04 de junio de 2020
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FIN DE SEMANA

La película "Mientras dure la guerra" de Alejandro Amenábar se olvidó de reflejar algunos de los pensamientos del genial escritor vasco

Lo que no se conoce sobre los últimos días de Miguel de Unamuno en Salamanca bajo el régimen de Franco

El director de la película y el actor protagonista.
El director de la película y el actor protagonista.
El periodista e historiador Julio Merino finaliza esta serie dedicada al análisis de "Mientras dure la guerra" y la participación de Miguel de Unamuno en aquellos días. Lo hace con un reportaje sobre las propias palabras del escritor en una entrevista concedida a un corresponsal griego. Para Merino, esta pelea interior del propio Unamuno entre apoyar y detestar a los golpistas, acabó con el propio escritor.

Lo decía en otro artículo anterior y lo repito. Concretar la actitud política de Don Miguel de Unamuno en aquellos meses que van desde el 12 de octubre (el día del choque con Millán Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca) y el 31 de diciembre cuando muere es una tarea imposible. Porque su mente cambia de un momento a otro en función de las noticias “macabras” que va recibiendo de las dos Españas (las que ya se están matando sin piedad en los campos de batalla y en las retaguardias)…

Como muestra reproduzco unas palabras suyas del 21 de octubre y otras del 11 de diciembre. Le dice al periodista griego Xazantzakis: “En este momento crítico que está atravesando España, yo se que debería estar junto a los soldados. Son ellos los que nos salvarán, los que impondrán el orden. Los otros nos han traído la anarquía y la barbarie. Franco y Mola son prudentes y tienen rectitud moral”.

Sin embargo, en la carta que escribe al director del ABC y que se publica el 11 de diciembre dice: “Da asco ser ahora español desterrado en España. Y todo esto lo dirige esa mala bestia ponzoñosa y rencorosa que es el general Mola”.

En cualquier caso, si sabemos que Don Miguel concedió varias entrevistas a periodistas extranjeros en esos meses y, como han demostrado los biógrafos Jean Claude y Colette Rabaté, miles de cartas. De todas ellas creo que la que mejor le refleja es la que le hizo el escritor griego Xazantzakis y que por su interés, reproduzco integra:

“Doy vueltas por el jardín otoñal, en el corazón de la vieja Salamanca, que rodea a la iglesia de Santa María de los Caballeros. Espero a que llegue el momento de llamar a la puerta del gran anciano de Europa, de don Miguel de Unamuno. Me siento un poco conmovido. El hombre que pudo convertir sus flores en frutos y llegar a lo más alto, al sol, fue siempre para mí uno de los más consagrados hombres de la tierra. 

Las hojas habían amarilleado; los álamos brillaban; tres altos cipreses, inmóviles, invariables en la primavera y en el invierno, permanecían enhiestos, oscuros, en el dorado atardecer. Repasaba en mi interior las dos preguntas principales que quería formular a Unamuno.

—¿Cuál es el deber del intelectual de hoy? ¿Participar en la lucha? ¿En qué bando?

—¿Cómo ve el momento actual de España y del mundo? La nueva guerra ya está aquí, en este país se da el primer conflicto. ¿Es posible (y se debe) impedir?

Llamé a la puerta y entré en un despacho estrecho y largo, desnudo, con poquísimos libros, con dos grandes mesas y dos paisajes románticos en las paredes. Ventanas grandes, luz abundante, un libro inglés abierto sobre el escritorio.

Presté atención. A lo lejos, en el pasillo, podían oírse los pasos de Unamuno, que se acercaba. Era un andar cansino, arrastrado, de viejo. ¿Dónde estaba el paso ligero, la elasticidad juvenil que tanto había admirado en él, hacía sólo unos años, en Madrid? Cuando se abrió la puerta vi a un Unamuno encorvado, que había envejecido de pronto, que se había marchitado. Pero su mirada brillaba, siempre atenta, rápida y violenta como la del torero.

No me dio tiempo abrir la boca. Unamuno había irrumpido en el centro del ruedo.

—¡Estoy desesperado –gritó apretando los puños– por lo que sucede aquí!: Guerras, matanzas, incendios de iglesias, ceremoniales, banderas rojas y estandartes de Cristo… ¿Por qué cree usted que sucede, porque los españoles tienen fe, unos en la religión de Lenin y otros en la de Cristo? ¡No! ¡No! Escuche, preste atención a lo que voy a decirle: Todo eso pasa porque los españoles no creen en nada. ¡En nada! ¡En nada! Están desesperados. Esta palabra no existe en ningún otro idioma del mundo. Porque ninguna nación, aparte de la española, tiene este sentido. Desesperado es el que sabe muy bien que no tiene dónde agarrarse, que no cree en nada, y como no cree en nada le posee la rabia.

