desgracia de España y del propio Sistema monárquico. "Monarquía, sí; Borbones, no”... como decía el general Prin.

Por tanto, no se alarmen y lean hasta el final antes de emitir un veredicto.

Luis I "El Efímero"

Sí, a la Historia pasó como "El Efímero", y con razón, ya que sólo pudo reinar siete meses y unos días y se lo llevó un ataque de viruelas en una de las grandes pandemias que ha sufrido España... pero, al pobre muchacho, criado entre mujeres y algodones, en realidad, se le recordará por sus vivencias sexuales, las extravagancias de su joven esposa y las Cartas a su padre.

De las primeras sabemos lo que vivió al casarse, con tan solo 15 años y sin haber estado nunca con mujer alguna, pues según las cartas que le escribió a su padre a la mañana siguiente de su boda en Lerma (Burgos) no supo cómo hacer el amor.

"Papá, me gustaría que me dijeses cómo se hacen los bebés”

 A lo que el padre (Felipe V) le responde, también por escrito:

 "Hijo, eso preguntádselo a tu esposa, ella debe saberlo"

Pero, el ya Príncipe de Asturias, 15 años recién cumplidos,  todavía  insiste:

"Pues, Padre, ayer por la noche le dije a la Princesa lo que V.M. me dijo y ella me respondió que tampoco ella sabía lo que había que hacer, puesto que no la habían informado. Me puse sobre ella un rato, pero como no salía nada lo dejamos. Quiero que usted me responda primero cómo tenemos que hacer los dos y también cuánto tiempo tengo que permanecer sobre la Princesa".

Familia de Felipe V

Pero antes de seguir con su vida es fundamental repasar su entorno familiar y el ambiente en el que vive su infancia y su pubertad... e incluso los genes que lleva en su sangre al nacer. Comencemos por su padre, el duque de Anjou, más tarde Felipe V... y con qué mejor que releyendo algunas de "Las 10 locuras" que le señala en "La Corona maldita" la historiadora y novelista Mari Pau Domínguez:

"Hijo del Gran Delfín de Francia  ---un libertino sin límites morales, supersticioso e interesado sólo por la caza y el sexo--- y de la princesa María Ana de Baviera, cuyo desequilibrio mental la llevó a vivir en una permanente angustia existencial...vivió, sin remedio, con las diez locuras que se fueron agravando con el paso de los años  hasta límites increíbles (como increíble, ciertamente increíble, es pensar, sólo pensar, que un Rey, el Rey de España durante 46 años, pudiera permanecer en la cama días y semanas sin cambiarse de ropa, sin lavarse, sin afeitarse, bebiendo a destajo, comiendo a dos carrillos e incluso recreándose entre sus propios excrementos y haciendo el amor con "mujeres de pago, puesto que la Reina se negaba a ello", según la versión del duque de Saint-Simón)...

1. La adicción al sexo

Practicaba el coito a diario hasta conseguir orgasmos múltiples. Rumores y preocupación debido a tan desenfrenadas prácticas se extendieron en su contra por la corte. En 1716 consta la queja ante Versalles del embajador francés en Madrid sobre el agotamiento permanente del rey, al borde de la extenuación por el uso demasiado frecuente que hace la reina. Para no perder el tiempo llegó a celebrar los Consejos de gobierno en su alcoba, con su segunda esposa, Isabel de Farnesio, siguiéndolos desde la cama.

Esta adicción al sexo puede interpretarse como una manera de luchar contra su miedo patológico al paso del tiempo y a la muerte.

2. Obseso por la sangre

Camino de España para ocupar el trono, tuvo su primer encuentro con una corrida de toros. Tras un inicial rechazo, pronto acabó atrapado por el ritual de sangre, vísceras y polvo del albero, que a veces desencadenaba en la brutalidad de la muerte.

Después del emperador Carlos V, Felipe V fue el primer monarca que pisó un campo de batalla, para él un morboso escenario en el que disfrutaba oliendo y viéndose manchado de sangre ajena.

3. Angustia laboral

Su alma torturada se negó siempre a aceptar su destino de rey. Como puede leerse en la novela La corona maldita, “se ahogaba en el oro de la corona bajo la que se escondían las terribles zonas oscuras de su existencia”. La mayor parte de su reinado estuvo marcada por el deseo continuo de abdicar. El 27 de julio de 1720, en El Escorial, firmó un voto secreto acompañado de su esposa Isabel, en el que se comprometía a dejar el trono antes de Todos los Santos de 1723.

Felipe V

Los días 15 de agosto de los siguientes tres años renovó por escrito su solemne promesa. Hasta que el 10 de enero de 1724 sorprendió a Europa al firmar un decreto de abdicación por el que cedía a su hijo Luis, de dieciséis años, todos sus reinos y señoríos. Anunciaba su renuncia para, libre de todos los demás cuidados, entregarme al servicio de Dios, meditar acerca de la otra vida y trabajar en la importante obra de mi salvación eterna...

4. Pócimas afrodisíacas

A diario tomaba su plato favorito: gallina hervida. La acompañaba con pócimas cuyas propiedades estimulaban su vigor sexual. Cada mañana, antes de levantarse, desayunaba cuajada y un más que dudoso preparado de leche, vino, yemas de huevo, azúcar, clavo y cinamomo. El duque de Saint-Simon, embajador especial de Francia, que se atrevió a probarlo, lo describió como un brebaje de sabor grasiento aunque reconoció que se trataba de un reconstituyente singularmente bueno para reparar la noche anterior y preparar la siguiente.

