17 de enero de 2021
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FIN DE SEMANA

Isabel y Fernando casaron a sus hijos estratégicamente para engrandecer aún más sus dominios y, al mismo tiempo, aislar a Francia

Las desventuras de los hijos de los Reyes Católicos: Amores no correspondidos, enfermedades, “locura” y muerte

Retrato al óleo de los Reyes Católicos, en el convento de las Agustinas (Ávila).
Retrato al óleo de los Reyes Católicos, en el convento de las Agustinas (Ávila).
Los Reyes Católicos tuvieron cinco hijos destinados a continuar el legado de sus padres y completar el proyecto que estos habían iniciado. Sin embargo, sus vidas estuvieron marcadas, en líneas generales, por la desgracia y nunca llegaron a alcanzar el propósito para el que fueron concebidos. Hoy, recordamos la historia de los descendientes más directos de Isabel y Fernando.

El reinado de los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, es considerado por buena parte de los historiadores hispanistas como el paradigma de la transición entre la Edad Media y la Edad Moderna.

Esta condición de bisagra entre periodos históricos se debe, entre otros motivos, a la voluntad de ambos de otorgar a sus reinos una proyección exterior que pudiera consolidarlos más allá de sus fronteras, algo que en la península no había sucedido durante el medievo.

La herramienta que pretendían utilizar para lograr tal fin no era otra que sus hijos. A través de sus enlaces matrimoniales, entroncarían con las monarquías más destacadas de toda Europa y, paralelamente, dejarían aislado al gran enemigo del momento: Francia.

Durante su reinado, los Reyes Católicos lograrían, entre otros hitos, derrotar a Portugal confirmando la hegemonía hispánica en la península, expulsar a los musulmanes de Granada o el descubrimiento, a través de las expediciones de Cristóbal Colón, de un nuevo mundo. ­­En definitiva, sentaron las bases de lo que décadas más tarde se convertiría en la monarquía más poderosa del mundo occidental.

Sin embargo, esta nueva empresa acabaría fracasando, hasta tal punto que su desenlace a punto estuvo de destruir el legado del proyecto común al que habían dedicado su vida Isabel y Fernando. Y eso que el plan, en teoría, presentaba pocas fisuras. De hecho, la pareja real tuvo cinco hijos, pero, eso sí, solo un varón.

Este niño estaba destinado a heredar las coronas de sus padres, así como los nuevos territorios que estaban por descubrirse en las Indias. Sin embargo, si algo le ocurría, todo se vendría abajo. A continuación, recordamos la historia de todos los vástagos de los Reyes Católicos.

Isabel de Aragón: Melancolía en la corte de Portugal

La primogénita de Isabel y Fernando viviría únicamente 28 años. En su caso, los escritos de la época concuerdan con la historiografía posterior en el hecho de que la segunda mitad de su vida fue realmente desdichada. Isabel, como todos sus hermanos, se benefició en su infancia y juventud de una educación de élite y se convirtió en una mujer perspicaz, inteligente y notablemente culta.

Al mismo tiempo, llegó a ser una católica convencida. Sus padres, para mejorar las maltrechas relaciones con Portugal, viciadas por las consecuencias de una cruenta guerra que aún estaba reciente, decidieron casarla con el infante luso Alfonso.

Isabel contrajo matrimonio por segunda vez en la Iglesia de Rocamador, en Valencia de Alcántara. 

Los prometidos se habían conocido durante su niñez, pero llevaban años sin verse. Tras su reencuentro, pronto se enamoraron y, durante su breve tiempo juntos, fueron realmente felices. Todo se torció con la muerte de Alfonso en un accidente ecuestre. El fallecimiento sumió a la que fuera princesa de Asturias en un profundo estado depresivo. Regresó a Castilla y decidió dedicarse a la vida religiosa.

Sin embargo, sus padres le pidieron posteriormente que contrajera matrimonio con Manuel, primo del difunto Alfonso. Pese a sus reticencias iniciales, acabó cediendo. Eso sí, lo hizo con la condición de que Manuel expulsara a los judíos de Portugal. Manuel aceptó e Isabel vivió en la corte portuguesa hasta el final de sus días, un canto de cisne que llegó tras dar a luz a su hijo Miguel, quien, poco después, también hallaría la muerte.

Juan de Aragón: Trágico final para el heredero destinado a marcar una era

Desde su nacimiento, fue la gran esperanza de la monarquía hispana. Él debía unir bajo una misma dinastía todos los reinos de sus padres. No obstante, desde su más tierna infancia mostró una salud bastante frágil y su compromiso con la misión que se le había encomendado era bastante cuestionable.

Hubo un primer intento para casarle con Catalina I de Navarra, pero este fue frustrado por la intervención francesa. La nueva candidata era, ni más ni menos que una de las bellezas de la época en las cortes europeas, la inteligentísima Margarita de Austria, hija del emperador del Sacro Imperio, Maximiliano I de Habsburgo.

Cuadro "Educación del príncipe Don Juan", realizado por Martínez Cubells.

Como en el caso de su hermana, el tiempo que Juan compartió con su esposa fue maravilloso para él, pero la muerte volvería a alzarse desde la sombra contra la descendencia de los Reyes Católicos. Juan murió a causa de la tuberculosis, aunque se dice que también influyó su incontinencia sexual con Margarita. Con su fallecimiento, desaparecía del juego político la mayor baza de los Reyes Católicos, su hijo varón. Para colmo de males, la niña que había engendrado junto a Margarita nació muerta.

