03 de octubre de 2022
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FIN DE SEMANA

Junto a Lucio Sandín y el malogrado Yiyo formaron parte de la primera generación de la Escuela Taurina, que levantó gran expectación en los 70

Julián Maestro, uno de los 'Príncipes del Toreo': "La Tauromaquia clásica, la de antes, es la que toca los corazones"

Julián Maestro.
Julián Maestro.
Julián Maestro se puso delante de una becerra por primera vez a los diez años. Debutó con caballos en 1980, en la plaza de Vistalegre (Madrid), y se presentó en Las Ventas en 1982. Tomó la alternativa el 5 de mayo de 2002, en Móstoles (Madrid) con Luis Miguel Encabo como padrino y Alfonso Romero de testigo, vestido de blanco y oro. Enamorado de esta pasión, el matador y banderillero relata a nuestro crítico José Ignacio Herce su experiencia en los ruedos.

A los diez años se puso delante de una becerra por primera vez, a los doce ya mataba algunos becerros en público y a los trece ingresó en la Escuela Nacional de Tauromaquia. Debutó con caballos en 1980, en la plaza de Vistalegre (Madrid) y se presentó en Las Ventas en 1982. Tomó la alternativa el 5 de mayo de 2002, en Móstoles (Madrid) con Luis Miguel Encabo como padrino y Alfonso Romero de testigo, vestido de blanco y oro. La ganadería fue de La Laguna y cortó oreja y oreja. Tuvo la desgracia de tener que ser atendido en la enfermería al lidiar a su segundo por un puntazo en el escroto de pronóstico reservado que no consiguió apartarle de su camino de ser figura del toreo.

Maestro, usted fue uno de los 'Príncipes del Toreo' junto a Lucio Sandín y el malogrado Yiyo, que formaron parte de una de las primeras generaciones de la Escuela Nacional de Tauromaquia. Dieron la vuelta a España en casi un centenar de becerradas y novilladas sin picadores a finales de los años setenta, presentándose en Villanueva de Alcardete, provincia de Toledo, el 3 de noviembre de 1978, donde se vistieron de luces por primera vez con catorce años. En total, entre 1978 y 1979 mataron juntos 74 becerradas en España y Francia bajo la denominación de 'Los Príncipes del Toreo' y seguro que pensando en el día en que dejarían de serlo para convertirse en los reyes del toreo.

- ¿Quiénes eran 'Los Príncipes de Toreo' y que cree que aportaron al mundo del toreo?

- Éramos unos chavalines con apenas trece años que nos conocimos, como bien dices, en la Escuela Nacional de Tauromaquia y que conseguimos despertar mucha ilusión y alegría entre los chicos de nuestra edad y en los aficionados, quizá pensando en que podíamos convertirnos en grandes figuras del toreo. Intentamos llevar aire fresco a la fiesta, desempolvando quites en desuso, rescatando viejas suertes caídas en el olvido y sobre todo, aportando ilusión, mucha ilusión.

- Tenían un número con las banderillas que terminaba con los tres arrodillados ante la res y que fue la delicia del público, ¿cierto?

- Yiyo y Lucio siempre banderilleaban, yo solo lo hacía cuando veía que me podía salir muy bien o que iba a ser un tercio lucido, pero cuando lo hacíamos los tres acabábamos haciendo ese numerito que sorprendía mucho al público.

- ¿Cómo fue vuestra experiencia al salir de la Escuela donde de alguna manera todo era más fácil?

- La Escuela nos facilitaba todo y nosotros solo nos ocupábamos de entrenar. Cuando salimos de allí nos dimos de cara con la cruda realidad, con toda la picaresca que rodea a este mundo del toro (Sonríe)…. con la realidad de la vida, en suma. También es cierto que como íbamos con mucha preparación, despertamos mucho interés y, de hecho, Manuel Chopera nos contrató para muchas de sus plazas. La verdad es que después de la salida de la Escuela nos llevaron con buena voluntad, pero fuimos mal dirigidos los tres.

- Cada uno de ustedes tenía su propia personalidad y estilo, defíname a sus compañeros.

- Pues mira, éramos muy diferentes los tres. En aquella época, Yiyo era el que más carisma tenía para la gente, era muy valiente y el más “bullidor”; Lucio tenía mucha personalidad, era más frío, un torero serio y luego, según dicen, yo quizá era el más artista, el que llegaba más al corazón del aficionado.

Los Príncipes del Toreo.

- Tras la trágica muerte de José Cubero “Yiyo” y las graves cornadas sumadas a un accidente de trafico de Lucio Sandín que le obligaron a retirase de los ruedos, el único en quedo en activo fue usted. Triste final el de los príncipes, ¿no?

- Lo primero que me caló muy profundo fue la pérdida del ojo derecho de Lucio por una cornada en el 83 y luego la muerte de Yiyo dos años después, pero esto es algo que engancha y yo nunca pensé en tirar la toalla.