5. Fobia al sol

Las cortinas de palacio siempre debían impedir la entrada de luz. El rey vivía obsesionado porque ningún rayo de sol le tocara. No lo soportaba. Aunque no se expusiera directamente, creía enloquecido que el sol le penetraba el cuerpo hasta alcanzar los órganos vitales con intención de destruirlos.

6. Rechazo de la ropa blanca

En 1717, en una de sus habituales recaídas de ánimo, sufrió el delirio de que la ropa blanca –camisas, sábanos, paños– irradiaban una luz cegadora debido a que el número de misas por el eterno descanso de su primera esposa, Mª Luisa de Saboya –fallecida el 14 de febrero de 1714 a los veinticinco años– había sido insuficiente.

María Luisa de Saboya, primera esposa de Felipe V y madre de Luis I

Se dio la orden de renovar al completo vestuario, ropa de cama y mantelerías, lo cual no fue suficiente. Entonces llegó casi a enloquecer convencido de que lo estaban envenenando a través del blanco de la ropa. La confección de su ropa interior fue encargada a unas monjas, y no se la cambiaba hasta que acababa hecha trizas.

7. Aversión por la higiene

El aseo personal no era desde luego su punto fuerte. En sus reiterados episodios depresivos o de melancolía, el rey podía pasar días enteros sin salir de la cama, y semanas y hasta meses sin afeitarse, ni cambiarse de ropa, ni lavarse. Tampoco permitía que le cortaran el pelo o las uñas, convertidas en verdaderas garras repugnantes. Las uñas de los pies llegaron a ser tan largas que se le enroscaron impidiéndole caminar con normalidad.

Los embajadores temían las audiencias con el monarca por el mal olor corporal que despedía y por su patética imagen. En una ocasión recibió a un diplomático vestido con un sucio y maloliente camisón que le dejaba las piernas al aire, y una peluca mal colocada sobre una grasienta cabellera.

¡Ay, Dios, pero ¿cómo pasar por alto la presencia de la Princesa de los Ursinos en la Corte española durante esos años, siendo como era la "espía" del poderoso Luis XIV, y además Aya de la Reina, la madre niña, ambiciosa, intrigante, muy bella, muy inteligente y expertísima en materia de sexo?...

Baste con reproducir parte de dos de los muchos Informes que secretamente hacía llegar a Versalles:

"Majestad, el Rey, el duque de Anjou, no tiene cura, es un enfermo del sexo, un hombre que tiene que estar a todas horas haciendo el amor...y así tiene a la pobre Reina, no sale de la cama... aunque, al parecer,  la "niña" no se queja, tal vez por sus ansias de quedarse embarazada y darle un heredero a la Corona. Pero, ya he tenido que tomar cartas en el asunto y para evitar que la Reina pueda caer enferma le he buscado "suplentes", sí, Majestad, no se ría, he conseguido que varias Damas de la Corte alternen en la cama con la joven Doña María Luisa. Según he sabido para las españolas el acostarse con el Rey es un honor"

Princesa de los Ursinos

Del segundo Informe, cuando ya ha muerto la Reina María Luisa y han entrado en escena el heredero, o sea el primer hijo de los 5 que tuvo la Saboyana, el ya Príncipe de Asturias y pronto Luis I, y la nueva Reina, o sea, la ambiciosa Isabel de Farnesio, la segunda mujer desde 1714,  resalto estas palabras:

"Majestad, estoy preocupada. La nueva Reina, nada más llegar, se está haciendo con el Rey y lo está haciendo de la manera que sólo una mujer sabe hacerlo: controlando el ansia de sexo del Rey.  Doña Isabel no es Doña Luisa. Doña Luisa Gabriela se entregaba tantas veces como el Rey lo desease por complacerlo... Doña Isabel sólo se entrega a cambio de...y cuando ella lo decide. Y así se está haciendo con las riendas del Gobierno, hasta el punto de que los Secretarios tienen que despachar con el Rey cuando ella está presente y los Escritos reales van, todos, firmados por "El Rey y yo".

Señor, y hay otra cosa que me preocupa. El trato que tiene con el Príncipe de Asturias y los Infantes. Los está arrinconando, les ha retirado sus preceptores y les ha puesto otros de su máxima confianza, les ha restringido sus visitas y el poder dialogar con los Nobles e incluso les ha prohibido comer con su padre... lo que está perjudicando sobremanera al Principito, que con los 7 años que ya tiene apenas sabe expresarse ni distinguir los sexos. .. de hecho, hace unos días, se echó a llorar cuando quise explicarle lo que distinguía a un niño de una niña y cómo se hacían los niños.  Majestad, creo que mi presencia en España toca a su fin.. La Reina apenas si me dirige la palabra y no cuenta conmigo para sus reuniones o sus fiestas con las Damas españolas y las que le han acompañado desde Parma. Majestad, ya sabe que mi vida os pertenece, pero aquí de poco os puedo servir ya".