Una escena de la película.

 Un explorador inglés viajaba en canoa con unos salvajes. En la proa llevaban ídolos, dioses y demonios, a los que veneraban, por lo que se sentían seguros, tranquilos y felices. Pero el inglés no podía soportar tenerlos enfrente, ni creía en ellos ni compartía la felicidad de los salvajes, y un día se apoderó de él la rabia y los rompió en mil pedazos y los pisoteó. Ese día, el inglés estaba desesperado. –Unamuno se quedó en silencio y miró por la ventana.

—¿Qué tal ustedes en Grecia? –preguntó.

Pero sin esperar la respuesta, salta de nuevo a la arena:

—El pueblo español se ha vuelto loco. No solamente el pueblo español, sino todo el mundo hoy. ¿Por qué? Porque el nivel espiritual de la juventud de todo el mundo se ha deteriorado. No solo desprecian el espíritu sino que lo odian. ¡Odio, odio por el intelecto! Esta es la característica de los jóvenes de hoy en todo el mundo. Quieren deportes, acción, guerra, lucha de clases. ¿Por qué cree usted que quieres estas cosas? Porque odian el espíritu. Dicen que quieren basarse en la realidad, les dan asco, dicen, los romanticismos, los sentimentalismos y las ideas abstractas. ¿Por qué cree usted? Porque odian el espíritu. ¡Yo conozco bien a los jóvenes de hoy, a los modernos! Odian el espíritu. 

En ese momento, apenas tuve el tiempo de pronunciar rápidamente una pregunta.

—Entonces, ¿qué deben hacer los que todavía aman el espíritu?

Unamuno, cosa rara, me escuchó. Se quedó un momento callado y estalló de nuevo.

—¡Nada! –gritó–. ¡Nada! ¡El rostro de la verdad es terrible! ¿Cuál es nuestro deber? ¡Esconder la verdad al pueblo! El Antiguo Testamento dice: “El que mira a Dios de cara, morirá”. Ni siquiera Moisés pudo mirarle a la cara. Le vio de espaldas y solamente distinguió el borde de su túnica. Así es también la verdad. ¡Engañar! Engañar al pueblo, para que los hombres tengan la fuerza y el deseo de vivir. Si supieran la verdad, ya no podrían ni querrían seguir viviendo. El pueblo necesita de mitos, del engaño. ¡En esto es en lo que basan sus vidas! Mire, escribí sobre este tema terrible en mi último libro, cójalo.

Había revivido. La sangre fluía de nuevo por sus venas, se sonrojaron sus mejillas y su cuerpo se irguió. Rejuveneció. De un salto llegó a la estantería, tomó un libro, escribió en él unas palabras y me lo dio:

—¡Cójalo! San Manuel Bueno, mártir. Léalo y verá. El héroe es un cura católico que no cree en Dios, pero lucha para difundir en el pueblo la fe que no tiene para consolarlo y que pueda vivir. ¡Para vivir! Porque sabe que sin fe, sin esperanza, el pueblo no puede sobrevivir.

Milicianos en la Guerra Civil Española.

Se rio con una carcajada sarcástica, desesperada.

—Hace cincuenta años que no me confieso. Pero he sido confesor de muchos curas, monjes y monjas. No me interesa el clero que se harta de comer y beber o de acumular riquezas. Me interesan más los que aman a las mujeres. Estos son los que realmente sufren. Pero más todavía me interesan los que han dejado de creer. Los que desde el púlpito hablan de una fe que ya no tienen. La tragedia de esta gente es terrible. Así es mi héroe, San Manuel Bueno. ¡Mire!

Con mano nerviosa, Unamuno comenzó a hojear el libro y a leer. Leía y leía, le encantaba escuchar sus palabras y su voz. Leyó todo el libro y se detuvo: 

—Entonces, ¿qué piensa? –me dice–. ¿Cuál es su idea?

—Del mismo modo que al final de la civilización grecorromana –contesto yo–, hoy también la razón dialéctica ha llegado más allá de lo que es necesario para la vida. Creo que es el momento para que la mentalidad dialéctica se adormezca. Que se duerma para que despierten las fuerzas creadoras del hombre.

—¿Un nuevo Medievo, entonces? –gritó Unamuno echando chispas por los ojos–. ¡Es lo que yo sostengo! Se lo dije una vez a Valèry: “La mente no puede digerir los grandes progresos que ha hecho, debe descansar”.

