27 de mayo de 2022
|
Buscar
FIN DE SEMANA

Fue bautizada como "la Loca", pues tanto su marido Felipe el Hermoso como su padre Fernando el Católico intentaron que no reinase

La verdadera historia de Juana I de Castilla cuando se cumplen 467 años de su muerte

Monumento de Juana I de Castilla en Tordesillas.
Monumento de Juana I de Castilla en Tordesillas. / José Luis Cernadas Iglesias
El 12 de abril de 1555, hace hoy 467 años, murió en Tordesillas Juana I de Castilla, más conocida, a nivel popular, como Juana "la Loca". Hija de Isabel la Católica y Fernando el Católico, fue la encargada de continuar el legado de sus padres a través de su matrimonio con Felipe el Hermoso. El amor que le unía al Hermoso fue el mayor culpable de que muchos consideraran que tenía graves problemas mentales. Siempre se ha hablado de su locura, y es momento de conocer la verdad.

Juana I de Castilla, hija de los Reyes Católicos –Isabel y Fernando–, fue la encargada de reinar, por primera vez, los territorios que, juntos, terminaron por conformar España. Más conocida, a nivel popular, como Juana “la Loca”, llegó a ser una de las mujeres más poderosas de su época, y su historia sigue suscitando interés y curiosidad aún en nuestros días.

Juana no estaba realmente llamada al trono sino que era la tercera en la línea de sucesión de los Reyes Católicos. Aun así, su madre, Isabel la Católica, tenía otros planes para Juana, y se convirtió en la encargada de afianzar el poder geopolítico que la reina Isabel anhelaba. La ambición de su madre la llevó a prometerse con Felipe el Hermoso, hijo de Maximiliano de Austria. De esta manera, a los 16 años viajó a la corte de los Países Bajos, en Flandes, para casarse con él. Según cuenta la historia, en cuanto se conocieron se enamoraron.

Juana murió el 12 de abril de 1555, hace ahora 467 años. Su vida, cuentan, fue trágica, y según muchos investigadores, quizá Juana “la Loca” no lo estaba.

El complot hacia Juana

El amor atrapó rápidamente a Juana y Felipe el Hermoso y les uniría para siempre a través de su matrimonio. Ese amor, a ella le duraría toda la vida, no así el de su marido hacia Juana. Aquel enamoramiento fue efímero y el de Flandes comenzó a yacer con todas las mujeres que le apetecía, algo que produjo en Juana unos profundos celos con ataques de ira. Aprovechándose de esta situación, Felipe y su suegro, Fernando el Católico, que tenían en común el ansia de poder, empezaron a alimentar la leyenda de que Juana no estaba capacitada para ocupar el trono y que tenía problemas mentales.

Sin embargo, Isabel la Católica, quien había tenido grandes disgustos y quebraderos de cabeza por culpa de Juana, su carácter fuerte y su conducta indomable, en el año 1504, poco antes de su muerte, no cedió la regencia de Castilla ni a su marido ni a su yerno sino que confió en su hija, Juana, aunque en su testamento indicó que, si se demostraba que había algo que incapacitara a su hija, esta no reinaría.

Tras la muerte de Isabel, Felipe y Fernando libraron una guerra de egos por la que, quien ganase, reinaría en la Corona de Castilla y el resto de territorios. Aunque el padre de Juana asumió la regencia durante un tiempo, Felipe contaba con el apoyo de los nobles de Castilla, que acabaron por coronarle como rey. Sin embargo, el Hermoso murió apenas diez semanas después de ser coronado.

Dona Juana "la Loca". Francisco Pradilla, 1877./ Museo del Prado.

Durante varios meses, Juana no se separó del féretro de Felipe, padre de sus seis hijos. Aunque algunos achacan este comportamiento a su supuesta falta de cordura, muchos otros ven la posibilidad de que Juana decidiera mantener el cuerpo de su marido insepulto ya que, según la ley, esto evitaba un nuevo matrimonio para ella y de esta forma, ganaba tiempo para que Carlos I de España y V de Alemania, su primogénito, tuviera edad para reinar.

El encierro en Tordesillas

Juana intentó reinar en Castilla pero su padre tardó poco en encerrarla en el castillo-palacio de Tordesillas en 1509 alegando su inestabilidad mental. Uno de los mayores golpes en la vida de Juana fue la traición de su hijo Carlos, quien también se benefició de la supuesta locura de su madre y siguió nutriendo la leyenda. Así, acabó asumiendo el poder en el año 1516. Según algunos investigadores, la imagen de “la Loca” fue absolutamente necesaria para justificar que hubiera sido apartada del poder y podría tratarse de una estrategia para quitarle la autoridad.

Juana I de Castilla se mantuvo encerrada en Tordesillas durante 46 años, primero con la aprobación de su padre y más tarde, con la de su hijo Carlos. Tanto uno como el otro trabajaron para justificar la reclusión de la reina y borrar de la historia cualquier testimonio que fuera contrario a su supuesta incapacidad mental con el fin de ostentar todo el poder.  

El desinterés de Juana por el poder

El rey Carlos I de España y V de Alemania suscitaba grandes dudas entre el pueblo. Así surgió la revuelta de los comuneros (Guerra de las Comunidades de Castilla), colectivo que no aceptaba su reinado ya que ni siquiera conocía el español.

Ejecución de los comuneros de Castilla, Antonio Gisbert (1860).

Los comuneros llegaron hasta Juana, quien, según cuenta la historia, en una intervención repleta de sosiego y cordura, se dirigió a su pueblo: “Tengo mucho amor a todas las gentes y pesaríame mucho cualquier daño o mal que hayan recibido”. Y aunque consiguieron liberarla, Juana no quiso asumir el trono. Así, el movimiento de los comuneros fue reprimido y la reina volvió a ser recluida en Tordesillas. Desde niña, Juana había mostrado un carácter rebelde y poco interesado en la política y el poder, y así lo contaba su madre, Isabel la Católica, en sus escritos.

Aunque no hay demasiadas dudas de que Juana padeció trastornos mentales que pudieron ser desde depresiones severas hasta esquizofrenia, sí se apunta a que las circunstancias que vivió influyeron negativamente en el carácter que mostró desde niña. Más allá de sus problemas de salud mental, hay suficientes evidencias para apuntar que fue víctima de un complot y de las grandes ambiciones de su padre, su marido y su hijo.

La historia, evidentemente, no puede cambiarse pero sí se puede cambiar la mirada de quienes la observan y de quienes la investigan. Quizá es un buen momento para alejar del imaginario común a Juana “la Loca” y acercar a Juana I de Castilla.

COMPARTIR: