23 de mayo de 2022
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FIN DE SEMANA

El programa de Telemadrid 'La música de mi vida' repasará la trayectoria profesional y los detalles más personales del cantante de Linares

Raphael 'en carne viva': Los secretos de un artista ídolo de cuatro generaciones

Raphael.
Raphael. / El mítico cantante jienense lleva seis décadas subido en los escenarios.
Este lunes 25 de abril “La música de mi vida” cierra su primera temporada a lo grande con Raphael como protagonista. El último programa de esta primera temporada repasará la carrera del popular cantante. Intenso, seductor, excesivo... Raphael es de otra dimensión, uno de los cantantes españoles más famosos que atrae a seguidores de todas las edades.

Inés Ballester conduce el que será el último programa de esta primera temporada y lo hace repasando la trayectoria de todo un mito de la canción, Raphael. El cantante dice de sí mismo: “Hay mucha gente que se parece a mí, pero yo no me parezco a nadie”. Y tiene razón. Con su particular estilo ha conquistado a público de varias generaciones. La música de mi vida recoge sus comienzos, su ascenso, su triunfo y la grave enfermedad que no pudo acabar con él. Muy al contrario, superar un trasplante le hizo aún más fuerte. “Ten en cuenta que me han puesto un motor nuevo- dice el cantante- Tengo toda la sabiduría de un artista que lleva mucho tiempo, pero la fuerza de un Pegaso. Y eso es lo que los demás no tienen”.

Junto a Inés Ballester, en el plató, participa el director de Elcierredigital.com Juan Luís Galiacho, Beatriz Cortázar, Luz Sánchez Mellado y Joe Pérez, experto musical. Contarán con los testimonios por vídeollamada de Rosa Villacastín y Josema Yuste, fan de Raphael.

La figura de Raphael siempre ha tenido algo de malditismo a su alrededor. Es lo más parecido a David Bowie que España se ha podido permitir. Precisamente, todos esos aditamentos que no tienen nada que ver con la música y que siempre le han rodeado es lo que le han dado ese punto que le ha hecho diferente a todos los artistas que en el mundo han sido, antes y ahora. Lo que los americanos llaman el something litle extra.

Cuando unió su camino a Natalia Figueroa (el 14 de julio de 1972) ya había conseguido todo lo que un cantante querría para sí: millones de discos vendidos, cinco películas que reventaron taquillas, giras por medio mundo y hasta había representado dos veces a España en Eurovisión, cuando eso todavía significaba algo de verdad.

Sin embargo, para Rafael Martos todo nunca ha sido suficiente. El escenario es su lugar en el mundo y se ha mantenido en él frente a los huracanes de las modas. Desde que, de camino de firmar con la casa Philips, decidió colocar el ph en su nombre, ha conseguido que las modas pasen por él y no al contrario. Cada década ha tenido su Raphael. En 2001 se sumó a la electrónica y en la actualidad se ha unido al circo indie. Porque claro, puesto a ser indies, signifique esto lo que signifique, como el de Linares ninguno.

Raphael y Natalia: Casi medio siglo de amor

Y luego está Natalia. Juntos han sido la pareja de raros oficiales hasta que llegaron Alaska y Mario. Al artista durante décadas se le han supuesto ambigüedades y ha formado con la aristócrata una de esas parejas de cómic, que han hecho de su supuesta rareza su escudo frente al mundo.

Raphael y Natalia Figueroa.

Cuando su unieron, él era un ídolo del momento, luego lo sería del tiempo en sí, y ella una rara avis en el mundo de la aristocracia española. Hija del Marqués de Santo Floro y nieta del Conde de Romanones, fue feminista sin serlo. Tres años mayor que el cantante, había sido finalista del Premio Planeta con 18 años, había publicado varias novelas, traducido a Françoise Sagan (que entonces era el colmo de la provocación y hoy ha quedado en algo casi monjil) y hasta coqueteado con el mundo del cine. Estas actividades más o menos culturales le daban un punto fuera de lo común a las de su clase social.

Cuando se une al cantante, además, era la presentadora culta por excelencia gracias a Si las piedras hablasen, donde recitaba los enrevesados textos de Antonio Gala. De ella se supo que había tenido algo, sea lo que sea, con Antonio el bailarín y que era, puede que también sin vocación de serlo, la mariliendres oficial de Madrid, haciendo de acompañante de gais célebres como Antonio D. Olano.

De Raphael solo se sabía que era, aparentemente, adicto a la soltería y que las revistas le habían vinculado a la mismísima Ava Gardner. Fue una cosa más publicitaria que real. Él rodaba en México El Golfo y la americana se acercó con Sara Montiel a verle cantar. Las dos estaban de vuelta de casi todo. Ambigüedades incluidas.

Cuando en julio del 72 el cantante y la futura marquesa se dieron el sí quiero en Venecia, con persecución de paparazzis incluida, el asunto causó tanta sensación que hasta el periodista Yale le dedicó un libro al fenómeno de la boda. Él, como todos, les auguraba poco recorrido a una pareja tan, según los cánones de la época, extraña. El tiempo ganó. No es que les diera la razón, es que lo hicieron suyo. Como siempre han hecho, formando la pareja más estable del mundo espectáculo patrio. Escriban lo que escriban y, claro, digan lo que digan.

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