Luis I

Pero, si dramática era la situación que vivía con el padre más lo fue la que empezó a vivir con su mujer en cuanto se casó. Porque el caso de Luisa Isabel de Orleans y Borbón fue un caso de manicomio. Por su interés reproduzco casi íntegro el relato que de ella hizo en una de sus obras Alejandra Vallejo-Nagera:

Luisa Isabel de Orleáns y Borbón se despide de Francia cuando la obligan a casarse con su sobrino Luis, por entonces Príncipe de Asturias y aspirante al trono de España. Al poco de llegar la princesa, que todavía es una niña, se dedica a eructar y ventosear en público, se niega a hablar, presenta una peculiar tendencia a comer a escondidas dulces y también rábanos que flotan en gran cantidad de vinagre. Al principio los españoles piensan que sus extravagancias acaso estén à la mode en Versalles o en el Palais Royal, donde ella se ha educado y donde se estilan conductas harto antojadizas; por eso, en los primeros meses, la recién llegada es observada igual que si fuese un mono de feria. Pero a medida que pasa el tiempo Luisa Isabel pinta maneras cada vez más estrafalarias, con persistente inestabilidad psíquica, abandono personal y descontrol de los impulsos. (....)

Sin embargo, al apreciar el escenario desde una perspectiva más amplia no cabe más remedio que entregar a Luisa Isabel la condescendencia que merece y que jamás obtuvo. De entrada, por su organismo corre el mejor pasaporte al país de la locura: endogamia galopante, carencia afectiva, ambiente educativo incoherente, entorno excéntrico y, lo peor, una grave psicosis con la que algunos parientes contaminan a otros. A esto se añade que, siendo todavía una niña, se ve empujada a asumir el papel de reina. Desde tiempo inmemorial llevan casándose entre sí los ancestros de Luisa Isabel, sus abuelos (varones) son hermanos, sus padres son primos hermanos, cada célula de su cuerpo podría ser considerada prima carnal de la contigua.

Perturbaciones familiares

Todo ello da lugar a los desarreglos característicos de la endogamia perseverante, pero en el caso de la reina Luisa Isabel, además, tales desórdenes genéticos se acompañan del entorno menos propicio para una princesa destinada a reinar. En su abuelo materno, Luis XIV, se mezclan gigantescas virtudes con un perfeccionismo obsesivo e indudables síntomas de trastorno narcisista. La rama paterna (padre, abuela y abuelo) también exhibe un abigarrado escaparate de perturbaciones; el muestrario no tiene desperdicio: desconexión social, impulsividad, hipercompensación narcisista, intolerancia, crueldad, alcoholismo, depravación sexual, violación de normas, excentricidad, histrionismo y falta de empatía. (...)

Cuando Luisa Isabel visita a Felipe V en su retiro de La Granja, se dedica a corretear por los jardines en fino camisón, buscando que el viento lo levante y muestre la carne interior a los ojos de cualquiera que esté mirando. Felipe V tiene la mala suerte de ser uno de estos espectadores, ni que decir tiene el soponcio que se lleva y cómo le azota la conciencia de pecado mientras, en la cámara contigua, la reina Isabel se da golpes en el pecho y exclama: «Hemos hecho una terrible adquisición».

Una de las características del síndrome psíquico que padece Luisa Isabel [trastorno límite de personalidad] es la intolerancia a estar sola o a sentirse abandonada por las personas de las que depende afectivamente; en el caso de la joven soberana ocurre al fallecer su padre en Francia. En situaciones de orfandad emocional estos enfermos se precipitan a vengarse, a cometer actos destructivos y a sentirse en permanente confusión consigo mismos; exhiben verdaderas dificultades para controlarse.

En líneas generales, estos pacientes desconocen los límites; por ejemplo, Luisa Isabel es sorprendida en repetidas ocasiones con tres de sus camaristas, todas desnudas, embebidas en un juego conocido con el grosero nombre de broche-en-cul, lo cual significa, en una traducción libre, «palo en el culo». La distracción en discordia consiste en agredirse con un bastón, teniendo las manos y los pies atados, hasta hacer rodar al contrincante y reírse luego con lo complicado que le resulta recuperar de nuevo la verticalidad. Los testigos han de taparse el rostro para no ver las partes pudendas de la reina revolcándose por el pavimento junto a las de otras tres individuas de hechura parecida. (...)

Sin embargo, en sus vaivenes emocionales drásticos, Luisa Isabel pasa de la afrenta a un pavoroso arrepentimiento, con terribles sentimientos de culpa y lesión a su autoimagen; se ve malvada o profundamente desgraciada, en especial cuando vislumbra la amenaza del abandono; en momentos así se aferra a quien la regaña, estableciendo una relación de sumisión y compulsiva dependencia. Por ejemplo, el día en que el rey Luis la reprende severamente «haciéndole leer una lista escrita de todas sus excentricidades y anunciando que su paciencia se había agotado», ella inmediatamente se hinca de rodillas y suplica perdón y ayuda. Jura un propósito de enmienda, asegura que a partir de ese momento será una buena reina. (...) Pero como todos los que padecen su mismo trastorno, la reina no es consciente de lo que hace ni por qué lo hace, no controla las consecuencias de sus actos, lo único que sabe es que no puede evitar transgredir permanentemente las reglas. En el aseo personal, en la higiene alimenticia o en el decoro al vestirse encuentra campos disponibles para sus misiles personales. Igual que le sucediese a su padre, aunque por razones distintas, Luisa Isabel se echa en los brazos del escándalo. De este modo los españoles ven a su soberana salir al pasillo en camisón y atravesar a galope corredores y jardines llevando solamente una camisa de fina tela que deja entrever sus formas.