- Durante las temporadas 1982-1989 toreó en muchas plazas que le llevaron a lo más alto del escalafón, entre ellas nueve tardes en Madrid y una en la Feria de San Isidro de 1984. En 1989 se hizo banderillero, tras lidiar en Las Ventas novillos de El Álamo. Un 1 de mayo de 1989, después de haber toreado varias temporadas en la plaza de Las Ventas, en una actuación sin suerte decidió cortarse la coleta. ¿Qué pasó aquella tarde que le llevó a esa decisión?

- Pues que yo me había planteado esa actuación como el futuro de mi carrera. Iba absolutamente mentalizado en que esa era mi última oportunidad. Quizá me cargué de demasiada responsabilidad y salió todo al revés, empezando por un día con mucho aire, luego me salieron dos novillos muy malos y muy complicados y en el último me dije “tanto esfuerzo, tanto trabajo para esto…” y llame a un banderillero para que me cortara la coleta. Ese mismo día por la noche ya estaba arrepentido, salí a emborracharme porque estaba amargado…con 25 años había renunciado a todo lo que había hecho desde niño.

- Pero, según sus palabras, “aquello duró poco, pues un mes después ante el consejo de un banderillero retirado, me hice subalterno para seguir en el mundo que más me gustaba”. Y así, fue banderillero de Víctor Mendes, Luis Francisco Esplá, José Tomás, José Luis Bote o Cristina Sánchez entre otros, permaneciendo en el escalafón durante 13 temporadas. ¿Se vive mejor de banderillero que de matador?

- Es distinto.  Mira, cuando me hice banderillero lo hice por seguir en el mundo que me gusta. Pero donde yo he disfrutado y lo que realmente me apasiona es ser matador. Lo cierto es que este mundo se vive muy intensamente, tanto desde un lado como del otro, pero en ambos casos se tiene mucha incertidumbre. Tienes que prepararte continuamente por si te sale algún festejo, sobre todo en verano, luego cuando sales a la plaza no sabes si vas a volver o no, fíjate que mi primera cornada la tuve con 18 años…. Pero bueno, también tiene sus cosas bonitas como esos viajes largos en los que vas con los compañeros hablando de toros que es lo que nos gusta.

Lo cierto es que siempre en mi pensamiento tuve la idea de algún día reaparecer y ser Matador de Toros. Tomé mi alternativa el 5 de mayo del año 2002 en Móstoles (Madrid) y corté dos orejas, pero ya no era novedad y vi que mi tiempo ya había pasado. Tenía entonces 38 años y creí que aquello me iba a servir para torear más corridas, pero solo me sirvió para torear otra más en España porque se buscaban toreros más jóvenes. Intenté la aventura en México y a mi regreso a España, ante las dificultades de todo tipo con que me encontré, volví a mi antigua categoría de banderillero donde he disfrutado mucho de la profesión hasta el momento de mi retirada.

 - ¿Cuáles han sido los mejores momentos de su vida profesional?

- Tres, el primer día que me puse delante de una becerra, la primera vez que me vestí de luces y el día de la alternativa, ese día si hubiera muerto habría muerto feliz.

Julián Maestro.

- ¿Y el peor?

Ya te lo dije, el día que me corté la coleta.

- Julián, ¿cómo se vive el miedo?

- Es un miedo a todo, hay quien dice que es miedo a la responsabilidad, al fracaso… Mentira, cuando sales a la plaza se tiene miedo a todo y al toro incluido, ¡cómo no vas a tener miedo a una fiera que te puede matar! Pero aun así nunca he tenido ganas de abandonar, aunque no te niego que alguna tarde en Madrid, cuando desde el burladero veía posarse los pajaritos en la arena, me habría gustado ser uno de ellos y salir volando (Ríe).

- ¿En alguna ocasión se vio morir en el ruedo?

- No, he notado que estaba mal herido, pero verme morir no. Son décimas de segundo en las que no piensas nada, sientes el calor de la sangre que te quema, pero no sabes el alcance. Como curiosidad te digo que en una cornada me quedé a un centímetro de seccionarme el esfínter.

- Dicho por usted, “Me siento identificado con el toreo clásico, con el toreo de siempre, el eterno, el que siempre perdura en la memoria de los buenos aficionados”. ¿Cuál es su idea del toreo de verdad?

- El toreo clásico, el de antes, es el que toca los corazones… Cuando estás toreando a gusto y surge esa magia que te hace trasmitírselo a los espectadores. Cuando un torero está a gusto transmite a miles de espectadores, sean aficionados o no.

- ¿Cuáles son los valores del toreo?

- La educación taurina, el respeto a los compañeros y ser un torero honrado, dentro y fuera de la plaza.

- ¿Se ha perdido la liturgia de la tauromaquia?

- Sí, se ha perdido el ritual, por eso toreros como Morante se distinguen de los demás, porque mantienen esos valores, esa química, esa magia… Ahora hay matadores que no saben ni colocarse la montera, la llevan mal calada por debajo de las cejas, casi en los párpados, en vez de llevarla bien puesta al ras de las cejas. Una cosa que antes se valoraba mucho por los matadores era la labor de brega, que pegues los capotazos justos, que estés bien colocado por la plaza… Un buen lidiador era muy bien valorado, más incluso que un buen par de banderillas, que eso lo valora más el público, por eso lo que yo hacía con el capote era lo que me gustaba que me hicieran cuando era matador.