En ese momento se oyeron por la ventana músicas y ruidos y soldados que clamaban “¡Arriba España!”. Unamuno escuchó atentamente. Pasó el tumulto. Se oyó de nuevo la voz cansada y triste del viejo español:

—En este momento crítico que está atravesando España, yo sé que debería estar junto a los soldados. Son ellos los que nos salvarán, los que impondrán el orden. Los otros nos han traído la anarquía y la barbarie. Franco y Mola son prudentes y tienen rectitud moral. Quieren el bien del país, son sencillos y equilibrados. Saben lo que significa la disciplina, y saben imponerla. No haga caso, no me he vuelto de derechas, no traicioné la libertad. Pero, por ahora, es absolutamente necesario imponer el orden. Después me levantaré y empezaré a luchar de nuevo por la libertad, absolutamente solo. No soy ni fascista, ni bolchevique. Estoy solo.

Traté de cambiar de conversación porque veía lo que sufría este luchador de cabello encanecido. Pero el anciano no me lo permitió.

—¡Estoy solo! –gritó otra vez y se levantó–. ¡Solo como Croce en Italia!”

¡Y esto lo dice “Don Miguel” 9 días después del choque con Millán!…y esto lo calla el Director Amenábar!... mientras destaca el “Venceréis, pero no convenceréis” que no dijo. Señores, ni quito ni pongo Rey, pero digo lo que un día, siendo muy joven, le dijo a su buen amigo “Azorín”:

“Amigo Azorín”, ya sé que esto que digo va a doler, pero ya sabe mi bandera: “la verdad, siempre, aunque duela”. Como calla el “Paseo” que le dio Rafael Alberti en “El Mono Azul” el 27 de agosto de 1936 y que tanto le entristeció cuando se lo leyeron. El que decía:

“Don Miguel de Unamuno, no. Esa especie de fantasma superviviente de un escritor, espectro fugado de un hombre, se alza, o dicen que se alza, al lado de la mentira, de la traición, del crimen. Unamuno fue siempre propenso a meter la débil agudeza de su voz en aparentes oquedades de máscara. Máscara Don Quijote, para él. Máscara el Cristo de Velázquez. La autenticidad del escritor revelaba entonces dignamente el secreto trágico de tales nobles mascaradas. Pero ahora no es una voz en grito angustiado de tragedia la que viene a decirnos su palabra. Es algo terrible para él, angustioso de veras para la dignidad humana de la inteligencia. Es la más dolorosa de todas las traiciones: la que se hace el hombre a sí mismo por la más innoble de las cobardías; la que reniega, rechaza, abomina de la excelsa significación de la palabra, de la vida, de la independencia, de la libertad. Esta horrible mentira, encarnada entre los labios del superviviente Unamuno, ¿qué nueva perspectiva sangrienta y amarga nos abre ante su pasado, manchándolo y envileciéndolo quién sabe durante cuánto tiempo ante las generaciones futuras?”

Escena de la película.

En aquel momento se salvó del “paseo” de los milicianos rojos que llevaban a las cunetas o a las tapias de los cementerios simplemente porque estaba en Salamanca.

Tampoco se menciona en la película el gran impacto que le causó la noticia del holocausto de las 8.000 víctimas de Paracuellos del Jarama ni de las lágrimas que compartió con su hijo Fernando cuando se enteró de los asesinatos de Ramiro de Maeztu y Muñoz-Seca.

Y yo digo lo que decía muchas veces Don Miguel: Un silencio es más culpable que una acusación.

Pero, como un periódico no es un libro pongo punto y final a esta mini serie que me ha permitido mi buen amigo Juan Luis Galiacho sobre “Mientras dure la guerra” (por cierto, que habría que recordarle a Don Alejandro Amenábar que la guerra terminó en abril del 39 y que la perdieron los republicanos y la ganaron Franco y los suyos)… Y termino con las últimas palabras que “Don Miguel” dedica a Franco, porque creo que ahí refleja con fuerza y con sinceridad lo que de verdad pensaba del General y ya Generalísimo, en aquellos momentos y del “franquismo”.

Escribió: “Entre los Hunos (rojos) y los Hotros (blancos, color de pus) están desangrando, ensangrentando, arruinando, envenenando y, lo que para mí es peor, entonteciendo a España. La España que proclama como Caudillo a Franco, personalmente un buen hombre, victima y juguete de la jauría de hienas que le rodean, cobra todo sentido menos franqueza y verdad” (11/XII/36). Todo está claro: En “Mientras dure la guerra” están presentes las dos Españas.

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