Una fina enagua

Se presenta ante toda la corte sucia y maloliente, se niega a utilizar ropa interior e intenta provocar al personal exponiendo sus partes vergonzantes de un modo sibilino. Una de las anécdotas que más ceban su maltrecha fama ocurre en el jardín de palacio. La Reina lleva puesta nada más que una fina enagua cuando, de pronto, se le ocurre encaramarse en lo alto de una escalera de mano que apoya sobre el tronco de un manzano. Desde allí arriba pide socorro a grandes voces. Uno de los mayordomos acude en su auxilio, encontrándose de bruces con las posaderas de su majestad. El mariscal Tessé manda un informe detallado a Francia: «Estaba subida en lo alto de una escalera y nos mostraba su trasero, por no decir otra cosa. Creyó caerse y pidió ayuda; Magny [el mayordomo] la ayudó a bajar delante de todas las damas, pero, a menos de estar ciego, es evidente que vio lo que no buscaba ver y que ella tiene por costumbre mostrar libremente».

Luisa Isabel de Orleans, esposa de Luis I

Como es habitual en estos enfermos, ella también oscila de un extremo a otro en sus relaciones interpersonales, incluso varias veces al día, pasando de la euforia a la depresión, de la credulidad a la desconfianza paranoide, del amor al odio, del apego al desdén. Los espías franceses cuentan que el matrimonio se las apaña bien a veces: «Nuestro amor aumenta de día en día y yo procuro satisfacerla», escribe el candoroso príncipe, pero simultáneamente y sin aviso previo se matan entre sí. (...)

Es habitual en los enfermos como Luisa Isabel la adicción a sustancias que alteran la conciencia. La reina de España se niega a tocar la comida en la mesa, pero luego se esconde y engulle de modo compulsivo todo lo que encuentra a mano, sea o no comestible. Riega su bulimia con vino, cerveza y aguardiente, modificadores del estado anímico a los que se vincula casi a diario. El personal de palacio se ha acostumbrado a verla borracha y tiene orden de vigilar de cerca lo que ingiere; se registra que, en una única sentada, engulle un potaje con guarnición y su caldo, dos clases de carne de cuatro libras cada una, dos huevos frescos, dos platos de asado con su correspondiente ensalada y, como colofón, se zampa cuatro clases de dulces. Por todos lados llueven los comentarios: «Se ha llenado de rábanos y de ensalada con vinagre, que no sé cómo no revienta, pero por comer se pierde tanto que hasta come el lacre de los sobres», declara el marqués de Santa Cruz a Felipe V.

La vorágine psicológica en la que Luisa Isabel se halla inmersa se agrava en semanas. Nadie a su alrededor sabe ayudarla; todo el mundo la observa, cuchichea o se ríe de ella. Las murmuraciones circulan con anécdotas picantes, cada día se presenta con una fechoría más grave aún que la anterior. A la desnudez en público se suma, de la noche a la mañana, una nueva y extraña obsesión por la limpieza; la Corte ve a su soberana afanarse en el lavado de pañuelos, cristales, baldosas, azulejos y tejidos de toda índole. La comezón limpiadora la empuja a pedir una bañera en la que pasa dos horas frotando ropa con manchas inexistentes.(...)

El punto álgido de su desequilibrio mental tiene lugar en una recepción pública. Los súbditos allí presentes ven atónitos cómo la soberana se desnuda, agarra su vestido y se afana en limpiar con él los cristales del salón. El bochorno es general y la chismografía vuela por los pasillos y atraviesa los jardines; ya nadie tiene duda de que la soberana de España ha perdido el juicio. El rey Luis, destrozado, escribe a su padre: «De suerte que no veo otro remedio que encerrarla lo más pronto posible, pues su desarreglo va en aumento».

Pero, curiosa, curiosísima, fue la boda de Luis, el Príncipe de Asturias, con la francesa Luisa Isabel de Orleans, porque no fue solo una boda, en realidad fue un “Pacto de familias”, ya que el acuerdo-compromiso fue que la infanta Doña María Ana Victoria, hija de los reyes de España, se casara con Luis XV cristianísimo de Francia y Doña Luisa Isabel de Orleans, la Princesa francesa de Montpensier, hija del Regente de Francia Don Felipe, Duque de Orleans, se casara con el Príncipe de Asturias español. Lo que fue un acontecimiento casi europeo y que constituyó una fiesta nacional doble, puesto que tanto en la “boda por poderes” como en la “boda real” Francia y España fueron durante días una fiesta nacional.

Por su curiosidad recojo resumido el relato que publico “Hola” en 2006:

“Luis Fernando de Borbón y Saboya nació en Madrid (en el palacio del Buen Retiro)el día 25 de agosto de 1707,fue bautizado en El Palacio Real el día 8 de diciembre del mismo año y fueron sus padrinos el Rey de Francia y la duquesa de Borgoña, representados por el duque de Orleáns y la princesa de los Ursinos, jurado príncipe de Asturias el 2 de abril de 1709 en el monasterio madrileño de San Jerónimo; recibió el juramento el cardenal Portocarrero. Casó con su prima, doña Luisa Isabel de Orleáns, princesa de Montpensier, en Lerma, el día 20 de enero de 1722,oficiado por el cardenal Borja, patriarca de las Inleáns.”

