19 de junio de 2021
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FIN DE SEMANA

El 25 de noviembre de 1491 los Reyes Católicos obligaron al sultán Boabdil a rendir Granada, tomando así el último reino musulmán de la Península

Capitulaciones de Granada: Más de 500 años de una historia de traiciones que acabó con la toma cristiana de la ciudad

“La rendición de Granada”, cuadro de Francisco Pradilla.
“La rendición de Granada”, cuadro de Francisco Pradilla.
El 25 de noviembre de 1491 se firmaban las Capitulaciones de Granada, un evento que supuso la ocupación cristiana de la ciudad emblema del último reino musulmán en la Península por los Reyes Católicos. Hasta llegar a este punto, los monarcas de Castilla y Aragón tuvieron que imponerse en una guerra que duró una década y en la que las conspiraciones en ambos bandos fueron la tónica dominante.

“Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”. Estas fueron las palabras que Aixa, madre del último soberano nazarí de Granada, Boabdil, dedicó a su hijo cuando este contemplaba por última vez, desde la lejanía, la ciudad que había dirigido su dinastía, la nazarí, durante dos siglos, y que él había perdido ante los ejércitos cristianos de los Reyes Católicos.

O al menos, eso cuenta la tradición granadina del célebre “suspiro del moro”, porque lo cierto es que no hay confirmación documental al respecto. Y es que, como saben, la frase de que la historia la escriben los vencedores no deja de ser cierta por mucho que su repetición infinita carcoma en ocasiones la esencia de su significado.

En cualquier caso, la realidad es que el bellísimo reino nazarí de Granada, que durante siglos pudo coexistir con el empuje de los cristianos, finalmente había sido tomado gracias a la acción combinada de las fuerzas de Castilla y Aragón. Caía así el último reducto islámico en la Península.

"El suspiro del moro", cuadro de Francisco Pradilla.

Durante largo tiempo, la tradición historiográfica decimonónica identificó este acontecimiento como el fin de la mal llamada Reconquista. Y digo mal llamada porque los historiadores nacionalistas del siglo XIX situaron su origen en el año 722, con la batalla de Covadonga, y su final con la toma de Granada, que aconteció en 1492.

De ser correcta esta terminología, estaríamos hablando de un proceso ininterrumpido que se extendería durante nada menos que siete siglos y que presupone una continuidad entre los reinos cristianos y musulmanes que pocos historiadores defienden en la actualidad.

Sea como fuere, un día como hoy hace 529 años tenía lugar en Granada un acontecimiento fundamental en la historia de la península ibérica. Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón conseguían que el rey Boabdil “El chico” firmara las archiconocidas Capitulaciones de Granada. Antes de abordar este momento mítico en la historia de la Península, conviene retroceder unos años en el tiempo.

Una historia que venía de lejos

El 29 de mayo de 1453, el poderío otomano amenazaba Europa con toda su fuerza. Constantinopla, otrora emblema de la cristiandad, caía en manos de los turcos que, unas décadas después, también tomaban la ciudad italiana de Otranto. La inquietud llegaba al mundo occidental, pero aún quedaba lejos de lo que sería posteriormente nuestro país.

Paralelamente, una sucesión de circunstancias situaba en el trono de Castilla a la reina Isabel, que tenía entre ceja y ceja acabar con la presencia islámica en sus territorios. En este sentido, libraría una guerra con el único reino musulmán que había permanecido relativamente aislado, aunque con vínculos de vasallaje, del dominio cristiano: El reino nazarí de Granada.

Miniatura de Enrique IV de Castilla, el llamado "impotente", en un manuscrito realizado por Jörg von Ehingen.

A finales del siglo XV, los nazaríes habían mantenido un tira y afloja recurrente con el predecesor de Isabel en el trono castellano, Enrique IV, el "impotente". Sin embargo, siendo ya reina Isabel, el belicoso sultán Muley Hacén tomó Zahara de la Sierra a finales de 1481 y los Reyes Católicos respondieron atacando y obteniendo el control de la Alhama de Granada en febrero del año siguiente.