Juana de Castilla: La supuesta “loca” despreciada por los hombres más queridos de su vida

La muerte de sus dos hermanos mayores y sus hijos dejaba a la tercera en discordia, Juana, como princesa de Asturias. Su figura fue vilipendiada merced a la voluntad de su marido y su propio padre. Además, más tarde también tendría que soportar la misma actitud por parte de su hijo Carlos.

En cualquier caso, cabe mencionar que el sobrenombre de “loca” no hace justicia a su persona, pero el mito de sus problemas mentales, alimentado por la literatura del romanticismo y la historiografía posterior, ha dejado esta imagen de ella en el imaginario popular.

Su juventud está marcada por el misterio. Hay leyendas que apuntan a un posible romance con uno de los hijos de Cristóbal Colón. Del mismo modo, parece que nunca mantuvo la misma disposición religiosa que sus hermanos. Su pensamiento era más libre.

Cuadro Doña Juana La Loca, de Francisco Pradilla. 

Se la prometió con el duque de Borgoña, Felipe “el hermoso”, hermano de su cuñada Margarita. Con él, tendría seis hijos. Según ha trascendido a la posteridad, Juana se enamoró perdida e incondicionalmente de su esposo, quien, sabiendo que la titularidad de los reinos hispánicos recaería en su persona, la manipuló para tratar de hacerse con su gobierno o, al menos, tomar las decisiones de la sombra.

El rey Fernando trabó una profunda enemistad con su yerno cuyas consecuencias sufriría en primera persona Juana, quien, consumida por los celos por las infidelidades de su marido, tendría que ver como tanto él como su padre potenciaron la idea de su presunta enajenación metal para desacreditarla y controlar el poder.

Tras la muerte de su marido, Fernando decretó su encierro en Tordesillas, lugar donde permanecería 46 años cautiva pese a ser nominalmente la reina de Castilla. Su hijo Carlos, a su llegada a la península, tampoco haría por ayudarla.

María de Aragón: La infanta que disfrutó de la felicidad destinada a su hermana

La cuarta hija de Isabel y Fernando tuvo una vida bastante feliz si la comparamos con la de sus hermanos. A lo largo de su infancia, siempre se mantuvo en un perfil más bajo que el de sus hermanos. Después de la muerte de su hermana Isabel, ella contrajo matrimonio con Manuel de Portugal obedeciendo al deseo de sus padres de entrelazar su linaje con la familia real lusa. Ante su marido, intercedería para que este recuperara para la cristiandad ciertos lugares santos en poder de los musulmanes.

Tiziano pintó a Isabel de Portugal, hija de María de Aragón, en este retrato de 1548.

La pareja tendría diez hijos entre los que sobresalen Juan III de Portugal, que reinaría durante medio siglo en el país luso, e Isabel de Portugal, que sería la reina consorte de Carlos V y, por ende, la madre de Felipe II.

Catalina de Aragón: La orgullosa reina de Inglaterra que resistió sola en la corte de los Tudor

La más joven de los hijos de los monarcas católicos sufriría lo indecible fuera de las fronteras de los reinos hispánicos. Inglaterra era un reino pujante, que comenzaba a despegar.

Sin embargo, la inestabilidad política era constante y convenía guardarse las espaldas por lo que esta situación pudiera desencadenar. En este sentido, Isabel y Fernando acordaron el matrimonio de Catalina, con el príncipe Arturo de Inglaterra, que falleció poco después.

Con solo 13 años, Enrique, hermano de Arturo, se enamoró de Catalina y acabarían casándose posteriormente. Enrique ascendería como rey con el nombre de Enrique VIII y Catalina sería la reina consorte. Ella, afín a las teorías humanistas, se relacionó con grandes intelectuales del momento, y desarrolló una destacada actividad como mecenas. Además, se esforzó por encajar en la sociedad inglesa.

Enrique VIII rompió con la Iglesia Católica, entre otros motivos, para poder casarse con Ana Bolena.

La diferencia de edad resultaría con el tiempo un problema, pues es conocida la afición de Enrique por las mujeres de la corte. Sin embargo, Catalina mantuvo su reputación intacta y fue siempre muy querida por el pueblo inglés. La irrupción de Ana Bolena en la vida de Enrique lo cambiaría todo.

Ana instó a Enrique a divorciarse de Catalina, algo que no contemplaba la fe católica. La reina se negó rotundamente, poniendo énfasis en su dignidad y recordando la grandeza de su linaje. Por tanto, tuvo que soportar el repudio de Enrique, que la despojó de buena parte de sus privilegios.

El rey inglés sembró la idea de que su matrimonio con Catalina no era legítimo, pues presuntamente esta habría consumado el enlace con su hermano Arturo. Catalina siempre negó esta acusación y, de hecho, lo haría ante los tribunales que pretendían dirimir esta cuestión. Su defensa fue tan brillante que a Enrique no le quedó más remedio que romper con la Iglesia Católica para cumplir su voluntad.

Desterrada y humillada, Catalina velaría durante los últimos años de su vida por el bienestar de su hija María, conocida como “Bloody Mary (María la sanguinaria)” por la historiografía protestante inglesa, que eventualmente llegaría al trono inglés y trataría de restaurar el catolicismo siguiendo con el legado de su madre.

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