Por parte de España se nombró al Duque de Osuna embajador extraordinario cerca del Rey de Francia, con el objeto de pedir la mano de la Princesa de Montpensier y felicitar al Rey de Francia por su compromiso con la infanta española… y por parte de Francia se nombró al Duque de San Simón para embajador extraordinario cerca de Su Majestad el Rey de España.

“La futura Reina de Francia, la infanta doña María Ana Victoria, se hallaba en el Real Sitio del Escorial cuando recibió las felicitaciones de sus augustos padres y hermanos, dándola a partir de ese momento el tratamiento que a tal dignidad correspondía, que no era otro que el de Majestad. Dicha augusta señora contaba a la sazón la tierna edad de cuatro años, por cuyo motivo se decidió trasladarla a París para que fuese criada y educada al uso de aquella Corte. Al mismo tiempo, el 9 de octubre, se recibió en Balsain, la noticia de haberse publicado en París el casamiento del príncipe de Asturias con la princesa de Montpensier. Hecha igualmente la publicación oficial de esta gran noticia en España, se celebró aquella noche un gran baile en palacio, desplazándose toda la Corte a Segovia al siguiente día por la tarde para asistir a otro gran «Te Deum » en el templo de Nuestra Señora de la Fuencisla. En Madrid se festejó también este acontecimiento con tres noches de luminarias y repique de campanas. El duque de Osuna llegó a París el 29 de octubre y el 31 fue recibido por el Rey de Francia en audiencia privada, acompañándole el cardenal Dubois.

Una vez en presencia del Rey de Francia, el embajador español le cumplimentó, por su casamiento, en nombre de sus señores Reyes de España, solicitando posteriormente la mano de la señora princesa de Montpensier, en nombre del príncipe de Asturias, a la que asintió el Rey Luis XV con unas breves palabras, demostrando también así su satisfacción por dicho enlace. Terminada esta ceremonia, el embajador español regresó a su alojamiento con los mismos honores y tratamientos con que había sido recibido en la Corte de Francia. En este mismo día por la tarde se verificó la audiencia pública del señor duque de Orleáns, en El Palacio Real, verificándose la ceremonia de la conducción del embajador de España en la misma forma en que había sido conducido a las Tuileries, pero con el introductor de Su Alteza el duque, monseñor de Marpré. El 16 se firmaron en el citado palacio los contratos de los dos proyectados enlaces, asistiendo, además el Rey, el duque de Orleáns, la duquesa viuda, todos los príncipes, los embajadores de España y los jefes de palacio.
Al mismo tiempo, el Rey de España, por su parte, ordenó poner casas al príncipe, su hijo, y a su joven esposa, nombrando para el primero: mayordomo mayor, al duque de Pepoli; sumiller de corps, al conde de Altamira; caballero mayor, al conde de Santisteban; gentiles-hombres de cámara, al duque de Gandía, al marqués de los Balbases y al marqués del Surco, siendo este último también primer caballerizo; mayordomos de semana, al conde de Lafarelli y al conde de Arenales. Y para la segunda: mayordomo mayor, al marqués de Valero; caballerizo mayor, al marqués de Castel Rodrigo; mayordomos de semana, a don Juan Pizarro de Aragón, hijo del marqués de San Juan y primer caballerizo, y al conde de Anguisola. Camarera mayor, a la duquesa de Montellano; damas, a la duquesa de Liria, a la marquesa de Torrecuso y a la marquesa de Asentar; señoras de honor, doña María de las Nieves Angulo y doña Josefa María de Ulloa; azafata, doña Isabel María Marín. Y como confesor al padre Ignacio Laubrusel, de la Compañía de Jesús. Los preliminares para estos enlaces se trataron primero entre el marqués de Grimaldo y el de Maulevrier, concluyéndose y firmando los mismos definitivamente para el tratado del matrimonio del Rey de Francia con nuestra infanta por los señores antes citados además por el duque de San Simón y el marqués de Bedmar.