Julián Maestro.

- Otras palabras suyas, “Hacer a un torero es muy difícil, deshacerlo muy fácil”, explíquenos qué quiere decir con esta afirmación.

- Pues sí, hacerlo es muy difícil, el apoderado tiene que conocerte bien, saber dirigirte, qué ganaderías van acordes con tu sentir del toreo, cuando estás listo para volver a la plaza después de un percance… el apoderado es como un padre. El deshacerlo es mucho más fácil, coge a un chaval y le llevas a donde unas vacas le pegan una paliza y no vuelve, o le pones unas corridas malas que le acaban desilusionando… Por ejemplo, no se puede meter a los chavales a Las Ventas sin preparación, sin pasar por los pueblos, eso hace que muchos se estrellen antes de tiempo.

- ¿Qué valores debe de tener un torero?

- Lo primero vocación, afición, sacrificio y algo también de facultades por supuesto. A esto hay que añadir educación y respeto a los mayores.

- ¿Ves diferencias entre las escuelas de antes y las de ahora?

- Antes había más romanticismo, más pasión, era casi como una religión, te enseñaban otras cosas como lo de colocarse la montera que te decía antes o a colocarse el capote de paseo, saberte colocar por la plaza, estar en torero, andar en torero…ahora hay más técnica. Una curiosidad, antes estaba muy feo beber agua o enjuagarse la boca por parte de los toreros antes de entrar a matar al animal, cuando lo suyo fue siempre al término de la lidia o en el tercio de banderillas mientras la cuadrilla lidia al toro, ahora lo hacen todos en todo momento.

- Y ¿entre los toreros?

- Aquellos años 70,80 y 90 son los que personalmente más disfruté de la profesión. Y cuando llegaron los 2000 todo esto estaba cambiando o sin darme cuenta ya había cambiado. El respeto y la admiración que nos inculcaron ya no era el mismo, aunque sé que nunca se perderá del todo.

- Usted ha llegado a decir "Me he llevado muchas decepciones, hay mucha envidia en el toro. Hay que andar peloteando mucho y yo no puedo". Explíquenos eso.

- Hay mucha envidia y mucha mentira. Cuando estás arriba no para de sonar el teléfono, cuando estás en baja, deja de sonar automáticamente. He sentido falta de ayuda de los que creía amigos cuando necesitaba corridas…pero nada.

- ¿Decepción no con el toreo sino con el mundo del toreo?

- Por supuesto, si volviera a nacer volvería a ser torero.

- ¿Para usted ha cambiado la tauromaquia?

- Pues dicen que sí, pero yo creo que la tauromaquia es siempre la misma y el toro pone a todos en su sitio, pero si es cierto que hay cosas que han cambiado, por ejemplo, ahora el toro es mucho más grande -antes tenías los Santa Coloma más bajitos, por ejemplo-, ahora hay menos diversidad de encastes, ahora los preparan como atletas, casi no se caen, es todo más visible…creo que las cosas han cambiado, pero de cara al aficionado, y es lógico porque el empresario tiene que buscar su interés. Una cosa por ejemplo que no me gusta ahora es que son faenas muy largas, son cansinas, aburridas, antes eran quince o veinte muletazos y a matar…no tienen sentido de la medida de la lidia, salvo algunos como Morante o Tomas.

- ¿Y el aficionado?

- Ese es otro tema. Por ejemplo, en Madrid, hay aficionados muy buenos pero otros muy bocazas, irrespetuosos. Por chillar más no se es mejor aficionado, no saben que a un torero lo que más le duele es la indiferencia, el no saber qué pasa. Cuando nadie dice nada sientes que no has trasmitido ni odio… Lo que hay es mucho “enterao”, no sé si para presumir ante la novia. (Ríe)

- ¿Hoy día quién representaría esos valores que defiende?

- Como te he ido diciendo, Morante, pero también Talavante o José Tomás con el que he ido y que es un torero muy clásico y con mucha honradez. Ahora bien, también tenemos toreros como Roca Rey, un torero muy quieto, honrado, de mucha garra, que tiene todos mis respetos, pero no está en mi línea, aunque le reconozco muy necesario, atrae al público.

- ¿Cuál consigue tenerte en vilo toda la lidia?

- José Tomás, sin duda.

- Y ya para terminar, ¿ahora queda algún Maestro de apellido en los ruedos?

- Sí, mi sobrino Miguel Maestro que, aunque estuvo mal dirigido al principio, tiene clase, sello y calidad. Tomó la alternativa en 2019 y si tiene suerte y encuentra a alguien que le lleve bien, dará mucho que hablar

- ¿Qué consejos le ha dado?

- Que si en algún momento ve que tiene que dejarlo, aunque le digan lo contrario, que lo deje y si por el contrario le dicen que lo deje, pero él cree que tiene que seguir, que siga. Él tiene que ser el dueño de su vida. Piensa en si Antoñete o Ojeda con su edad hubiesen hecho caso a la gente lo que habría ocurrido.

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