04 de agosto de 2020
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EDICIÓN VERANO

El Duque de Béjar encabezó en 1686 la incursión del ejército de la Liga Santa a través de la brecha abierta en la muralla de la ciudad de Buda

Tres siglos de la hazaña de López de Zúñiga que acabó con el poder Otomano en Hungría tras 145 años

Los tercios de Flandes en batalla.
Los tercios de Flandes en batalla.
El 13 de julio de 1686, un grupo de tercios españoles dirigido por Manuel López de Zúñiga encabezó la incursión del ejército de la Liga Santa a través de la brecha que habían abierto en la muralla de la ciudad de Buda (territorio perteneciente a la actual Budapest). Fue el principio del fin de la presencia turca en la ciudad magiar, que caería definitivamente dos meses más tarde. Como muchos soldados de la Monarquía Hispana, Zúñiga perdió la vida en aquel asalto.

Este mes de julio se cumplen 334 años de un episodio de gran relevancia histórica al que la historiografía española no siempre ha otorgado un protagonismo acorde con su magnitud. La cristiandad expulsaba de Buda al enemigo musulmán, que iniciaba un acelerado repliegue hacia oriente. De este modo, comenzaba el proceso de liberación de Hungría, uno de los reinos ancestrales del mundo cristiano. Sin embargo, para llegar a este punto, se tuvieron que dar un cúmulo de circunstancias en las que los soldados de origen hispánico tuvieron mucho que decir.

Comencemos por el principio. En 1453 caía Constantinopla a manos de los otomanos. Este hecho es considerado un auténtico parteaguas en la historia europea. De acuerdo con muchos historiadores, constituyó el fin de la Edad Media. En cualquier caso, a lo largo de las dos siguientes centurias los turcos hostigarían constantemente la frontera oriental del mundo cristiano, desplegando sus redes hacia los Balcanes y Europa Central. En el camino conquistarían, entre otros, parte del reino de Hungría. La situación llegaría a un nivel de gravedad tal que llegaron a sitiar hasta en dos ocasiones Viena, adalid de la civilización europea.

Zúñiga fue un destacado militar del siglo XVII.

Paralelamente, en occidente despertaba un nuevo poder. La Monarquía Hispánica, haciendo uso de una magistral política matrimonial, así como de unos aparentemente inagotables recursos económicos procedentes del Nuevo Mundo, sometía a uno a uno a sus enemigos más próximos. No obstante, su capacidad para enfrentarse en solitario a un enemigo de similar potencial como era el Imperio Otomano era limitada. Por ende, durante los reinados de los soberanos de la casa de Habsburgo hubo varios intentos, promovidos desde el papado, de movilizar a los monarcas cristianos en contra del “hereje”. Como principal potencia católica, la Monarquía Hispana debía encabezar la lucha, y así lo hizo situándose al frente de una coalición católica, la Liga Santa.

A pesar de victorias puntuales de la Liga como la de Lepanto, lo cierto es que nada cambió: los otomanos prosiguieron en su empresa, tratando de ganar terreno en detrimento de sus enemigos occidentales. En 1683, penetraron en el Sacro Imperio Romano Germánico llegando a las puertas de Viena. Los cristianos solventaron la situación con otra alianza, que integraron la Mancomunidad de Polonia-Lituania, los Estados Pontificios, el Sacro Imperio, el Principado de Moscú y la República de Venecia. Derrotados los turcos, se inició la contraofensiva. El papa Inocencio XI hizo un llamamiento a la cristiandad, con tintes de última gran cruzada.

Aquí es donde hace acto de presencia nuestro protagonista, Manuel López de Zúñiga. El que fuera Duque de Béjar era miembro de la casa de Zúñiga, un linaje nobiliario de origen navarro. Había combatido en la llamada Guerra de las Reuniones contra Francia. En dicho conflicto, obtuvo notoria fama por su actividad durante el sitio de Oudenaarde. De acuerdo con el profesor Emiliano Zarza Sánchez, sus coetáneos lo identificaban como “un  caballero, «bellator»,  que  actúa con fidelidad a la monarquía en defensa de la cruz  y para la extensión de la verdadera fe, factor que le convertirá en una figura descollante, apreciada y muy bien valorada por sus contemporáneos”.

La caída de Constantinopla conmocionó al universo cristiano.

Cuando se enteró de lo ocurrido en Viena, decidió, según algunos autores, por motivos financieros (las cuentas de la casa ducal no atravesaban su mejor momento), unirse a la Santa Liga. Llegaría a Viena en junio de 1686, acompañado por una mesnada de 12.000 voluntarios de la Monarquía Hispana. Algunos de ellos eran veteranos de las guerras de Flandes, tercios experimentados en batalla, pero también había nobles variopintos ávidos de gloria y oportunistas que buscaban fortuna. El ejército cristiano logró reunir una fuerza formidable, de alrededor de 100.000 efectivos. Esto no quebraría el ánimo de los otomanos, bien pertrechados tras sus defensas y con el aliciente de una sustanciosa recompensa económica en caso de victoria. Asimismo, contaban con la ayuda de los temibles jenízaros, un cuerpo de élite formado sobre todo por niños cautivos de guerra adiestrados desde temprana edad en el arte del combate.

El asedio fue brutal y se encasilló en los primeros compases. En esta coyuntura, fue Manuel de Zúñiga quien desatascó la situación. Lo hizo dirigiendo personalmente a sus hombres en una encamisada, una maniobra militar característica de los tercios que consistía en atacar al enemigo por la noche o al amanecer aprovechando el elemento sorpresa. Su triunfo le brindó el respeto de todo el ejército cristiano. Unos días después, concretamente el 13 de julio, la artillería de la Liga Santa consiguió perforar la muralla otomana. Zúñiga y unos 300 de sus soldados entraron en primer lugar en territorio enemigo. Aunque la peligrosidad de la misión era evidente, en aquel tiempo marchar delante del ejército era motivo de prestigio y honor. En este sentido, los tercios, unidades de combate por antonomasia del mundo moderno, reclamaron esta prerrogativa.

En Budapest hay actualmente dos monumentos que recuerdan la proeza.

De este modo, Zúñiga y sus hombres hicieron frente a la resistencia más feroz por parte de las primeras líneas turcas. Zúñiga recibió un balazo que acabaría con su participación en la contienda y que le costaría, días después, la muerte. En principio, su cuerpo fue enterrado en Hungría. Sin embargo, pronto fue reclamado por su poderoso hermano Baltasar, quien trasladó sus restos a una capilla de Béjar. Cuando ésta desapareció, la tumba se desplazó al cementerio de San Miguel, en la localidad salmantina. En lo que respecta al asedio, los otomanos seguirían resistiendo hasta septiembre. En su derrota definitiva, siguió siendo fundamental la colaboración de las tropas de los reinos de la Monarquía Hispana.

Paradójicamente, esta proeza ha sido más recordada en el imaginario húngaro que en español. En el primer tercio del siglo XX se erigió en Budapest un monumento conmemorativo, con una inscripción que reza así: “Por aquí entraron los 300 héroes españoles que tomaron parte en la Reconquista de Buda”. Sea como fuere, esta historia es un indicador de que la batalla de Rocroi no supuso el final de la hegemonía de los tercios, un mensaje que, junto a la cada vez más discutida “decadencia” de la monarquía hispánica, la tradición historiográfica anglosajona ha tratado con éxito de transmitir.

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