En el Palacio Real

El 25 de noviembre tuvo lugar en El Palacio Real de Madrid la audiencia pública para recibir al duque de San Simón juntamente con el marqués de Maulevrier, embajador ordinario de Francia, acompañándoles el mayordomo de semana, don Gaspar Girón, y el introductor de embajadores, siendo estos señores conducidos desde la residencia del embajador extraordinario francés en una elegante carroza de la Real Caballeriza, con un tiro de ocho caballos todos ricamente empenachados y guarnecidos, llevando dos mancebos cada cuatro caballos, sin postillón, y el tronquista, la cabeza descubierta, llevando el sombrero debajo del brazo. Seguían cinco carrozas del duque de San Simón ocupadas por los caballeros franceses que habían venido acompañándole, la del marqués de Maulevrier, y los gentiles-hombres, pajes y muchos criados, a pie, con lucidas libreas. Por la tarde del mismo día se firmaron y leyeron con la mayor solemnidad las capitulaciones matrimoniales de la señora infanta en presencia de Sus Majestades y Altezas Reales, con asistencia de los embajadores, nuncio apostólico, arzobispo de Toledo, obispo de Cuenca, inquisidor general, presidentes de los Consejos, consejeros de Estado, Grandes de España, damas, jefes de palacio y muchas otras personas de la Corte. Por la noche hubo fuegos artificiales y baile en palacio, al que concurrió toda la grandeza, durando esta fiesta hasta las dos de la madrugada. Al día siguiente por la tarde fue toda la Familia Real en público al convento de Nuestra Señora de Atocha, estando adornados los balcones, ventanas y rejas de la carrera con vistosas colgaduras, siendo el orden de la regia comitiva el siguiente: después del Ayuntamiento de la villa, clarines y timbales de la Real Caballería, Compañía de Alabarderos y otra de Guardias de Corps, iba una carroza con cuatro mayordomos de semana; otras tres iguales con los gentiles-hombres de cámara; la de oficios con el caballerizo mayor, sumiller de Corps,  capitán de cuartel de Guardias de Corps, y primer caballerizo; la de respeto, la de Sus Majestades, tirada por ocho caballos, rodeada de pajes a pie; caballerizos y oficiales de Guardias de Corps, a caballo, y seguida de la escolta; la de respeto de la Reina; otra con el caballerizo mayor, mayordomo mayor y primer caballerizo de la Reina; otra propia de la camarera mayor, con sus criados y caballerizo; siete más con las damas, señoras de honor, azafata y camaristas.

La gran boda

El 7 de enero de 1722 llegó la infanta a Oyarzun, y el mismo día a San Juan de Luz la futura princesa de Asturias, por lo que avistándose y poniéndose de acuerdo el marqués de Santa Cruz y el príncipe de Rhoan sobre el ceremonial para las entregas recíprocas, se ejecutaron éstas el día 9 de la siguiente manera. Primeramente salió de Oyarzun la infanta doña Ana Victoria con toda su servidumbre y guardias, llegando a las doce del día al puente sobre el Bidasoa, donde llegó casi al mismo tiempo por la otra parte la princesa de Montpensier con su comitiva; entonces fueron conducidas ambas princesas a una casa construida para este objeto en la isla de los faisanes, en donde fueron presentadas. Seguidamente, el marqués de Santa Cruz y el duque de Liria pasaron al cuarto de la futura princesa de Asturias, entregándole el primero las cartas que llevaba de Sus Majestades los Reyes de España, y el segundo una joya como presente del príncipe, retirándose Santa Cruz y Liria una vez cumplida su misión.

Palacio Ducal de Lerma

Inmediatamente después, el príncipe de Rhoan hizo lo propio, se dirigió a las habitaciones de su futura Reina, a quien entregó otra joya, regalo de su augusto soberano el Rey de Francia. Terminadas estas ceremonias y verificándose las de entrega en la gran sala central que dividía los dos cuartos y abrazándose como señal de despedida, salieron luego al mismo tiempo a coger los coches, realizando el camino de San Juan de Luz la infanta española y a Oyarzun la princesa francesa. El día 20 de enero, a las dos de la tarde entró Su Alteza Real la princesa de Montpensier en la ciudad de Lerma, siendo recibida en el zaguán del palacio por los Reyes, el príncipe de Asturias, el cardenal Borja, patriarca de las Indias; los embajadores, los grandes de España y toda la servidumbre. A las tres se dirigieron Sus Majestades y Altezas Reales, acompañados de toda la Corte, a un salón adornado al efecto con tapices y alfombras, destinado a la ceremonia del casamiento, la cual se celebró ante un altar, oficiando el señor patriarca de las Indias y siendo padrinos del enlace Sus Majestades los Reyes. En este acto, tanto las reales personas como las damas rivalizaron en mostrar galas y ostentación, distinguiéndose la villa en demostraciones de regocijo, tales como luminarias, repique de campanas y fuegos artificiales. También Su Majestad lo celebró con un gran baile que duró hasta más de media noche.

Misa, velaciones, festejos

El día 21 se verificó la Misa y velaciones en el mismo salón del desposorio, oficiando también el patriarca de las Indias, con asistencia de Sus Majestades y las mismas personas que el día anterior; y el 22 partieron todas las reales personas para Madrid a donde llegaron el 26 por la tarde. Los festejos que habían de tener lugar con motivo de esta boda se aplazaron hasta carnestolendas, para dar lugar al completo restablecimiento de la princesa de Asturias, la que con motivo de la agitación de tan largo viaje estuvo enferma algunos días. En la noche del domingo, día 15 de febrero, presenciaron Sus Majestades y Altezas Reales desde el balcón de palacio los primeros fuegos artificiales que hubo en la plazoleta del mismo y que se repitieron a la noche siguiente, en cuya tarde hubo también una numerosa y lucida mojiganga, compuesta de todos los individuos de los gremios, cuya función fue dispuesta por la villa y por su corregidor el marqués de Vadillo.

