20 de octubre de 2020
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FIN DE SEMANA

Aunque su sueño fue siempre interpretar papeles serios su tono de voz la encasilló en papeles de "sirvienta" en las comedias de los años sesenta

Se cumplen 25 años sin Gracita Morales: La historia de la cómica que sufrió un drama en su vida

Gracita Morales.
Gracita Morales.
Hace un cuarto de siglo, el 3 de abril de 1995, fallecía Gracita Morales una de las actrices de comedia que más popularidad ha llegada a acumular en toda la historia del cine español. Pocos nombres están tan directamente relacionados con un género y un papel determinado. Sin embargo, en los años setenta fue vetada por la industria debido a sus problemas psicológicos, que la provocaban cambios de conducta. En sus últimos tiempos estaba prematuramente envejecida y sólo obtenía papeles de reparto.

Gracita Morales convirtió la peor voz del cine español en su principal y más reconocible recurso. Un timbre casi infantil y estridente que en cualquier otra persona habría resultado molesto, pero a ella le dio un punto de eterna adolescencia. También la hizo acabar siempre encasillada en papeles de mujeres mucho más jóvenes que ella y envueltas en un toque de inocencia no exenta, a veces, de descaro. Todas las sirvientas, monjas y pilinguis inocentonas del cine español tuvieron su cuerpo.

María Gracia Morales Carvajal nació en Madrid el 11 de noviembre de 1928 y era hija del dueño del Teatro Calderón de la capital. Desde pequeña tuvo vocación de actriz dramática y se enroló como meritoria en varias compañías a finales de los años cuarenta: Josita Hernán, Catalina Bárcena, Ernesto Vilches, Antonio Vico y Carmen Carbonell. En 1959 llegó su gran oportunidad cuando el autor Alfredo Mañas le ofreció un papel en Las ferias de Cuernicabra. Fue al aparecer en escena y, con su voz atiplada, gritar: “¡Ave María Purísima!”, y el público estalló en carcajadas y el papel dramático se convirtió en cómico y ya nadie la sacó de ese género.

En 1960 le llegaba su gran oportunidad en el cine con la brillante adaptación cinematográfica que hizo José María Forqué de la obra de Miguel Mihura Maribel y la extraña familia. A partir de ahí inició una carrera metórica con más de cien títulos. Gracita fue uno de esos extraños seres que como José Luis López Vázquez, Alfredo Landa o Rafaela Aparicio conseguían dignificar guiones pésimos. Aunque participó en una obra maestra del humor negro como fue Atraco a las tres (1962), fue La chica del gato (1962) la obra que hizo de ella una estrella.

Durante los diez años siguientes interpretó multitud de sirvientas lenguaraces y representantes de la sabiduría popular. En pleno desarrollismo económico encarnó no pocas veces a jóvenes (a pesar de haber cumplido ya los cuarenta) trasplantadas del campo a la gran ciudad para trabajar de empleadas del hogar.

En el cine Ozores la dirigió en obras taquilleras como Crónica de nueve meses (1968), Hoy como ayer (1966) o ¡Cómo está el servicio! (1968). En el teatro el autor Alfonso Paso consiguió algunos de sus mayores éxitos con ella con títulos como Los palomos que en 1965 se llevó al cine con ella y José Luis López Vázquez.

Con este actor madrileño protagonizó una pareja curiosa de españolitos medios que Mariano Ozores colocaba en parodias del cine de espías en los años en los que el fenómeno del bondismo estaba en pleno auge. Eran cintas como Operación Cabaretera, Operación bikini u Operación Mata-Hari. También estuvieron juntos en la inevitable Sor Citröen.

A pesar de ser una estrella no renunció a seguir interpretando papeles secundiarios en vehículos conducidos por otras luminarias como Manolo Escobar, Rocío Dúrcal, Marujita Díaz o Paco Martínez-Soria. Ella decía que en España no se ganaba dinero siendo famosa y que por eso aceptaba todo lo que le daban. “Aquí sólo se hace caja si eres Sara Montiel, en comedia se consigue sólo nombre y con eso no se come”, decía ella para justificarse. Otros aseguran que sí ganó dinero pero que no paraba de trabajar para olvidar sus problemas privados.

Se casó el 26 de junio de 1960 con el pintor tinerfeño Martín Zerolo. Perteneciente a la corriente del realismo mágico, Zerolo perdió pronto el interés por su esposa y esto, unido a un embarazo fallido, hizo que la actriz cayera en depresiones y crisis nerviosas. La España de la época estaba poco acostumbrada a acudir a los psicológos y los problemas mentales se curaban atiborrándose a pastillas.

Obra de Martín Zerola. 

Sus cambios de carácter y sus arrebatos de ira hicieron que poco a poco los directores y productores dejaran de contar con ella. José María Reyzabal llegó a decir que Gracita Morales le daba dinero, pero no le compensaba aguantarla.

Concha Velasco en sus memorias Diario de una actriz (2001) recordaba cómo en un rodaje con Manolo Escobar llegó a llamar "hijo de puta" al director José Luis Sáenz de Heredia, tirando, además, al suelo la cubertería del restaurante donde estaban comiendo al enterarse de que el personaje de la película se llamaba como ella.

“Nunca la profesión le dio de lado, sino que fue ella misma la que con su actitud, sus problemas personales, se fue alejando paulatinamente del cine. Se dijo que al no haber tenido hijos pudo deberse su desequilibrio sentimental”, explicaba Mariano Ozores en su autobiografía Querido público (2000).

“Fue vetada porque era temperamental. Estaba enferma mentalmente, lo que le creó un estado de ansiedad que nos hacía la vida imposible a todos. Siendo una persona maravillosa, con un carisma y una personalidad asombrosa, gracia espontánea y arrebatadora… no compensaba trabajar a su lado”, explicaba a su vez el que fue su gran compañero José Luis López Vázquez.

La evidencia es que al fin de los años setenta ya casi no rodaba. La democracia trajo nuevas formas al cine. Ni el destape contaba con ella, ni tampoco el nuevo cine de autor. No tuvo la oportunidad de renovarse, como si lo hicieron sus compañeros López Vázquez, Sacristán o Alfredo Landa.

En los ochenta volvió al teatro gracias a José Luis Alonso de Santos y obtuvo un discreto éxito con una versión de Las mujeres sabias (1984) de Moliere. En el cine, aunque tuvo un papel autoparódico y sorprendente junto a Rafaela Aparicio en El pico II (1984) a las órdenes de Eloy de la Iglesia, hizo sobre todo papeles secundarios en filmes de Ozores.

Gracita Morales en sus últimos años. 

En los primeros años de los noventa volvió a la decadencia, aunque la llegada de las televisiones privadas puso de moda la emisión de sus viejos éxitos para rellenar programación, pero sólo consiguió un par de papeles secundarios en series de la época y en programas de entrevistas.

La nueva Gracita estaba prematuramente envejecida, a pesar de tener solo 60 años. Como si el tiempo que había pasado interpretando jovencitas se hubiese tomado la revancha sobre su rostro. “En sus últimos años se los pasó drogada con pastillas y abandonaba de todos”, así de cruel se mostraba su sobrina Ana Carvajal en el entierro de una reina de la comedia que soñó con ser actriz dramática y acabó protagonizando una tragedia en su vida íntima, pero que dejó su impronta como una de las más grandes actrices cómicas de España.  

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