Había comenzado la Guerra de Granada, que se extendería por más de una década y que sería, a todos los niveles, un conflicto mucho más propio de la Edad Moderna que del Medievo marcando un antes y un después en la historia militar europea en lo que concierne a innovación táctica e implementación de armamento militar.

Intrigas, envidias, traiciones y una ayuda que nunca llegó

Entre los nazaríes, las intrigas de la corte las canalizaba el triunvirato conformado por Muley Hacén, su esposa Aixa y su hermano El Zagal, que tenían visiones e intereses distintos de la guerra. Aixa estaba celosa de la nueva consorte del sultán, Isabel de Solís, una cristiana que se había reconvertido al islam como Zoraida, dicen las crónicas, por amor genuino hacia el sultán musulmán, quien, por su fuera poco, la correspondía con desenfrenada pasión.

En consecuencia, Aixa manipuló a todos los personajes de poder que había a su alrededor en función de sus intereses, principalmente en contra de su esposo. Su aparentemente inofensivo hijo Boabdil, su cuñado, incluso lo intentó con los Reyes Católicos. Nada funcionó.

La conquista de Málaga en verano de 1487 arrinconaba a los nazaríes, que veían como su conexión marítima quedaba obstruida y con ella, la posibilidad de obtener refuerzos procedentes del Magreb, donde los musulmanes dominaban con puño de hierro el territorio.

Los muros de la Alhambra fueron testigos de una brutal lucha por el poder entre los nazaríes. 

Con Mulay Hacén muerto desde 1485, el liderazgo nazarí de El Zagal y, posteriormente de Boabdil pendía de un hilo. La toma de Baza por los cristianos dejaba Granada desprovista de cualquier defensa.

“El chico”, como se conocía a el nuevo sultán, había acordado rendir Granada con los Reyes Católicos, que muy sabiamente aplicaron el principio de “divide et impera” a sus relaciones con los sucesivos soberanos nazaríes. Sin embargo, llegado el momento se negó a entregar la ciudad, tratando de alargar el conflicto con la esperanza de recibir ayuda internacional. La traición fue en vano, pues el apoyo nunca llegó.

Un final trágico para la dinastía nazarí

Castilla y Aragón atacaban sin descanso las impenetrables defensas granadinas. La guerra se alargaba y, en este sentido, un incendio del campamento real aguzó el desánimo en las tropas cristianas. Sin embargo, la tradición apunta, exagerada o no, que la reina Isabel, cuya vida había sido puesta en riesgo en el incendio, decidió levantar la ciudad de Santa Fe en el lugar donde habían ardido las llamas.

Desde allí, seguirían con el acoso constante a Granada y sus poblaciones colindantes y cortarían el flujo de aprovisionamiento de los nazaríes. El fin de la guerra era cuestión de tiempo. Apremiados por el hambre y las continuas razias, los nazaríes tuvieron que rendirse, circunstancia que se confirmó el 25 de noviembre de 1491 con las célebres Capitulaciones de Granada.

Retrato al óleo de los Reyes Católicos, en el convento de las Agustinas (Ávila).

Boabdil consiguió que se respetara la libertad religiosa y la cultura de los musulmanes nazaríes que permanecieran en la Península e incluso se le entregó un señorío en las Alpujarras. Pese a esto, los Reyes Católicos tomaron rehenes entre la alta sociedad nazarí para impedir una futura rebelión organizada por el sultán. Además, estas “libertades” serían quebradas poco después.

Todo había acabado para Boabdil, que decidió emigrar a Fez, donde ni siquiera los palacios andalusíes que construyó pudieron compensar su terrible pérdida. La historia siempre le recordaría como el soberano que rindió la esplendorosa Granada, la ciudad de la Alhambra, del florecimiento artístico, de la cultura, del comercio. En definitiva, un lugar que encarnaba como ningún otro lo mejor del legado islámico en la Península.

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