El martes 17, por la tarde, fueron los Reyes en público a Nuestra Señora de Atocha, llevando en su misma carroza a los príncipes de Asturias, acompañándoles las servidumbres de ambas casas y los guardias de Corps. Los edificios de la carrera, desde palacio hasta Atocha, estaban adornadas con ricas tapicerías y colgaduras, y las calles con vistosos arcos y fuentes ,sobresaliendo la parte denominada de las platerías por la gran cantidad y admirable colocación de ricas alhajas. En dicha carrera se había colocado una extensa valla y en dos filas los Regimientos de Reales Guardias de Infantería española y walona, para que marchara la comitiva desembarazadamente y no se con- fundiera con el numeroso pueblo que concurrió a este acto. A la vuelta, ya de noche, subieron Sus Majestades y Altezas Reales a los balcones de la casa panadería de la Plaza Mayor, la cual lucía una magnífica iluminación, de gran efecto, como se deduce de lo que dice el duque de San Simón en sus Memorias:«Et tout de suite en entrant sur le balcon la parole me manque de surprise plus de sept ou huit minutes ». En los indicados balcones presenciaron las reales personas un magnífico festejo que estaba prevenido, de cuarenta y ocho parejas dividas en tres cuadrillas, vestidas cada una de su color, dirigidas por los duques de Medinaceli y del Arco y el Corregidor. Dichas cuadrillas hicieron varias maniobras con hachas encendidas en las manos, probando gran destreza en los jinetes y mucha ligereza en sus caballos. A esto siguió un combate de diez galeras de fuego artificial, cuya ejecución fue muy acertada y de mucho efecto. Concluida esta función, regresaron Sus Majestades y Altezas Reales a palacio, en cuya plaza se dispararon dos árboles de fuego artificial, terminando los festejos con esto y con un baile que tuvo lugar en las habitaciones regias.”

Pero, la tragicomedia comenzó pasados los festejos y el choque sexual de las primeras noches, ya que ---como contaría la Camarera Mayor, Duquesa de Montellano---"aprendida la lección" de cómo hacer el amor se produjo un rechazo mutuo; pues los "niños" (él tenía 15 años y ella 12) no se gustaron y pidieron dormir en habitaciones separadas.

Lo que motivó un cambio brusco en el Príncipe, que le arrastró a "conocer la vida" y a salir por las  noches en compañía de su Ayo, el duque de Pópoli, un napolitano mujeriego, espadachín y provocador, y sus mayordomos, el marqués de Valero y el conde de Arenales... y el joven, conducido por los expertos palaciegos, acabó envenenándose  entre las "tosonas" (las amantes de los poderosos que tenían el Toison de Oro Real) y las "manolas" del ambiente nocturno madrileño. Hasta el punto de que se pasaba las noches recorriendo los burdeles o las "mancebías" (más de 800 registradas) repartidas por el Lavapiés, la calle Toledo, la plaza de la Luna, la Ballesta y la Ribera del Manzanares.

Según el Marqués de Valero, uno de los acompañantes fijos en aquellas correrías nocturnas, pudo  ser en una "mancebía"  especial que descubrieron en  la calle de las Huertas, donde fue contagiado de las viruelas que acabaron con su vida a los 8 meses escasos de ser coronado. Por algo el pueblo decía "Calle Huertas, donde hay más putas que puertas".

La vida cotidiana del Príncipe y luego Rey, según el mariscal Tessé, el enviado de Luis XlV, era la de un juerguista de vida relajada: "En cuanto  almuerza se va a jugar a la pelota, luego o antes se va de caza y camina como un montero y por la noche, sin trabajar eficazmente, creemos que se excede y, sin embargo, no le gusta su mujer, ni a su mujer, él".

Normalmente, aquellas relaciones sexuales nocturnas y en burdeles de mala muerte, bebiendo y consumiendo "brebajes" afrodisiacos, con 16 y 17 años de edad y un físico débil y unos genes propensos a los desajustes sicológicos, no podían terminar bien, como sucedió más o menos a finales de julio de 1724, o sea  a los pocos meses de haber sido coronado (9-2-1724), cuando le atacó la viruela.

¡Y eso fue el principio del fin de Luis l y de su Reinado!

Porque, el ataque de viruela fue tan virulento y el virus tan agresivo que en pocos días enfermaron todas las personas que tuvieron contacto con él, empezando por la Reina, la "loca" Luisa Isabel... hasta el punto que la Reina madre, Isabel de Farnesio, hizo que toda la familia Real se trasladara de inmediato al Palacio de la Granja (aquella epidemia de viruela, que tan mortal resultó: las cifras conocidas indican que sólo en Madrid murieron más de 100.000 personas, 2 millones en España y 300 millones en todo el mundo).

Y hete aquí que fue en esos meses de máxima mortandad (el Rey moriría el 31 de agosto de ese mismo año) cuando la "desechada" Luisa Isabel, ya contagiada también tras las relaciones mantenidas  con su marido, el Rey joven, aunque, sin saber por qué, a ella no le atacó la enfermedad como a los demás de Palacio, de pronto dio un giro en su anormal y alocado comportamiento y se transformó en la "enfermera" ideal para el muy pronto desahuciado enfermo terminal y a su lado se mantuvo de día y de noche.

Sí, así terminó la vida y el Reinado de Luis I, el "Rey Efímero" (a su mujer, la "loca" y "guarra", la Reina Madre, Isabel de Farnesio, la "empaquetó" para Francia en cuanto pudo y allí murió pocos años después, con su Trastorno límite de personalidad a cuestas)...

Pero, sería injusto no reproducir la Carta de Abdicación que el padre, Felipe V, le envía al hijo, Luis, y la que éste le reenvía como respuesta. Pues, no hay nada que defina mejor su caràcter, el de los dos, que esos increibles textos. Pasen y lean:

Carta de abdicación del padre

"Habiéndose servido la Majestad Divina por su infinita misericordia, hijo mío muy amado, de hacerme conocer de algunos años a esta parte la nada del mundo, y la vanidad de su grandeza, y darme al mismo tiempo un deseo ardiente de los bienes eternos, que deben sin comparación alguna ser preferidos a todos los de la tierra, los cuales no nos los dio S.M. sino para este único fin, me ha parecido que no podía corresponder mejor a los favores de un padre tan bueno, que me llama para que le sirva, y me ha dado toda mi vida tantas señales de una visible protección, con que me ha libertado así de las enfermedades con que ha sido servido de visitarme, como de las ocurrencias dificultosas  de mi reinado, en el cual me ha protegido, y conservado la corona contra tantas Potencias unidas, que me la pretendían arrancar, sino sacrificándome, poniéndole a sus pies esta misma corona, para pensar únicamente en servirle y llorar mis culpas pasadas, y hacerme menos indigno de comparecer en su presencia, cuando fuere servido de llamarme a su juicio, mucho más formidable para Reyes, que para los demás hombres (...).

Hemos, pues, resuelto los dos algunos años ha de un mismo acuerdo, con el favor de la santísima Virgen María nuestra señora,  poner en ejecución este designio, y ya le pongo por obra tanto más gustoso, porque dejo la corona a su hijo, que quiero con la mayor ternura, digno de llevarla y cuyas prendas me dan esperanzas seguras de que cumplirá con las obligaciones de la dignidad, mucho más terrible de lo que puedo explicar. Sabed, hijo mío muy amado, conocer bien todo el peso de esta dignidad, y pensad en cumplir todo aquello a que os obliga, antes que dejaros deslumbrar del resplandor lisonjero de que os cerca; pensad en que no habéis de ser Rey sino para hacer de lo que Dios sea servido, y que vuestros pueblos sean dichosos; que tenéis sobre vos un Señor que es vuestro Criador y Redentor, que os ha colmado de beneficios, a quien debéis cuanto tenéis, y aun os debéis a vos mismo: aplicad, pues, a mirar por su gloria, y emplead vuestra autoridad en todo lo que puede conducir para promoverla; amparad, y y defended su Iglesia y su santa Religión con todas vuestras fuerzas, y aun a riesgo si fuese necesario de vuestra corona, y de vuestra misma vida, y nada perdonéis de cuanto pueda servir para dilatarla (...) amparad y mantened siempre el Tribunal de la Inquisición, que puede llamarse el baluarte de la fe, y al cual se debe su conservación en toda su pureza en los Estados de España, sin que las herejías, que han afligido  los demás Estados de la cristiandad, y causado en ellos tan horrorosos y deplorables estragos, hayan podido jamás introducirse en ella, respetad siempre a la Reina, y miradla como a madre vuestra (...)

Palacio de La Granja

Haced justicia igualmente a todos vuestros vasallos grandes y pequeños, sin excepción de personas. Defended a los pequeños de las violencias y extorsiones que se intentaren contra ellos; remediad las vejaciones de los Indios; aliviad vuestros pueblos cuanto pudiereis, y suplid en esto lo que los tiempos tan embarazados de mi reinado no me han permitido hacer, y quisiera haber ejecutado con toda mi voluntad para corresponder al zelo y afecto que siempre me han tenido, que conservaré siempre impreso en i corazón, y de que os habéis siempre de acordar; y en fin, tened siempre delante de vuestros ojos dos santos Reyes, que son la gloria de España y Francia, San Fernando y San Luis (...).

¡Qué regocijo será este para un padre que os quiere, y os querrá siempre tiernamente, y espera que le mantendréis siempre los sentimientos que en vos hasta aquí ha experimentado!. Yo el Rey”. San Ildefonso, 14 de enero de 1724.

Carta de respuesta y aceptación del hijo

“La carta de V.M. padre, Rey, y señor mío muy amado, ha producido en lo más íntimo de mi corazón toda aquella terneza que corresponde a la magnánima deliberación de V.M. Desde luego reconozco que Dios inflama el ánimo de V.M. para despreciar tan heroicamente las grandezas humanas (...).

Pero señor, ¿qué haré yo puesto en el trono, faltándome la viva voz de V.M. para mi ilustración y enseñanza? Ocúpele V.M. todos los años que yo deseo, para que a su vista pueda yo tomar conocimiento práctico de los negocios, y ser útil a Dios, a su Iglesia y a los vasallos (...).

Las piadosas y cristianas advertencias que V.M. me hace, quedan impresas en mi alma. Y para que el olvido no sea capaz de borrarlas de mi memoria, ofrezco a V.M. repasarlas todos los días, para practicarlas con el mayor cuidado y vigilancia.

La Reina, mi señora y madre, será siempre para mi un objeto de veneración y terneza, y en logrando S.M. todas las felicidades que merece, habré yo completado las mías.Esto es cuánto debe representar a V.M. en vista de su Real determinación, este humilde hijo que B.L.R.M. de V.M. Luis, Príncipe de Asturias”

Por la transcripción Julio Merino

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